Adelanto
Con Alejandro Cloppet terminamos de escribir Ser Puma II, que en alrededor de un mes estará en las librerías. Contiene el original, finalizado en agosto del 2003, más seis capítulos nuevos. Esta vez, Pablo Mamone, coautor del primero, no pudo estar. A manera de regalo, les dejo un pequeño adelanto de una parte del capítulo dedicado al Mundial del 2007.
……………….
Los 22 Pumas ingresaron al precalentamiento con la remera negra y la leyenda “Blackie”. Los franceses no entendían de qué se trataba. En ese momento y en el posterior, cuando ambos equipos volvieron juntos al vestuario, los argentinos empezaron a ganar la primera de las batallas de esa noche. Quizá la más importante en el rugby: la mental.
“Les ví las caras. Los conocía bien a todos. A David (por Skrela) hasta le había enseñado cosas. Sabían que estaban con miedo. Cuando estábamos entrando al vestuario, le dije a Mario: “Les ganamos”. Ya se lo había dicho antes, pero sí, no tenía dudas: les íbamos a ganar”, contó después Pichot.
La entrada de los equipos a la cancha fue emocionante, acompañada por un tema elegido por la organización y que, también, quedó en la historia por lo impactante: Industrial Revolution Part 2, de Jean Michel Jarre. Que se agregó al The World In Union, que la IRB había lanzado en Gales 99.
Y esa diferencia evidenciada en el precalentamiento tuvo otra batalla siguiente, también ganada por goleada por Los Pumas. Fue al momento de los himnos. Los argentinos lo cantaron con el alma, con sus pechos inflados, con los ojos rojos de lágrimas, con los rostros desencajados. Ayudó, por si fuese poco, la versión acortada que eligieron los organizadores.
Esa fila, con Pichot en una punta y con Roncero en la otra, con los hermanos Contepomi y Fernández Lobbe bien juntos, con los integrantes del staff parados al lado de la línea de touch como si también fuesen a jugar, es una foto testigo del ser Puma.
El “Oh, juremos con gloria morir” retumbó en el Stade de France y se trasladó a las tribunas. Los argentinos que estaban en el estadio también se sintieron Pumas. Las pantallas gigantes reflejaron sus llantos, su emoción. Y redondearon, junto a los jugadores, un instante único, inolvidable, de esos que se seguirán recordando dentro de 100 años.
Cuando le tocó el turno a la bella Marsellesa, el escenario fue diametralmente opuesto. Mientras la gente lo cantaba como siempre, como un himno de guerra o de alegría, los jugadores lucían paralizados. Sus rostros, agrandados por las pantallas del estadio, demostraban que no la estaban pasando bien. Por los Pumas y por la presión que tenían para ser campeones del mundo.
Al día siguiente, un periodista de Le Figaro escribió que Los Pumas empezaron a ganar el partido en el himno.
Pero a ese partido había que jugarlo. La historia se iba a definir en 80 minutos, 15 contra 15. Loffreda había anticipado que Los Pumas debían hacer todo lo contrario al comienzo del test inaugural de cuatro años antes, contra los Wallabies. O sea, nada de vértigo. Mucho control, mucha cabeza fría, mucha presión, mucho tackle, mucha disciplina, cero error, evitar el ataque por ataque y aprovechar el kick de Juani Hernández, alto o al fondo, para jugar siempre en campo contrario. El plan se cumplió a la perfección desde el primer segundo.
A los 5 minutos, Felipe abrió la cuenta con un penal, pero Skrela empató a los 7 por la misma vía. Dos ensayos más del mellizo a los palos, a los 10 y 24, estiraron la cuenta 9-3 para Los Pumas, en medio de un partido tenso, jugado al límite, pero con el control de los argentinos, a base de obtención, tackle y, en el mayor progreso, disciplina.
Hasta que a los 25.06 empezó una jugada que iba a ser leyenda. Pichot abrió rápido la pelota a Hernández, y el 10 metió una de las tantas bombas al cielo de esa noche. Cuando la embolsó Damien Traille e inició un contraataque, pareció peligroso, pero llegaban seis argentinos a presionar. El centro, entonces, la jugó rápido con Remy Martin, y el 7 la pasó sin mirar. Ahí estaba Horacito Agulla. El wing de Hindú la interceptó arriba y, enseguida, encontró apoyo en Manuel Contepomi. El mellizo hizo una pausa de ingeniería y escuchó el zumbido de un tren bala que venía lanzado desde el fondo. Era Corleto. Cuando el fullback recibió la pelota, en su horizonte aparecían cuatro franceses. A todos los dejó a pié. En apenas 5 segundos, Nani aterrizó en el ingoal.
