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Carta

By Nicolás Casanova
22 noviembre 2019
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El amigo El corto maltés nos acercó nuevamente esta carta difundida en 2006. De acuerdo a lo publicado, es una carta enviada por Michingo O’Reilly a Pablo Camerlinckx y difundida por Gonzalo Klappenbach. Es interesante su lectura trece años después para analizar si las observaciones sobre el profesionalismo y sobre lo que en 2006 era el futuro, siguen vigentes. Para un buen debate.

Gracias Corto Maltés.

21/11/2006 | Hacia dónde va el rugby?
A mis amigos del Rugby: Esta mañana Pablo Camerlinckx me acercó esta carta de Michingo O’Reilly que quiero compartir con todos Uds. Independientemente de la opinión que tengamos al respecto, los invito a reflexionar sobre lo que acá se describe. No dejen de reenviarlo. Un abrazo y gracias.
Gonzalo Klappenbach

Fui testigo de lo que propone el rugby rentado. Hombres inmensos, todos de alrededor de dos metros, forwards y tres cuartos, fortalecidos hasta el infinito por sesiones interminables de pesas, estímulos diarios en fondo y velocidad, horas enteras de trabajos técnicos, tácticos y estratégicos acompañados por análisis de video.
Una amalgama de razas, credos y nacionalidades: un fijiano, un rumano, un cordobés, un sudafricano, un georgiano, un rosarino, Bedsen, originario de alguna ex colonia, un neocelandés, un entrerriano, otro de Tonga y obv., los franceses más grandes que nos podamos imaginar: Thion, Brusque, Traille, Imanol Harinordoqui, etc.
Dedicación exclusiva a su trabajo, definido, éste, como el de jugador profesional de rugby. Retribuciones astronómicas afectadas a un presupuesto astronómico, también.
Eso era en Hendaya, a pocos kilómetros de esa ciudad soñada y entrañable que es Biarritz. Me volví cavilando, no sobre lo que había visto, sino sobre mi rugby, que es lo mismo que recorrer mi vida. Vinieron de mi memoria las primeras imágenes: R. Giles embocando un drop en el arco de la pileta del CASI en el año l946; los Belaustegui festejando, en la casa de mi abuela, el campeonato del SIC del 48; el viaje a Paraná, con los viejos del club, a ver el partido contra Estudiantes -empate en cero del equipo de San Isidro que ganó el Campeonato de l949, la semana siguiente, en la cancha de Bs.As, ubicada donde hoy está el Planetarium. Sesenta años de rugby. Mi vida, la de mis padres, mis hermanos, primos, miles de amigos y sus padres y hermanos. Una enorme familia que, a lo largo de más de cien años, se rigió, con felicidad y alegría, con peleas y discusiones, cobijando a grandes tipos, buenos tipos, a regulares y malos por que no, se rigió, decía, por principios esenciales que se convirtieron en normas escritas y no escritas que dieron continente a una enorme legión que siempre tuvo un denominador totalizador: todos vinieron al rugby a traer, dentro de sus posibilidades, lo mejor de sí. Nadie llego, a él, a llevarse nada, salvo lo espiritual que el rugby brinda..-
Durante cien años definimos al rugby como un medio y no como un fin. Un juego para la educación, la socialización y la diversión. En el tenían cabida el alto, el flaco, el petiso y el gordo. El veloz y el lento. La condición era volver al vestuario habiendo entregado todo en la cancha. El resultado era importante, pero no trascendente. Se trataba de una cosa efímera. Primaba la solidaridad en la cancha y en los entrenamientos. Todos tenían los mismos derechos y las mismas obligaciones. Nadie, desde la teoría y la práctica, era más que otro. Se destacaba por igual un buen trabajo en un maul o ruck como una corrida de cincuenta metros. Nadie ganaba solo. La sonrisa y la tristeza pasajeras, ambas, eran comunes a todos.
El rugby fue un lugar de encuentro. Una plataforma de lanzamiento hacia otros lugares de la vida. Supimos, siempre, que el mundo comenzaba donde terminaba el rugby. O, lo que es lo mismo, estaba muy interrelacionado con la vida familiar, el trabajo o el estudio. Más, inducía al desarrollo de esas otras actividades propias de un hombre integrado.- Generaba directa o indirectamente el crecimiento intelectual, cultural, social de todos los que se acercaban a él.
El Seleccionado Nacional que disputaba amistosamente anualmente con las Selecciones de otros países estaba integrado por jugadores, con seguridad los mejores, que sintetizaban y representaban la idiosincrasia, el espíritu y el sentimiento del rugby argentino. Sus inolvidables “batallas”, a las que se sumaban las de los clubes y los seleccionados provinciales fueron creando un halo mágico y único a un deporte que tornaba a popularizarse preservando sus normas históricas que mencionábamos antes.
