Dualidad

Es un lunes complicado para quien esto escribe. Está difícil conseguir hotel en París, hay demasiados problemas con la vuelta en avión (desde Buenos Aires me dicen que recién puede haber lugar para el 1 de noviembre, y el Mundial termina el 20 de octubre; mi pasaje original expira mañana) y además del cansancio y de lo que extraño, anoche se me agregó un cuadro de fiebre que me tiene preocupado. Por eso, ni bien termine de escribir esta nota intentaré que me atienda Mario Larrain, el médico de Los Pumas.
Pero también es un lunes especial. Porque es el día después de un acontecimiento histórico como el que protagonizaron Los Pumas. No lo es por haber estado anoche en el Stade de France solamente, sino por tener la suerte de poderlo transmitir. Y de ver cómo día a día este blog se alimenta de la pasión por el rugby y de tener la posibilidad de enterarme de todo lo que sucede allá a través de los comentarios. Por eso estoy escribiendo pese a todos los incovenientes relatados al principio.
Los Pumas han vuelto a su hábitat natural en Francia. Ya están de nuevo en el Grand Barriere de Enghein les Bains, donde prepararon las victorias contra les bleus y los irlandeses. A veces la moneda cae para el lado de la justicia. El International Rugby Board (IRB) no los dejó permanecer allí la semana pasada, pero al perder Australia, el lugar quedó libre y, claro, Los Pumas lo aprovecharon. Allí estarán hasta el final del Mundial. Sí, hasta el final, aunque parezca increíble.
Se agotaron los términos ya para este equipo. ¿Qué más decir? Es difícil. Es tan enorme lo que están haciendo que uno presiente que esto no terminó acá, que todavía se puede más.
Para eso será necesario librarse del stress lógico que siente el equipo y que se notó en los últimos 20 minutos con Escocia. Esta semana, otra larga semana, luego de una noche de festejo que se extendió hasta las 5 de la mañana, deberá ser utilizada para el descanso y para estudiar al rival, que es muy duro pero no inaccesible. Poca exigencia física.
Los diarios y la televisión de Francia siguen hablando y repitiendo las imagenes del triunfo ante los All Blacks. Cada vez es más evidente el pass forward a Frederic Michalak en la jugada previa al try de Yannick Jauzion. Cada vez parece más injusta la amarilla a Luke McAlister, teniendo en cuenta que los árbitros no sancionan con el debido rigor los tackles al cuello. Pero más allá de la actuación del inglés Wayne Barnes, lo que sucedió en Cardiff fue que los locales sacaron a flote su corazón y los neocelandeses ratificaron que no poseen el fuego sagrado que se necesita en este deporte.
Francia, por otra parte, revivió después de la paliza que sufrió en el partido inaugural. Acá, el Mundial es un tema de Estado y por eso Nicolas Sarkozy no falta a ningún partido, ubicándose cerca de uno de sus delfines políticos, el entrenador Bernard Laporte.
Mientras Los Pumas se marchaban del Marriott de Neuily al Grand Barriere de Enghien les Bains, en el centro de prensa de París se realizó la preselección para nominar al mejor jugador del Mundial. Hay dos argentinos entre los cinco: Juan Martín Hernández y Felipe Contepomi. Los otros son el capitán neocelandés Richard McCaw, el wing sudafricano Bryan Habana y el francés Jauzion. Se votará el 21 de octubre, un día después de la final.
Los Pumas todavía no logran atrapar al concierto internacional. Tampoco gozan de la simpatía de los franceses, que ayer alentaron ruidosamente a los escoceses, como antes lo hicieron con georgianos, namibios e irlandeses. Pero a esta altura poco importa. Los Pumas hablan en la cancha: ganaron los cinco partidos, tienen el ingoal menos vencido y es el único equipo que no recibió una tarjeta amarilla.
Un día duro, pero también muy especial. Se siente que acaba de producirse algo muy importante. Muy grande. Tan grande como Los Pumas.






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