Lanús
Marcelo Gantman, amigo y gran periodista (recomiendo su blog), me preguntaba unos días atrás: “¿Hay vida después del Mundial?”. Más allá de las risas le contestaba que sí, y bastante. No ha mermado la actividad después de Francia. Aquí y en el exterior. Adentro y afuera de la cancha. Temas que se han ido tratando en este espacio diariamente y del cual, afortunadamente, han participado ustedes con sus comentarios y sus informaciones.
Hoy, sin embargo, quisiera abordar otro tema que quizá no esté estrictamente vinculado con el rugby, pero que de algún modo tiene que ver con todo lo vivido en aquel septiembre/octubre en el Mundial al que me hacía referencia Marcelo. Se refiera a Lanús, campeón el domingo último del fútbol argentino. ¿No encontraron algunos parecidos entre ese club de fútbol y la esencia del rugby?
Toda la comunidad granate exhibió respeto, culto a sus orígenes, buen juego, chicos y grandes unidos por una pasión, amor, capacidad para superar las adversidades. Yo, al menos, me sentí identificado con Lanús, y festejé su victoria. Considero que le hace bien al deporte y, también a la sociedad, que afloren este tipo de ejemplos.
Desde la agresiva opulencia, Boca -podría haber sido cualquiera de los otros denominados grandes- ofreció todo lo contrario. Sus dirigentes entregaron una ínfima y provocativa cantidad de entradas sin tener en cuenta el momento especial del otro; sus simpatizantes -los del palco- les arrojaron botellas de agua cuando empezaban a ensayar la vuelta olímpica que no pudieron terminar y sus jugadores no fueron capaces de quedarse a saludar a sus colegas.
Desde el rugby, entonces, honor a Lanús.






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