Transformaciones
Los finales de la década del 70 fueron convulsionados para el rugby argentino. En 1977, varios Pumas fueron sancionados en lo que fue en realidad un tiro por elevación a Carlos Veco Villegas. Un año más tarde, la UAR resolvió suspender por tiempo indeterminado la afiliación de Obras Sanitarias, ya que se entendía que ese club estaba violando las normas básicas del amateurismo. Y en diciembre del 79, esa decisión se mantuvo firme, como así también la de seguir al margen de la Confederación Argentina de Deportes (CAD).
Esa última asamblea extraordinaria, realizada en la vieja sede de la UAR de Pacheco de Melo y que después heredó la URBA, resultó una de las más tumultuosas que se recuerden. Miguel Mancini, el polémico presidente en ese entonces de Obras, había concurrido en persona para intentar una vuelta atrás en la resolución. No le fue nada bien: 165 votos apoyaron continuar con la medida, 8 se mostraron por la negativa y hubo 8 abstenciones. Porfirio Carreras, hoy titular de la UAR, estuvo ahí representando a Alumni y su voto fue uno de los 165.
Pero esa noche dejó una frase para el recuerdo, formulada por el entonces presidente de la UAR, Domingo Bereciartúa. Cuando tuvo que exponer para seguir alejado de la CAD, vociferó: “Una manzana limpia no puede estar en un cajón lleno de manzanas podridas”. Se refería a que los otros deportes eran, en su gran mayoría, profesionales.
Situémonos en el tiempo. Por aquella época, el rugby a nivel mundial gritaba orgulloso su férreo amateurismo. Y la Argentina era una bandera. La ovalada no compartía escenario con nadie, sobre todo porque también, por idénticos motivos, se encontraba afuera de los Juegos Olímpicos desde 1924.
La década del 90 empezó a acelerar los cambios después del primer Mundial en 1987. En el 95 la IRB decretó el profesionalismo con el único voto en contra de la Argentina. Y ya entrando en el nuevo siglo, arrancó la campaña para volver a los Juegos Olímpicos, que actualmente parece ser la única misión de los popes de la ovalada, que se juegan todas las fichas en la reunión que tendrá el COI en octubre. Un argentino, Agustín Pichot, es uno de los embajadores de la causa.
Hace unos días, el rugby argentino protagonizó un hecho histórico, a 30 años de aquella agitada asamblea en Pacheco de Melo. Por primera vez aceptó la ayuda del Estado, que aportará 40 mil pesos por mes a los integrantes del PladAR. La actual gestión de la secretaría de Deporte, que trabaja en silencio y eficazmente, consiguió que de una buena vez por todas el rugby pase a formar parte de la familia del deporte argentino.
Los acuerdos, que no son sólo econónimos, contemplan un viejo sueño del rugby argentino: el complejo propio. Las gestiones están más que avanzadas para conseguir unos terrenos en Ezeiza, cerca de donde está el predio de la AFA. Allí, la UAR levantaría el Centro de Alto Rendimiento de Buenos Aires.
Y si el rugby ingresa finalmente al movimiento olímpico, todos los países miembros conseguirán un beneficio extra, pues la carta olímpica obliga a los Estados a financiar a los deportes que compiten en los Juegos.
Transformaciones en el tiempo. Transformaciones que todavía necesitan un debate más amplio y profundo, al menos en estas tierras.






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