Clubes (C.A.R.)
El Club Argentino de Rugby (C.A.R.) cumplió cuarenta años y vamos a conocer su historia inaugurando una nueva sección. La idea es difundir la historia de los clubes jóvenes de nuestro rugby, los de menos de 50 años. Para eso apelamos al impulso de todos uds, los de Buenos Aires y los de las provincias, para que nos acerquen esas historias. Entrando en “contacto” (arriba a la derecha) pueden comunicarse con nosotros y ayudarnos a difundir las crónicas de los queridos clubes argentinos. Hoy conoceremos la luminosa historia del Club Argentino de Rugby.
SOL DE AVELLANEDA
En los años setenta un grupo de rugbiers de Avellaneda se cansó de recorrer largas distancias para practicar el deporte que amaban y se decidió a echar raíces ahí, en el corazón de una de las zonas mas futboleras de Argentina. Liderados por Héctor Gustavo Reymondes (primer presidente), Ricardo Gordo Llobell, Horacio Gerardi y los hermanos Emilio y José Lentini, jugadores de distintos equipos, varios de DAOM, los muchachos se decidieron a fundar un club. Algunos quisieron llamarlo “Condor rugby club” pero se dieron cuenta que “Club Argentino de Rugby” cumplía a la perfección con el propósito de darle una impronta nacional. Pronto la quimera de los jóvenes se hizo realidad. A pulmón, con esfuerzo. Como se motorizan los sueños. Primero fueron a los colegios de Avellaneda para contarle a los chicos que además del fútbol había otro deporte que podía alegrarles la vida. Después construyeron la casa. Con dos cenas a beneficio mas el sorteo de un par de 0km, mas el aporte de varios, se compró un terreno en el Km 43,5 de la ruta 2. Quedaba un poco lejos de Avellaneda pero muy cerca de la ilusión de rugby. Y el club creció. Durante años los muchachos del Club Argentino entrenaban de prestado en el Parque Domínico y cuando no se lo prestaban cruzaban la avenida y se las arreglaban en la penumbra de la plazoleta. Y así, jugando en la ruta y entrenando en una cancha que le prestaba la municipalidad, superando todas las adversidades y hasta disfrutando de ellas, el Club se hizo vigoroso. Los hijos de los fundadores que hoy lo conducen atesoran los recuerdos entrañables de cumpleaños veraniegos en el predio de la ruta a puro manguerazo. Claro, la pileta era una utopía en aquel entonces. Mientras los padres controlaban la obra del quincho y alguno agarraba la brocha y el rodillo para acelerar el crecimiento del club, los chicos jugando, divirtiéndose como corresponde, reafirmaban su identidad de rugby.
En 1987 el CAR tomó nuevo impulso al obtener la cesión del terreno que hoy ocupa en pleno Avellaneda. Los que habían empujado desde el comienzo y los que se habían sumado redoblaron el esfuerzo para convertir ese potrero en una instalación deportiva. Enseguida empezaron a entrenar en ese terreno desparejo y poco a poco lo fueron mejorando. Trabajaron duro y en 1992 pudieron nivelar el terreno con la tierra que venía de la obra del shopping Alto Avellaneda. Entonces, definitivamente, el rugby estalló muy cerca de los dos gigantes del fútbol, Racing y el glorioso Rey de copas.
El Club Argentino de Rugby vive una actualidad luminosa. El viejo y querido predio de la ruta 2 hoy es el “anexo”. Ahora el CAR en pleno Avellaneda cuenta con dos canchas y va por mas. Están muy avanzadas las gestiones para agrandarse con otro terreno ubicado en la zona. Si bien está fija en su ADN, quedó muy lejos la época en que entrenaban en la plazoleta. Hoy el club cuenta con departamento médico, dos kinesiólogos por división, 1500 socios y 300 chicos en sus infantiles. También se reactivó el hockey que había sido dejado por falta de espacio.
Rodrigo Reymondes, hijo del fundador, uno de los pibes que gozaba con los manguerazos de la ruta 2, hoy preside el club con la dinámica joven de la actualidad pero también fiel a la tradición heredada de los viejos. “Estamos muy movilizados con el aniversario cuarenta. El club es mi vida, es el legado de mis mayores. Con los otros miembros de la comisión nos conocemos desde los seis años de edad. No me imagino sin el club”. En la sólida actualidad del CAR, los números están equilibrados y el club se solventa con las cuotas sociales. Deportivamente la pelea en la segunda división de la URBA. Con orgullo, Rodrigo cuenta que este año inauguraron el espacio “Fundadores” para agasajar a los visitantes y homenajear a los viejos queridos que hace cuarenta años dieron el kick off de esta maravillosa historia de rugby.
En 2015 una leyenda como Fernando Morel se sumó al club. En la primera reunión con la comisión actual, formada por jóvenes que en los ochenta eran adolescentes, le dijeron “Queremos que sepas que todos nos acordamos en qué lugar de la cancha de Ferro estábamos sentados cuando vos estabas adentro con la camiseta de Los Pumas”. Pero además de mostrarle su admiración, se encargaron de hacerlo sentir bien, cómodo. Enseguida, Pope supo que ahí, en una de las zonas mas futboleras del país, también se respiraba rugby. Entonces se quedó y se involucró plenamente como entrenador, pero también colaborando en todo lo que puede para el crecimiento del club. Aportando desde su experiencia y conocimiento. “Me sentí cómodo, como en casa desde el primer día. El CAR me dio la oportunidad de seguir estando en una cancha, formando parte de un equipo, atrás de un objetivo, que es lo que mas disfruto. Así que le estoy agradecido por siempre”. Fernando Morel, el guerrero de Los Pumas de los 80, el que llegó como una leyenda, hoy es “Pope”, otro eslabón en la larga cadena del esfuerzo que construye el camino del CAR.
Como el Luna de Avellaneda, el club de la película de Campanella, éste también se hizo de abajo, con el esfuerzo de sus socios, pasando buenas y malas, sorteando los avatares de un país inestable. Nació en el 77 una época oscura de la Argentina y muchas veces entrenaron en penumbras, pero los hombres del CAR supieron darle brillo a su historia. El “Tino” creció a la luz de la luna pero iluminó su camino, le puso un farol bien grande, un sol de rugby. El sol de Avellaneda.
Daniel Dionisi
www.argentinoderugby.com.ar










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