El festejo Topo Gigio de Corleto, otra imagen inolvidable, contrastaba con el silencio sepulcral que invadió el Stade de France, sacudido sólo por los gritos y los festejos de los argentinos, que eran infinita minoría entre las 80 mil almas. Loffreda y Baetti se abrazaban, eufóricos, en su cabina, pero todavía quedaba un rato largo. De todos modos, Los Pumas habían pegado la primera piña. Casi de nocaut.
Inmediatamente, Los Pumas sufrieron una baja de importancia. Nacho Fernández Lobbe ya andaba deambulando por un golpe temprano en la cabeza. “Me apagaron el televisor”, dijo después, sonriente. Pero entró otro áspero, Rimas Alvarez.
Francia reaccionó con un penal de Skrela, Felipe acertó otro, y, en la última jugada, el apertura achicó las diferencias a 17-9. Si había que llevarse por esa última imagen, parecía que Francia se iba mejor que Los Pumas al vestuario. Se venían 40 minutos tremendos.
Y así fue. Francia, entonado por ese último penal de Skrela, salió a llevarse por delante a Los Pumas. Los primeros 10 minutos se jugaron prácticamente en las 10 yardas argentinas.
Pero, como en los últimos 9 minutos contra Irlanda en el 99, la defensa fue heroica. También como en aquella oportunidad, no defendían 15; eran miles y miles. Los que alguna vez se habían calzado la celeste y blanca, los que estaban en la tribuna y los que, a esa altura, ya empujaban frente a los televisores en la Argentina.
Fueron 10 minutos de una tensión infinita. El estadio se sacudía al grito de “Allez les bleus”, y Francia iba y se topaba una y otra vez con hachazos a los tobillos. Los Pumas esperaban agachados, hambrientos por conservar intacto su ingoal. Parecía que ahí estaban, como en el 99, Tati Phelan, Gonzalo Longo y el Yankee Martin, pero eran el Corcho Fernández Lobbe, Leguizamón y el Ruso Ostiglia. Tackle y tackle. Los argentinos sabían que si salían de ese asedio, Francia se iba a quedar sin nafta. Y así ocurrió.
Sin embargo, otro momento de quiebre le esperaba al trámite del partido. A los 20 minutos, Skrela acertó otro penal y Francia se puso a un try convertido de la victoria. Al mismo tiempo, el Stade de France tembló de nuevo al grito de “Uhhhhhhhhh”. Entraba Sebastien Chabal, uno de los símbolos, más por su aspecto vikingo que por su juego. Era, para ellos, la carta de la victoria.
Pero en la primera pelota que tocó el grandote barbudo, lo bajó Luquitas Borges, uno de los más chiquitos. En la segunda lo tumbó Roncero. Y en la tercera, con Chabal lanzado a toda velocidad, lo esperó Felipe Contepomi con las piernas y los brazos abiertos, como quien aguarda a su presa. El mellizo, como se dice vulgarmente, lo sentó de culo. Ahí sí se acabó Francia. Por más que quedaban 10 minutos, la gente se empezó a ir del estadio.
La presión Puma continuó. Cada pelota que agarraba un francés encontraba a dos o tres argentinos encima. Roncero, Ledesma, Corcho, Hernández, Agulla. Todos. En medio de esa locura, Albacete hasta quiso morder la pelota en un ruck porque no llegaba con el resto de su humanidad.
Felipe tuvo dos penales más para asegurar el triunfo y, de paso, dejar sin punto bonus a Francia. El primero se fue desviado; el segundo quedó corto. “Le dijimos que la pateara lo más lejos posible, pero Feli ya no tenía gambas”, contó luego Ledesma. Ese último intento le dio más dramatismo al test, porque la pelota quedó en poder de los franceses, pero no pudieron avanzar. La defensa, maravillosa, no se los permitió.
Cuando Spreadbury decretó el final, muchos Pumas quedaron de rodillas con sus brazos en alto. Loffreda y Baetti no sabían para dónde ir. En las tribunas, muchos lloraban. Incluso en el palco de periodistas. Uno de ellos recibió un mensaje de texto de su esposa, desde la Argentina: “Cuidá el corazón”. Nada más exacto para definir ese momento. El reloj marcaba las 11 de la noche en París, y la alegría era sólo argentina.
Pero cuando los jugadores querían alargar el festejo, Pichot los juntó a todos en otra imagen imborrable. Y les lanzó una consigna para la leyenda: “Esto recién empieza”.






Cartelera
Cartelera
Cartelera