Palpitar

París arde en esta tarde de sábado. Hay 40 mil ingleses que desbordaron la Gare du Nord arribando en tren desde Londres, desde la estación Waterloo. Desfilan por la ciudad con sus camisetas y atestan las boleterías del Stade de France en busca de una entrada. La ciudad palpita el tremendo duelo que arrancará en unas horas. Mientras, en Enghein les Bains todo es tranquilidad. Se palpita de otro modo. Los Pumas ya terminaron la práctica en el Parque de los Deportes de Montmorency, almorzaron y quedaron libres para pasear un rato por las tranquilas calles junto a sus familias, que llegaron en mayor número en las últimas horas. Este país estará paralizado en unos momentos, pero los corazones y las mentes argentinas están fijadas en el domingo. En mañana, otro día histórico.
Es verdad. Vale reiterarlo. Los Pumas irán en busca de la final del Mundial. Increíble. Los pocos argentinos que otra vez serán minoría absoluta en un estadio que tiene capacidad para 80 mil personas y los millones que allá se sentarán ante los televisores, nuevamente jugarán junto a este equipo que ya hizo historia pero que no se conforma. La cita, como el domingo pasado con Escocia, es a las 21 hora local, 16 de la Argentina. El rival, nada menos que los Springboks, a los que nunca se pudo superar con la celeste y blanca con un yaguareté en el corazón y al que los mismos sudafricanos confundieron en 1965 con un puma.
Acabo de escribir en el blog de LANACION.com que el compromiso de mañana es extremadamente complicado, pero no imposible. Los Pumas tienen argumentos para dar otro gigante zarpazo. Lo vienen demostrando con una actuación que lógicamente genera sorpresa en el mundo del rugby, pero que no es fruto de la casualidad. Porque, además, Los Pumas están mostrando un modo de jugar al rugby al que algunos se han acoplado y que está dejando un mensaje en este torneo. El mensaje de que todo se puede.
La victoria -y el acceso a la final, se repite por las dudas- puede abrirse si Los Pumas cumplen fundamentalmente con dos requisitos que a esta altura son un enorme desafío: jugar con máxima concentración los 80 minutos (o los que vengan en caso de empate) y al menos resistir la tremenda batalla física que los Boks propondrán de acuerdo a lo que les marca su historia y a como ellos siente este deporte.
Por eso, como siempre, la confrontación más dura la tendrán que llevar adelante los forwards. Los Pumas tienen con qué. Su pack es sólido por todos lados. Es quizá el mejor del mundo en estos momentos. Pelear cada pelota como si fuese la última, tacklear sin error, no fallar en el line y someter con el scrum y el maul, las dos armas a las que más le temen los sudafricanos. Su entrenador, Jake White, dijo que Los Pumas en esas dos formaciones son los mejores de todos. Y eso le pidió a Marcelo Loffreda que fuera a explicar al campamento al que lo invitó en abril del 2005. Claro, como dijo el Tano ayer, no le dio todas las fórmulas…
Si Los Pumas pueden imponer esa primera batalla, después vendrá otra tan decisiva. Y allí será el tiempo de los backs. Sería obvio a esta altura citar la enorme categoría que poseen los argentinos en la línea. También ahí hay material como para desequilibrar a los Boks. Agustín Pichot, afilado como nunca en este Mundial, tendrá doble tarea: maniatar a Fourie du Preez, el muy buen 9 sudafricano, y apelar a toda su rapidez mental y de manos -esa que lo hace estar un segundo adelante del resto- para lanzar en cada pelota recuperada y en cada free-kick que se dé.
Juan Martín Hernández, quien dicen que será elegido el mejor jugador del mundo un día después de la final, deberá hacer lo que hizo ante Irlanda y Escocia. Buscar con su pie el fondo de la cancha (fundamental para ahogar a los tres de atrás) y también para bombardear por aire a Percy Montgomery, un excelente fullback al que no le gusta que lo prueben por ese lado y al que irá a buscarlo un especialista como Manuel Contepomi. Pero Juani deberá lanzar a los tres cuartos cuando exista el desequilibro. O cortarse él. Desordenar a una defensa que tiembla cuando le mueven la pelota. Fiji, especialmente, y Samoa mostraron que ese es un camino.
Defensa y disciplina como hasta ahora. Otros dos elementos importantes. Los Pumas son los que menos tries recibieron en el torneo (apenas 3) y los únicos de los que atravesaron la primera ronda en no recibir tarjetas. Es de esperar que el árbitro neocelandés Steve Walsh cumpla con todo lo que marca el reglamento y que sancione como se debe si, por ejemplo, el tercera línea Schalke Burger (1.93, 110 kilos) vulnera los límites como lo suele hacer, sobre todo con el tackle al cuello.
El mundo, de a poco, está reconociendo a este equipo milagroso. White dijo que los Springboks jugarán la final, pero debe interpretarse más como una inyección anímica a sus dirigidos. Se sabe, por lo expuesto más arriba, que respeta a los argentinos. Bobby Skinstad, el ex capitán que mañana regresa pero al banco, también los elogió. Hasta dijo que podrían ganar un hipotético Cuatro Naciones. El australiano John Eales (brillante capitán de los Wallabies campeones del mundo en el 99) y los neocelandeses Jonah Lomu y Zinzan Brooke manifestaron su admiración por Los Pumas, más allá de sus preferencias de que los sudafricanos queden eliminados.
Hoy, Le Figaro, el diaro francés que omitió a Los Pumas en una encuesta para ver quién podría ser el campeón, no sólo le brinda más espacio a la selección argentina que a la sudafricana, sino que destaca innumerables aspectos del equipo, sobre todo el de su espítitu amateur. Agrega que los jugadores argentinos cobran por jugar en su seleccionado 5 mil euros anuales contra los 80 mil de los franceses. Paul Rees escribe en el británico The Guardian que Los Pumas no juegan lindo, pero que son efectivos. Será para un debate más largo y en otro momento qué es jugar lindo al rugby. Sí puede afirmarse ahora que Los Pumas juegan un rugby en serio.
Mañana, todos los argentinos, acá y allá y en cualquier lado del mundo, tratarán de tacklear a Victor Matfield, uno de los mejores forwards del mundo. Harán lo mismo con el brillante tercera línea Juan Smith o con el hooker y capitán John Smit. Rezarán cuando la pelota les llegue a las manos de los dos velocísimos wines JP Pietersen y Bryan Habana. Temblarán si el centro Francois Steyn se planta para un drop. Irán bien abajo si Montgomery busca explotar desde el fondo. Todos. Porque este equipo, entre otras cosas, contagia.
Mañana es el día. Ya llega. Se palpita. Vuelven a jugar Los Pumas. Y nada menos que para llegar a la final del Mundial. Sí, es posible.






17º
Cartelera
Cartelera