Hace algo más de 53 años y durante casi dos décadas, uno de los sectores más tradicionales de la sociedad argentina, habitante del exclusivo barrio de San Isidro, estuvo dividido por un episodio que experimentó varias ramificaciones, pero cuyo eje central se focalizó en un deporte característico de la zona: el rugby. La pelea en cuestión provocó que un grupo de socios abandonara el Club Atlético San Isidro (CASI) para fundar luego el San Isidro Club (SIC), y le dio vida así a un choque que si bien no tiene la dimensión de un River-Boca, cuenta con todos los condimentos de un verdadero clásico.
El conflicto se desencadenó el 14 de julio de 1935, cuando en medio de una comida, un grueso grupo de jugadores de la primera división decidió, a modo de broma, quitarse los pantalones para deglutir los sabrosos platos en calzoncillos, lo cual determinó que la comisión directiva del CASI suspendiera a todos los que habían concurrido a esa reunión.
Rodolfo Michingo O’Reilly, padre del actual conductor de Los Pumas, brinda la posición del CASI: “Los jugadores de rugby habían tomado el control total del club y hacían lo que querían. Además, en ese momento soportábamos varios embargos sobre las instalaciones. Entonces, decidimos terminar con ese descalabro y armamos una lista encabezada por Julio Urien, que era un hombre con vocación política y mucho prestigio en San Isidro. A fines de 1934 ganamos la elección y la primera medida fue modificar la subcomisión de rugby. Eso no les gustó, pero los episodios lamentables continuaban. En realidad, lo de la comida fue el estallido de algo que se venía gestando. Un socio los vio en calzoncillos, le avisó a Urien y se los supendió”.
Ernesto Tata Cilley Hernández es otro de los tres sobrevivientes de aquel episodio y dio la versión del SIC en una de las publicaciones del club en 1985: “Un nuevo presidente (por Urien), de reconocida vocación política y sin real conocimiento de las características de nuestro deporte debió dar marcha atrás en una decisión. A los seis meses se tomó el desquite con aquella comida. En el folleto ‘Nuestra palabra’ se constató el deseo de setenta jugadores de seguir representando al club y se ilustra la fulminante resolución de la CD, tomada dos días después de la comida sin haber mediado denuncia, sin damnificados y sin oír a los testigos”.
Esto derivó en una huelga de los jugadores de Primera y Segunda, por lo cual el CASI fue representado hasta el final del campeonato por los chicos de la Tercera, entre quienes estaba O’Reilly. Hasta que ese 14 de diciembre de 1935, 385 socios dejaron el CASI y fundaron el SIC en el Museo Pueyrredón.
La pelea dividió e involucró a familias clásicas como los Beccar Varela, López Saubidet, Zochi, Meyrelles, Rodríguez Jurado, Durrié, Belausteguy y Pirán Balcarce, entre otras. Hubo algunos que nunca pisaron el SIC y que vieron los partidos desde afuera; otros que sólo fueron al CASI para jugar y muchos que durante 20 años ni siquiera se miraron.
Hoy, todo es distinto. O’Reilly y Cilley concurren juntos a las comidas, el odio desapareció y sólo queda la rivalidad deportiva. “La familia sanisidrense está unida”, dicen orgullosos por esa zona.
O’Reilly hijo supone que el enfrentamiento finalizó en la década del 50, “cuando todos éramos amigos en el colegio y teníamos primos en alguno de los dos clubes”. Adolfo Palomo Etchegaray, uno de los mejores medio scrum que tuvo el CASI, dice que “ahora, los del CASI tenemos más amigos en el SIC que en los demás clubes”. Emilio Gringo Perasso, entrenador de la Primera del SIC desde 1970 junto al inolvidable Carlos Veco Villegas, sostiene que “los terceros tiempos que más duran son los de CASI-SIC”.
EL CASI luce poderoso en Roque Saénz Peña y Libertador, en pleno corazón de San Isidro. El SIC, mucho más modesto en cuanto a infraestructura, se ubica en Las Lomas, debajo de la Panamericana. Pese a las diferencias, la cuota mensual es casi la misma: 138 australes en el CASI y 135 en el SIC. En el primero, la inscripción está cerrada desde hace varios años, en tanto que para hacerse socio del SIC hay que abonar 3.375 australes.
Al CASI, sus socios lo denominan El Club, La Academia, el Atlético o el viejo club de San Isidro, como para marcar diferencias. A la cancha del SIC le pusieron La Zanja, y a sus hinchas, los zanjeros. Pero éstos les responden con motes hirientes que en el fútbol no se unen: bosteros y gallinas.
El CASI, por ser un club con un importante número de socios, ofrece variantes entre sus asiduos concurrentes: están los que frecuentan un exclusivo bar al cual no se puede entrar en zapatillas y donde en los roperos se guarda el whisky, y otros de origen más humilde, como Yubatti, un conocido carnicero del barrio, y el famoso Poppo, arreglador de radios y asador profesional.
Cada club tuvo en secretario de Deportes: el ya mencionado Cilley en la época de Lanusse y O’Reilly en la primera parte del gobierno radical de Raúl Alfonsín. También hubo cantantes: por el SIC, el Chinito Martínez grabó un par de discos de folclore, en tanto que Juan García Hamilton, del CASI, llegó a cantar con Pappo, cuyos simpatizantes lo rechazaron por su voz finita.
En la parte deportiva, CASI fue muy superior al SIC hasta 1970, pero a partir de ese año, el SIC se tornó poderoso y pasó a dominar claramente los torneos, ganando 12 de los últimos 18. Los otros se los adjudicó el CASI, marcando el absoluto predominio de los equipos de San Isidro sobre el resto.
La gente del SIC recuerda emocionada un clásico de 1971, cuando el equipo dio la vuelta olímpica por primera vez en el CASI. El partido se definió en el último minuto con una conversión de Marcelo Rodríguez Jurado (fallecido trágicamente poco después en un accidente junto a Julio Walther, otro jugador del club), quien era hijo de Artyuro Rodríguez Jurado, uno de los fundadores del SIC.
En el CASI rememoran la última fecha del torneo de 1974, en la que el Atlético ganó 15-0, dio la vuelta olímpica y le cortó una racha impresionante a su rival.
El anecdotario también registra bromas. En 1975 y faltando dos fechas, el CASI recibió a un SIC bastante disminuido. Empatando, el Atlético era campeón y por eso había preparado un gran festejo que incluía el clásico paseo en autobomba por el centro de San Isidro. Al finalizar el primer tiempo, el CASI ganaba por 14-3. Pero en una gran reacción, el SIC se llevó el partido por 18-17 en el último minuto. Mientras los del CASI corrían desesperados para frenar la fiesta, los del SIC lo hacían para organizar otra. O’Reilly, entrenador del CASI en ese entonces, dio varias vueltas por los bares de la zona y al llegar a su casa por la noche, se encontró en la puerta con una corona enviada por los Meyrelles, una familia que jamás pierde este tipo de detalles cuando se disputa un clásico.
El diario La Nación es otro lugar ideal para las jodas, y en su sección clasificados se publican avisos como “Hoy se remata un gallinero” o “Asista a la venta de una zanja”.
Después, habrá 80 minutos de durísimos, de gran nivel y con un folclore de no menos cuatro mil personas en árboles, techos de camiones, escaleras y mujeres infartantes. Será un clásico.






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