Hábitos
Carlos Ferreira, Carlitos, es uno de mis socios en Deportea. También es mi amigo. Escribe como los dioses y no es de los que se han sumado ahora a la euforia por el rugby. Desde hace mucho que mira los partidos y se entusiasma por la ovalada, más allá de sus genes futboleros. Ya escribió para este blog su visión, desde afuera (así se tituló ese post), de lo que siente por este deporte. Ahora le pedí el favor de que nos vuelva a deleitar con su pluma. Aquí cuenta sus sensaciones previas al partido de mañana.
Espero con ansiedad el partido de los All Blacks con Francia. Es la misma con la que aguardo Argentina-Escocia. Alguna vez escribí en este blog de mi amigo Búsico que soy del fútbol, que desconozco en profundidad el reglamento del rugby. Pero también es cierto que fui y seguiré siendo, esencialmente, un periodista deportivo. Por lo tanto, ningún deporte me es ajeno. Y lo cierto es que el rugby viene atrapándome desde hace buen tiempo. Y este Mundial y estos Pumas terminaron de armar la feliz encerrona.
Por aquel desconocimiento técnico a que acabo de hacer referencia, me entrego como un pibito a las emociones que producen los grandes partidos. Cincho, empujo, salto, pateo, corro. Me pasa lo que no me está sucediendo últimamente con el fútbol argentino. Ver rugby de este nivel me produce una suerte de desintoxicación. No ver simulaciones, picardías absurdas, llantos, protestas, técnicos que se creen obligados a actuar frente a las cámaras como si estuviesen haciendo un casting para ingresar a un programa cómico, todo eso me tiene harto. A tal punto, que me indigné cuando vi a los namibios “lesionándose” a cada rato frente a los Pumas.
El domingo pasado no vi a los Pumas en vivo. Juego al fútbol a esa hora y no me permito evitar, desde mi madurez, la felicidad de tocar aunque sea cuatro pelotas disfrazado de jugador. Volví a casa y a las seis de la tarde vi la repetición. Yo mismo no puedo explicarlo, pero aún conociendo el resultado lo disfruté como un chico, como si el resultado hubiese podido ser otro. Me bajé un litro y medio de agua mate en mano y grité cada punto y me pregunté por qué Hernández no juega en Racing, mi sufrida Academia.
Ahora viene Escocia y es domingo también. Formo parte de un grupo coral. Justo el domingo (fecha pactada hace meses) hacemos la fiesta anual para recaudar fondos. Empieza a las 7 de la tarde, pero como todo lo hacemos a pulmón, hay que estar ahí desde muy temprano para armar escenario, mesas, sonido, recibir bebidas y comida. Siempre juego a las doce del mediodía, termino a las dos de la tarde, vuelvo a casa, como algo, ya son más de las tres y a las cuatro hay que estar en el salón de fiestas. Entonces tomé una decisión que todavía me tiene asombrado, como si yo fuera otra persona: decidí no ir a jugar. Prefiero adelantar mi tarea, ir a las dos de la tarde a preparar las mesas y a las cuatro estar frente al televisor. Terminado el partido, a disfrutar de la fiesta y, ojalá, de un nuevo triunfo Puma.
¿Triunfo? Acaso no, quién sabe. Pero no me va a importar. Ese es el sentimiento. Sé que harán todo lo que deban hacer y que si pierden será porque el rival existe, noción básica que algunos chantas del análisis futbolístico consideran un dato menor. Para ellos, el rival no juega.
Contestando a una pregunta de Jorge, no, no se advierte un entusiasmo popular como el que produjo la selección de básquet. Creo que es porque son muy, muy pocos los que entienden el rugby. Pero como somos argentinos y triunfalistas, si se le gana a Escocia acaso suba la espuma del entusiasmo. Personalmente ruego que ningún Avila ni ningún Grondona se adueñen de este juego a través de la televisión.
Dejo para el final el deseo de que la cultura del rugby sea imitada por los formadores de jugadores de fútbol. Hace mucho tiempo –lo saben mis amigos- vengo diciendo que los técnicos de divisiones inferiores de ambos deportes deberían intercambiar experiencias y que ganaría el fútbol.






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