Pumas de acero
Cada cuatro años un rayo ovalado atraviesa el planeta desparramando espíritu de rugby por todos los rincones del mundo. Rugby World Cup. En Oceanía, en Sudáfrica, en las Islas Británicas y, por supuesto, en Argentina, cada cuatro años todos hablan de rugby y ponen los ojos en ese acontecimiento único del deporte internacional.
Así fue en 1999, año de un Mundial inolvidable que dejó una historia real que es una pintura de las dificultades que rodearon a esos Pumas y del coraje que pusieron para superarlas. La historia de un abrazo que involucra a dos de los integrantes del staff del seleccionado que va a disputar la copa de Japón.

Los Pumas de Acero, que superaron todas las adversidades, celebran luego de la heroica defensa del ingoal ante Irlanda.
Veinte días antes del comienzo de ese torneo, el entrenador francés Jean Claude Skrela marcó el final del entrenamiento en el Centro Deportivo de Alto Rendimiento de la ciudad de Marsella, donde ajustaba su preparación el seleccionado francés, entró al vestuario y les comunicó a los jugadores los nombres que iban a conformar la lista definitiva para el mundial de Gales.
El mismo día Héctor Méndez, coach de Los Pumas, entró al vestuario de Liceo Naval, elegido como lugar de entrenamiento del equipo, y les comunicó a los jugadores que acababa de renunciar a su cargo. Esa tarde circunstancialmente estaba en el club Tito Fernández. Los jugadores le pidieron que les diera una mano y por unas horas Tito colaboró en la preparación del equipo para el Mundial.
Quince días antes del partido inaugural del Mundial de 1999, Matthew Moore, jefe de prensa del seleccionado australiano, citó a una conferencia de la que participaron Tim Horan , John Eales y varias de las figuras de los Wallabies que se preparaban para el certamen. Ante las preguntas de los periodistas acreditados, los jugadores se mostraron confiados en repetir el título de 1991.
El mismo día, Agustín Pichot, Felipe Contepomi, Ignacio Fernández Lobbe y varios de los Pumas que viajarían a Gales se juntaron en un bar del Bajo Belgrano con un productor de Leyendas del Rugby, un programa nuevo que desde hacía dos semanas salía por un canal de cable. En los reportajes concedidos en ese bar se mostraron desconcertados ante la falta de entrenador para el evento que se avecinaba.
Diez días antes del gran partido del Millennium, en una mañana nublada y fría, Neil Jenkins y el plantel de Gales se desplazaban por la pista sintética del centro de entrenamiento de Cardiff sometiéndose a las últimas pruebas aeróbicas antes del partido inaugural que los iba a enfrentar con Los Pumas.
Al atardecer de ese mismo día, tres cuarentonas siliconadas, dos yuppies noventosos recién salidos de la cama solar y un grupo de chicos del equipo de baby fútbol del club corrían por la pista de tierra poceada de la sede Jorge Newbery de Gimnasia y Esgrima. Mezclados entre ellos trotaban Pedro Sporleder, Lisandro Arbizu, Santiago Phelan y varios de los Pumas que integraban el plantel, a esa altura ya confirmado, para ir al Mundial.
El primero de octubre de 1999, en el vestuario del Millennium, cuando faltaban diez minutos para el kick-off del partido inaugural contra Gales, Nicolás Fernández Miranda, que había discutido la titularidad como medio scrum hasta último momento y se había quedado afuera, se acercó llorando a Mario Ledesma. El hooker se fundió en un abrazo con su amigo y le dijo:“Nico, hoy el partido lo jugamos todos.Vos vas a estar adentro de la cancha conmigo”.
Ledesma y todos los jugadores argentinos se pusieron la celeste y blanca, salieron a la cancha encendidos y jugaron un partidazo que solo fue un anticipo de aquel torneo inolvidable que ubicó a Los Pumas de Acero a la altura de las potencias que habían llegado al Mundial con la preparación propia del rugby de alta competencia.
Daniel Dionisi






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