Lado T
Estuve en Río de Janeiro, en los Juegos Olímpicos, y ya estoy en Buenos Aires. Esta es la primera diferencia de lo que pretendo reflejar en éste texto: lo que estoy escribiendo es desde Buenos Aires y no desde Río de Janeiro. Acostumbrado a viajar como enviado especial a distintos acontecimientos deportivos –dicho sea de paso, lo que me transforma en un ser sumamente afortunado-, ésta vez pasé migraciones como turista. Y si bien los periodistas solemos decir, con razón, que somos periodistas las 24 horas, en las dos semanas que estuve en la bella Río no escribí ni una sola línea, salvo las dos columnas de los jueves en el diario La Nación. Miré con ojos de periodista, pero no hice de periodista. Esto es lo primero que escribo, ya varios días después. ¿Será la edad? ¿Será la necesidad de descansar? ¿Será? No lo sé, pero me propuse disfrutar de varias situaciones de las que no puedo gozar cuando voy a trabajar. Fue una experiencia maravillosa y ahora sí, porque soy periodista, necesito explicarlo de alguna manera.
Empecé a viajar como periodista al exterior en 1983. La primera vez fue como enviado de la agencia DyN a Santiago de Chile al primer partido de la era Bilardo en la selección argentina. El encuentro estaba pactado dos días después de la primera marcha en contra de Pinochet, así que el director de la agencia, Horacio Tato, decidió que también tenía que cubrir eso. Viajé entusiasmado y nervioso. A todo periodista hay algo que lo desvela en cada viaje: que funcione todo al momento de enviar el material a su redacción. En aquellos tiempos había que rezarle a la operadora internacional (triple 0) y a que la comunicación telefónica no se corte. Si viajabas con un fotógrafo, había otro rezo: que no te haya ocupado el baño como cuarto oscuro (ahí revelaban las fotos que luego se transformaban en telefotos, por lo cual desarmaban el aparato telefónico para poder transmitir) si estabas apurado por hacer tus necesidades. Pero lo que más nos parte la cabeza a los enviados especiales es el momento de enviar el material. Aún hoy, con todos los avances tecnológicos. Son momentos de extrema tensión hasta que del otro lado llega el mensaje aliviador: “llegó todo bien”.
Aquel viaje a Chile significó un entrenamiento espectacular. Primero, con la manifestación. Estuve a segundos de ser apaleado por los temibles carabineros de Pinochet, y cuando estaba enviando el material a Buenos Aires se cortó la comunicación varias veces. Me entró el miedo y la adrenalina al mismo tiempo. Ya había cubierto –y estado- en varias marchas en Buenos Aires, y también había experimentado el miedo de salir a la 1 de la mañana entre varios, por temor a que nos chuparan, cuando trabajaba en Noticias Argentinas, uno de los escasos medios que daban noticias sobre los desaparecidos. Siempre recordaré esas salidas nocturnas de la oficina (sucucho sin ventanas) que estaba en el subsuelo de la galería con entrada por Córdoba y por Florida. Siempre llevaré conmigo las enseñanzas que adquirí en NA.
Pero esa marcha en Santiago fue de terror por la violencia de los carabineros. Y también la sufrí en el partido, y mandar desde allí “los vestuarios” (declaraciones de los protagonistas), vía el único teléfono que había. Recuerdo que salimos del estadio Nacional todos los enviados argentinos de la gráfica (estaba el gran Osvaldo Ardizzone, compañero mío en Goles Match, y ese entonces enviado de Tiempo Argentino) como a las 2 de la mañana y no había ni un alma en las calles. Y ni un taxi. No sabíamos cómo volver, hasta que un portero se apiadó y nos pidió dos remises para regresar a nuestros hoteles. Tampoco jamás olvidaré aquella, mi primera cobertura.
En éste viaje como turista ese, el de disponer de mi tiempo, fue el primer gran valor que disfruté. Debo reconocer que después del primer evento que fuimos a ver –viajé con un amigo de la vida y nuestros hijos; éramos 5, todos varones-, el partido de fútbol entre Argentina y Argelia, en el Olímpico, me sentí raro. ¿Y ahora qué hago?, pensé, pero, por suerte, había que hacer rápido otro viaje para ver al básquetbol, a la maravillosa Generación Dorada, ante Nigeria, en el Arena Carioca, en el Parque Olímpico, en un trayecto que nos demandó dos horas y pico, y en el que por momentos me agarró la ansiedad del periodista, el “no llego”, hasta que gocé del no importarme el tiempo, ese factor que tanto juega en las coberturas. El tiempo que lo determina no el acontecimiento, sino el horario de cierre en las redacciones. Los periodistas de los diarios –y mucho más los de las agencias y, ahora, los de las web- siempre jugamos de alguna manera contra el tiempo en nuestras coberturas. En Europa suele ser nuestra aliada la diferencia de 3 a 5 horas para escribir, pero siempre nos quedamos sin cenar. En Oceanía y en Asia vivimos al revés, porque cuando tenemos que dormir, acá están todos despiertos, y viceversa. Nueva Zelandia y Australia son experiencias fabulosas desde el rugby y los lugares, pero extenuantes para trabajar. Uno no duerme ni come. En mi caso, el Mundial del 2003 en Australia fue una pesadilla.
