Etapas

Por cuestiones de la fortuna y, también, de los años que llevo en este oficio (empecé en noviembre de 1978; el siglo anterior), me ha tocado estar en las etapas cruciales del proceso de transformación que tuvo el rugby argentino en los últimos años en la alta competencia profesional. La mayoría ubica el punto de partida en la Copa del Mundo de 2007, cuando el Bronce abrió el camino al campo rentado interno, que hoy se hace carne con la llegada esta semana del Super Rugby al país. En lo personal, creo que, mirando la gran foto -el contexto, el que todo periodista debe analizar-, la verdadera génesis de todo estuvo en Gales 1999 y que, como en todo proceso, necesitó de un paso atrás, también fundamental, como el de Australia 2003.
Pero yendo a la última parte, creo que hay un eje indispensable para analizar, que es el de Nueva Zelanda 2011-debut en Rugby Championship 2012-Inglaterra 2015-debut en Super Rugby 2016. Me tocó estar también en esas etapas que tendrán un primer punto final en Japón 2019, a la que ya no sé si llegaré, pero eso no es para nada importante.
Fui de los que desconfió en muchos pasajes de esta historia reciente. No es novedad: está escrito. Saben que tuve fuertes cruces especialmente con dirigentes y con Agustín Pichot porque en el medio hubo cuestiones que creí conveniente marcarlas. Quizá me haya equivocado. Los periodistas, aunque los más mediáticos en el país crean lo contrario, debemos admitir cuando nos equivocamos. No somos seres perfectos como creen los que se creen intocables.
Después de haber cubierto como periodista aquel debut en Newlands en el Rugby Championship y éste en Bloemfontein por el Super Rugby, con la Copa del Mundo de por medio, pude verificar que es indudable la curva ascendente que ha tenido el juego. Aquel “no sabemos qué nos espera” de Juan Fernández Lobbe en Ciudad del Cabo 2012 y éste “no sabemos qué nos espera” de Agustín Creevy en Bloemfontein 2015 son tan parecidos como distintos porque se trata, precisamente, de momentos tan parecidos como distintos, pero ambos son partes unidas del mismo proceso.
En estos días en Sudáfrica pude ir viendo cómo se están construyendo los Jaguares. En los partidos, el juego apareció menos de la medida esperada; por momentos los jugadores parecieron desorientados, sin acoplarse todavía a la camiseta nueva (la actitud, que nunca falta, apareció a pleno en los dos momentos más complicados: estando abajo 21-7 con los Cheetahs y jugando con dos menos ante Sharks) y todavía no hay muestras de un equipo firme. Pero lo será. Estoy convencido que los Jaguares jugarán un excelente rugby. Quizá no este año, o quizá sí, pero seguro en un par de años. Y también estoy convencido que los Pumas pueden hacer otro soberbio Mundial en 2019.
¿Qué pasará con el resto del rugby argentino? Tengo la misma respuesta que Fernández Lobbe y Creevy. Pero eso necesita un análisis más amplio y de más tiempo a futuro. Hoy, es imposible hacer un diagnóstico de cómo repercutirá en un deporte amateur tener una competencia profesional en tierra propia. Lo que aquí pretendía abordar es otra etapa, la del juego. Por eso creo que lo que el sábado comienza en Vélez es una buena oferta. Valdrá la pena ver jugar a los Jaguares. A estos que están ahora y a los que vendrán pronto.
JB






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