“Es simple: agarrás el micrófono y tenés 3 minutos para hablar de lo que quieras”, decía el mail de Lalo que recibí esta semana. Con la misma simpleza, Lalo se sentó hace algo más de dos años enfrente mio en la sala de profesores de Deportea y me explicó no sólo cómo hacer un blog, sino de qué se trataba un blog. “Buscale un título, pensá un diseño, te paso el teléfono de un diseñador, buscá un hosting (“¿y eso?”, me pregunté para adentro) y después hacé lo que vos sabés. Por el resto no te hagas problemas. Va a andar bárbaro. Y avisame cuando esté que lo empujo desde el blog”, me dijo y, debo confesarlo, me corrió por el cuerpo un frío parecido al que tuve cuando me encargaron la primera nota.

Lalo tiene otro mérito en mi además de haberme metido en el mundo de los blogs. Logró que hace unos días terminara de leer mi primer libro por Internet. Debo decirles, con su perdón, que prefiero aún el libro de papel, así que cuando esto termine pasaré a llevarme un ejemplar para mi biblioteca, que me llena más de orgullo que todo lo que tengo guardado en la compu.

Soy presentado usualmente como un dinosaurio en esto de la web 2.0. Si miro para atrás, efectivamente es así. Puedo contarles, para que se rían, que la primera vez que viajé como enviado especial, allá por los 80, mandé el material por telex. Soy incluso anterior al fax. Recuerdo la cara del teletipista en el abierto de Roma de tenis, en el Foro Itálico, que iba a las 8 de la noche sólo para atenderme a mi y quedarse horas tipeando lo que yo había escrito en la ruidosa, pesada y sucia pero querida Olivetti.

A un mes de cumplir 50 años de vida –y no 50 y tantos como me tiró Lalo en el programa de radio de eblog- y 30 de periodista, puedo decir que vengo de una generación que se ha manejado a las trompadas con los avances tecnológicos. Yo era de aquellos que miraba con soberbia a aquellos que nos venían a hablar de Internet. Recuerdo, ahora con vergüenza, cómo lo traté al tipo que nos dio un curso a los editores de Clarín hace más de 10 años y cómo dejé guardado en un cajón un casette que mi amigo Pablo Mamone me dio hace también más de 10 años y en el cual me decía que como dueño de una escuela de periodismo no podía no escuchar la conferencia de ese tipo. Ese tipo era Bill Gates.

Pero también vengo de una generación que ejercía el oficio con otra perspectiva a la que abunda ahora. Una generación en la cual los maestros sobraban en las redacciones, en las cuales las charlas de café tras los cierres eran una religión porque se aprendía más que en ningún otro lado, en las cuales se incentivaba a la lectura, al cine, al cuidado del lenguaje, a no ponerse nunca por delante de la noticia ni del protagonista, a informar ante todo.

Ya que mi blog es de rugby y que Lalo es un tipo de rugby, de un club fundador del rugby en la Argentina como el Belgrano Athletic, voy a poner un ejemplo de rugby. Hoy, el gran desafío del rugby argentino es ver cómo conviven el rugby amateur, el de los clubes, con el rugby profesional, el de Los Pumas, sin que uno destruya al otro. Ese es el gran desafío. Y el nuestro, el de los periodistas, es similar: ¿cómo hacemos para que los viejos manuales de periodismo que siguen tan vigentes se adapten a esta era digital y de todo rápido? Me animo a decir que es posible. Más aún: vale el intento.

Si hablar con un tipo como Ardizzone me abrió la cabeza en mi salida de la adolescencia, la decisión de incursionar en un blog me abrió la cabeza a un mundo que para mi era desconocido. Mi desafío es hoy seguir por esas dos vías. Creo que la web es una gran herramienta para ofrecerle a la gente un mejor periodismo. No se trata sólo de una relación costo-venta, como plantean siempre los medios grandes (que no son sinónimo de grandes medios), sino de calidad y variedad. Me primer ejercicio diario sigue siendo leer el diario de papel y creo que me moriré con esa rutina, pero cada vez estoy más convencido que en la web encuentro lo que más me interesa y lo que más me identifica. Claro que hay basura. ¿Acaso no hay basura en los diarios, en la radio y en la tevé?

Como todo en la vida, no podemos saber lo que vendrá. Pensemos. ¿Alguien supuso hace 25 años –de paso, celebremos el próximo 30 de octubre el regreso de la democracia- que en los diarios hoy iban a seguir los mismos columnistas políticos que en la dictadura? ¿Alguien supuso que Bush se iba a transformar en un estatizador? ¿O que los hombres del campo iban a tener tanta fauna alrededor? Pero al contrario de estos ejemplos, sí podemos soñar que hay por delante un campo inimaginable en lo que hace a la comunicación.

Este dinosaurio que todavía tiene problemas para bajar una foto o subir un video los invita, humildemente, a todos los periodistas a que nos sumemos a este desafío. A que levantemos las banderas de nuestros viejos y queridos maestros con las herramientas que nos ofrece la tecnología. Que abandonemos la pereza y la soberbia y que sigamos teniendo en cuenta que lo más importantes no somos nosotros, sino los lectores.

Celebro la salida de este libro. Y celebro que lo haya escrito Lalo, que es un militante de esto. Un tipo que tiene convicciones y las lleva adelante. Que ha tenido la grandeza y la convicción para que este libro –y de paso felicito a la editorial- lo tengamos gratis y por Internet. Lalo no piensa sólo en un sueldo. A propósito, han sido varios los periodistas que me preguntaron: “¿Y te deja algún mango el blog?”, sin poder comprender que al principio durante muchos meses invertí plata, aunque en realidad siempre invierto, porque el blog es una inversión periodistíca y de vida para mi. Sí, la imagen del periodista de hoy es el tipo que gana bien, que anda en autos importados, que aparece bronceado por la pantalla, que baila, que se pelea en cámara y que se pelea por pasarse horas y horas en el aire tratando de convencer a la gente que sabe de todo. Eso no es periodismo. Le agradezco a Lalo que me permita entrar todos los días a eblog para sentirme identificado con una chica flogger a la cual los supuestamente vivos la gastan aprovechándose de su status de comunicadores, de verme identificado con el malestar que provocan esos tipos que llevan carteles “no a las papeleras” en sus autos y te rompen los oídos a bocinazos, de poder enterarme de las tapas que viene, de los discos, de todas las novedades, del impulso que le da a todos los que arrancan con un blog, del esmero que tiene para introducirnos a los dinosaurios en la 2.0. Y también de poder entrar a vertir mi opinión, como me pasó con el conflicto del campo o cada vez que se arma la batahola con River y Boca. Siempre digo que el blog de Lalo es como una cancha de fútbol: 10 te aplauden y 100 te putean.

Cierro, y perdón si me pasé, pero los que leen mi blog saben que suelo escribir largo, con conceptos básicos del periodismo: concisión, claridad, defensa del lenguaje, cero protagonismo y tener siempre en cuenta al lector. No hay ninguna norma que diga que esto no va en Internet.