Huevos
“Este equipo emociona”. Había que verlo a Corcho Fernández Lobbe, con sus ojos inyectados en lágrimas y sangre, con la alegría del triunfo y el dolor ante la presunción de que su lesión en los ligamentos lo deje afuera de la Copa del Mundo, justo a él, que fue un estandarte de todo este difícil proceso post Bronce 2007.
Había que verlo a Rodrigo Roncero caminando en una pierna, celebrando junto al resto, sin quererse ir del césped del Wellington Regional Stadium, con la alegría y el dolor en el rostro, también con la presunción que un desgarro puede marginarlo de éste Mundial, justo a él, que fue de los veteranos que soportaron la transición.
Había que verlo a Felipe Contepomi, el capitán, feliz y con el dolor de la costilla que arriesgó, diciendo que “En la vida hay que arriesgar y aquí valió la pena”.
Había que verlo a Lucas González Amorosino, frente a una multitud de periodistas, como si nada, como si esa corrida fantástica, a lo Loco Houseman, quebrando la cintura, fuese cosa de todos los días. “Estos partidos son así, hasta que te aparece un loco como estos, que también es nuestro”, graficó otro que no podía más del esfuerzo, en el otro extremo de las carreras de ambos, como Mario Ledesma.
Había que ver a esas miles de personas enfundadas en el celeste y blanco que esperaron la salida del micro del hotel hacia el estadio, que acompañaron su recorrido, que no pararon de cantar bajo la lluvia y que después armaron un carnaval que los neocelandeses miraban sorprendidos.
Son algunas de las tantas postales de otra jornada épica e inolvidable de Los Pumas. Porque así hay que calificar la victoria de 13-12 ante Escocia, que no resiste análisis técnicos, por cómo se dio el partido. Fueron algo más de 80 minutos dramáticos desde todo punto de vista, con un seleccionado argentino que no jugó bien, que sufrió todo tipo de contratiempos y que estuvo al borde de la eliminación. Pero hubo huevos de sobra. Esos que son vienen de fábrica de Los Pumas. Y una genialidad propia para darlo vuelta.
Un equipo debe tener mucha personalidad y coraje para soportar todo lo que sufrieron Los Pumas en este duelo crucial en Wellington. Hay que quedarse antes de que termine el primer tiempo sin dos generales como Fernández Lobbe y Roncero. O con otro como Juan Leguizamón en una pierna (esguince) y un ojo cerrado. O con otro como Mario Ledesma, exhausto, aguantando porque las posibilidades de cambios entre los forwards se agotaban. O remontando, a sólo 6 minutos del final, una diferencia de 6 puntos ante un equipo que venía de clavar dos drops que parecían decisivos y letales.
Los Pumas tuvieron la grandeza de no darse por vencidos nunca y de no desesperarse. Sostenidos en el enorme Pato Albacete, un jugador al que se le agotan los elogios; en Contepomi, que mostró el camino arriesgando su físico más allá de todos los límites y poniendo siempre al equipo adelante; en Leguizamón, un animal capaz de voltear paredes; en Scelzo, que entró en el peor momento e hizo pesar su experiencia y en los más jóvenes, que pese a jugaban el partido más importante de sus vidas y bajo condiciones climáticas pésimas (diluvio y viento permanentes), nunca se apartaron del libreto de dar lo máximo que tenían.
Pero el partido no se iba a ganar con eso. Escocia parecía tenerlo controlado, sobre todo desde que salieron Corcho y Roncero. Pero le estaba dando una vida a Los Pumas, y eso es suicida con un equipo con tanta hambre de gloria y que juega los Mundiales como si fuese lo último de la existencia.
Después del primer tiempo 6-3 abajo (se falló mucho a los palos, sobre todo del lado de Martín Rodríguez), Felipe estampó el empate con un penal a los 23 minutos del segundo tiempo. Ahí, Santiago Phelan hizo un cambio impecable. Sacó al fullback, quien no había rendido, y mandó a la cancha al carasucia de Lucas González Amorosino. Enseguida, Jackson embocó un drop desde lejísimos. Y, 7 minutos más tarde, Parks acertó otro.
Quedaban 6 minutos y Los Pumas se iban de la Copa del Mundo. Hasta que Albacete, enorme, recuperó una pelota. Felipe le dio vida, Marcelo Bosch la siguió y Lucas, pegado a la raya, lo hizo pasar de largo a Paterson. Después pisó para adentro, esquivó a dos, pisó para afuera y de nuevo para adentro hasta zambullirse en el ingoal. “Le dije que había hecho un try fantástico, pero que ahora me tocaba meterla a mi. Y entró”, completó el capitán.
De ahí en más, todo fue más dramático. La lluvia, el viento, la gente saltando en las tribunas, todos de pie y, adentro, Los Pumas defendiendo con orden y con el corazón. Excelente el plan defensivo, que Escocia nunca pudo vulnerar. De hecho, en 3 partidos Los Pumas recibieron sólo dos tries en contra. Los del Cardo tenían la pelota, pero retrocedían ante la asfixia argentina. Fueron 2 minutos que parecieron 20. Hasta que la pelota se les cayó y Bosch la pinchó a la platea.
Jamás se olvidará esta noche en Wellington. Por todo. Hasta por el dolor de Corcho y Roncero. Ahora, Los Pumas viajarán a Palmerston North, donde el domingo a las 13 (sábado a las 21 de la Argentina) enfrentarán a Georgia, en el último partido del Grupo B. Ya no dependen de nadie, lo que es un enorme mérito. Un día antes chocarán Inglaterra y Escocia en el Eden Park de Auckland y, entonces, los argentinos saldrán a la cancha sabiendo lo que tienen que hacer. Incluso, hasta pueden quedar primeros y evitar a los All Blacks en los cuartos.
Será una semana para recuperar a la tropa. Habrá que ver cuál es el diagnóstico definitivo de los lesionados y si otra vez no hay que llamar a reemplazos desde la Argentina. Y ordenar de nuevo las ideas, porque con Georgia también será una final. Pero parafraseando a Agustín Pichot después de la victoria en el partido inaugural de Francia 2007, Los Pumas son capaces de estas cosas. De superar todas las adversidades posibles. Y, como dijo Corcho, de emocionar. Siempre.
Crédito Fotos: Rodrigo Vergara-UAR









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