Un día a alguien o a algunos se le ocurrió organizar un campeonato del mundo. La “World Cup”. Se organizó tomando como ejemplo lo que hacía el fútbol desde hacía mil años. Obviamente, por detrás un gran negocio. Ganó N. Zelanda. A nadie le importó mucho. A nadie le cambió la vida. Salvo a los organizadores y a los que estaban cerca del bolsillo de la IRB. Desde allí la apetencia material aparece en el rugby. Se empezó a morir el juego más lindo del mundo. Algunos empezaron a creer que el rugby es correr mejor, saltar mejor, patear y tacklear mejor, olvidando que esas circunstancias no son otra cosa que su expresión formal. El rugby es lo que es invisible a los ojos, diría El Principito.- El rugby, lamentablemente, comenzó a parecerse a todo.
Un día, después del mundial de S. África – mejor no acordarse de su turbio desenlace- dos ingleses, el hoocker y W.Carling, aceptan una suma de dinero por jugar Rugby Unión. La IRB lo declara deporte abierto. El rugby de cien años, en la cima, en la elite, muere.
Cambios reglamentarios en función de demandas televisivas que rompen la histórica equivalencia e igualdad entre la defensa y el ataque, convierten el juego en lucha grecorromana con pelota. Se requiere una conformación física diferente para poder jugarlo, para soportar los continuos roces que las técnicas y estrategias demandan, en función de aquellas nuevas normas reglamentarias. Si no sos un “rara avis”, esos que la gente mira por la calle, no podes jugar. Comienza la dedicación plena. Nace la necesidad de ganar.
Es un trabajo: para lo que juegan, los que entrenan, los que dirigen.
Obviamente, se convierte en “un producto” al que hay que vender. El circo conformado comienza a generar dinero. Dinero grande. Los dirigentes, personalmente, comparten con los jugadores, las pingues ganancias.
Mientras tanto el resto, nosotros, mira absorto como el aparato comercial- empresario, diarios, revistas, televisión (parece que lo que no está en ella no existe) destruye, con su predica y con la convalidación de un discurso único, todos y cada uno de los valores y principios del noble juego del rugby. La discrepancia con la ruta elegida implica vejez, antigüedad.
Nadie se detiene a observar que el juego no creció en lo últimos diez años. Más, se puede afirmar que en el 2006 hay menos jugadores que en l995. Esto es así en el mundo entero y, en lo concerniente a nosotros, el rugby argentino no crece, más allá de la popularidad de algunas de sus estrellas. La presencia de una elite rentada que dispute en el gran nivel, no implica el crecimiento del juego. Más, me aventuro a afirmar que juega del lado del achicamiento del juego, cuantitativamente hablando. “Este es un juego para monstruos”, me quedo con el “baby.fobal”, dicen los enanos como nosotros (1.70m. y 72 Kg.).
Las últimas administraciones sesgaron la mayoría de los recursos que el rugby argentino generaba a soportar la estructura de representación nacional, en todos sus niveles, convencidos que los triunfos de la Selección Nacional iba a producir, en la base, un efecto multiplicador.- No ocurrió eso y , en paralelo, la presencia del dinero en la cúpula, trajo en la base y en las escalas intermedias de la pirámide una distorsión de los objetivos y las metas que los chicos se proponen al practicar el juego del rugby.
Todo esto sin pensar, que el rugby argentino tomó la ruta del fútbol. Ya vendrá José Barrita – que en paz descanse- y periodistas que afirmarán que el referee está “crazy” y aportarán el telebin para probar que el wing forward esta offside.
Que hacer entonces.- Aclaremos antes, con vehemencia, que el discurso no está anclado en el pasado, ni teñido de nostalgia. El rugby entero sabe que, por mi actual relación con el juego, conozco como el que más su realidad. Vuelvo a afirmar, como siempre, que si el rugby es bueno debe ser jugado, seria y oficialmente, por todos. El diseño del futuro debe tener como premisa tal circunstancia. ¿Saben cuanto cuesta contener en el universo del rugby a un jugador infantil o un juvenil? ¿Saben cuanto vale un chequeo médico? O lo que cuesta mantener una cancha jugable? ¿Hay idea de cuánto le cuesta a un chico de Albatros venir cada 15 días de La Plata a Bs. As. a jugar un partido? ¿Cuánto le cuesta al equipo de Eric Kleinjan viajar de Plottier a Ing. Jacobacci, para jugar con el equipo de Orzabal?. O quieren que les cuente como es el nivel socioeconómico de los chicos que hoy juegan al rugby, en el GBA y si pueden jugar y estudiar ?
Insisto, la opción es de hierro: entregarse sin luchar y perder esa herramienta que crearon, generación tras generación, millones de tipos conformando un espacio libre del economicísmo imperante y que sirvió para exhibir que se podía crecer como persona, destacarse y ser premiado por sus pares desde un sistema de retribución no basado en el dinero.
O, por el contrario, luchar sin desmayos, ni dobleces, con persistencia, por la permanencia del juego del rugby que hizo felices a aquellos millones que entendieron, siempre, que estaba basado en la inclusión, en el compañerismo, en el jugador de intermedia, en los que siguen viniendo a poner. Sostenido por los que creen, todavía, que el rugby es un acto de amor.-
Rodolfo F. O’Reilly

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