En éstos Juegos Olímpicos, en los que pude ver fútbol, básquetbol, todo el rugby masculino, atletismo (me fascinó especialmente), natación y la semifinal de los Leones, disfruté de no tener que correr a nadie para entrevistarlo, de mirar el partido con los dos ojos y no con uno en el reloj, de quedarme a charlar después del encuentro, de comer tranquilo, de volver al hotel o al departamento relajado y sin horarios. De tener mucho para escribir pero no escribirlo. De desayunar, almorzar o cenar a la hora que quisiera y de armar paseos o ir a la plata en el momento que deseara hacerlo.
Una tarde, caminando por Ipanema, sentí en carne propia lo que siempre admiré de aquellos que viajan a presenciar acontecimientos deportivos. Cada vez que cubro un Mundial de rugby y veo a tantos padres con sus hijos o amigos que se juntan para viajar, debo reconocer que me da un poco de envidia. O no. Los miro con alegría, tratando de contagiarme del placer que sienten ellos, porque nosotros, los periodistas, esencialmente los que cubrimos deportes, nos alimentamos en nuestras crónicas de la gente, de los hinchas. A veces incluso más de lo que ocurre dentro de la cancha con los protagonistas directos, que son a los que nos mandan a ver y a analizar.
Nunca cubrí como periodista un Juego Olímpico. En el momento que pude hacerlo, no me sentía en condiciones mentales ni físicas. La cobertura de los Juegos debe ser la tarea más difícil para un enviado especial. Hay que ir de un lado al otro, de un partido de un deporte a otro de otro, entrevistar y entrevistar, escribir y escribir, desde la mañana hasta la madrugada. Nunca me animé, debo confesarlo. Pero como turista ya van dos a los que voy. Consecutivos. Y ambos con mi hijo. En Londres pude conseguir sólo dos tickets para ver a la Generación Dorada. Esta vez, había más disponibilidad de entradas y, también, más argentinos. Estuve como periodista –y disfrutando de ello- en muchos acontecimientos deportivos importantes: Mundiales de rugby, de fútbol, Grand Slam de tenis, Fórmula 1, Copa Davis, todos maravillosos, pero los Juegos Olímpicos son especiales. Uno tiene un menú en un mismo día que puede incluir a Bolt, Phelps, Del Potro, Leones o Leonas, Generación Dorada o NBA, Pumas, Fiji, Neymar. Y por las calles, medios de transporte, bares, restaurantes y negocios se topa con gente de decenas de países, porque en los Juegos están todos los países, incluso más que en la ONU. Los Juegos, más allá del negocio y de la corrupción que los rodea, son maravillosos por lo que generan.
Londres, mi ciudad favorita, estaba más linda que nunca en el 2012, y Río, de la que volví enamorado, brillaba especialmente, con su ingrediente propio de mar-playa-morro. Ver estos Juegos fue una de las experiencias más bellas de mi vida. Pensaba en mis amigos periodistas mientras caminaba en el divino Parque Olímpico o por lejana Deodoro, donde se jugó el rugby, cómo estarían ellos corriendo de un lado al otro, porque ellos eran yo en otros momentos, y cómo a mi me tocaba esta vez estar del otro lado, del más normal, del lado del turista, del Lado T. Porque esta vez antes de partir al aeropuerto no escuché las preguntas que me acompañan de amigos y conocidos desde que viajo como periodista: “¿No necesitás a alguien que te lleve la valija?”, “¿No necesitás un doctor (y agréguese todas las profesiones posibles)?”, como si fuésemos a pasear, aunque, vale decirlo, la nuestra es una profesión muy gratificante en ese rubro.
En cuanto al rugby, este viaje me permitió una especie de Grand Slam periodístico. Estuve en tres debuts históricos del rugby argentino: Rugby Championship, Super Rugby y Juegos Olímpicos. Ciudad del Cabo, Bloemfontein y Río de Janeiro. También haber estado en la vuelta del rugby a los JJOO tras nueve décadas. Se agrega a las dos semifinales y a los dos cuartos de final en los Mundiales. Sólo importante para mi, claro.
Fui un periodista disfrazado de turista. Estoy pensando en intentarlo de nuevo. Estoy pensando en la gira de los Lions 2017.
JB






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