Crónica
El amigo Boris ayer estuvo presente en el Kings Park de Durban. Nos envió una interesante crónica de lo que vio, no solo en el estadio sino también en algunos rincones de la sociedad sudafricana.
Hola queridos amigos de Periodismo Rugby.
Solo como siempre estuve en esta lucha desigual contra la colonización mental y marcado como siempre por mis contradicciones, emprendí hace una semana mi viaje anual para asistir a algunos de los partidos de Los Pumas en el exterior: Londres, Gloucester, New Plymouth, Canberra, y ahora Durban, en el corazón de Zululandia, fueron los destinos sucesivos.
Esta vez Sudáfrica era el lugar. Había leído mucho sobre este país. Coetzee fue uno de mis autores preferidos y así transité las páginas de Infancia, Juventud y Desgracia. Mis prejuicios, creo que compartidos, me decían que Sudáfrica era un país en el que la integración racial y la lección de Mandela y Desmond Tutu dieron lugar a una nación maravillosa, de tolerancia, respeto, paz, seguridad y libertad, y que todo eso se vería reflejado en sus calles. Si esa fue mi esperanza, amargo fue mi desencanto.
Llegué a Johannesburgo y la primera sorpresa fue constatar que por las calles, en los negocios, en los taxis, incluso en el barrio caro de Sandton, donde alquilé el departamento, casi absolutamente todas las personas con las que me cruzaba eran de raza negra. Todo el mundo me advertía que era imposible caminar por las calles de la ciudad sin correr un peligro enorme y que sólo me moviera de un lugar a otro con Uber o en taxi. Al hablar con la gente surgía en seguida que el rugby no era una pasión para ellos, al punto de que ni conocían los nombres de los jugadores de los Springboks.. De Argentina desconocían absolutamente todo, salvo que era el pais de origen de Messi, pero tampoco sabían siquiera qué idioma se habla en ese lejano país.
Al llegar a Durban el esquema se repitió. La población negra copando las calles y los blancos, que son el 8% de la población, brillaban por su ausencia.
Todo cambió al llegar al Estadio Kings Park. Bajé del taxi unas cuadras antes de la entrada y en una placita jugaban al rugby unos niños. En ese picadito, la integración parecía existir. ¿O era un espejismo? Eran dos equipos de chicos de alrededor de doce años, la mayoría negros. Había dos o tres niños blancos, muy corpulentos. Lo más llamativo de todo era que los negritos jugaban todos descalzos. Y los niños blancos con botines. Había uno, blanco, enorme, que especialmente se lucía, no la pasaba a nadie y lo vi hacer tres o cuatro tries. Sin embargo parecían todos felices. ¿Se conservaría esa felicidad aparente cuando crecieran?
Al entrar al Estadio la inquietud de andar entre extraños y en peligro desapareció por completo. Venía de la experiencia, días atrás, de ser palpado de armas al entrar a un bar en Johannesburgo del centro de la ciudad. En el sitio de encuentro del Kings Park cientos de fanáticos con las camisetas de los Springboks y enormes vasos de cerveza compartían conmigo, con una camaradería inigualable, un momento inolvidable. La amabilidad, las sonrisas amplias, las palmadas en la espalda, los pedidos de fotos como si uno fuera una celebridad, hacían que el corazón se hinchara y uno agradeciera al cielo haberse encontrado en una infancia lejana con el deporte más extraordinario del mundo. De repente empecé a mirar en derredor, a observar a quienes me rodeaban y me hacían sentir uno de ellos, aunque yo tuviera una camiseta celeste y blanca y ellos una de color verde. Y advertí lo inocultable, eran absolutamente todos blancos. Incluso los dos o tres negros que se mezclaban con la pequeña multitud también lo parecían. Entonces recordé una escena inefable de la película de Jean Renoir, La gran ilusión, en la que dos escuadrones enemigos hacen una pausa en una batalla de la Primera Guerra Mundial y los oficiales franceses y alemanes se sentían hermanados por un rato, mientras los soldados rasos de ambos bandos también lo hacían, pero por separado.
A decir verdad, había otros negros en el Estadio además de los poquísimos aficionados que se mezclaban entre la multitud blanca: el personal de limpieza, el de seguridad, los acomodadores, los que servían las cervezas y los que limpiaban el área del sector vip. Y, por supuesto, varios jugadores de los Springboks.
El partido comenzó luego de los himnos. Bastaba mirar las tribunas colmadas para notar que en todo el estadio no habría más de 10 o 20 argentinos alentando, todos dispersos, con tres banderas flameando.
La emoción de los hinchas sudafricanos era ostensible cuando los parlantes nombraban a “La Bestia” Mtawarira, o al capitán Kolisi. Y todo el mundo cantó el himno con una mano en el corazón y otra sosteniendo la jarra de cerveza. Los argentinos también.
El partido se desarrolló dentro de lo que yo esperaba. No se vieron grandes cambios con respecto a lo que se venía viendo en Jaguares, aunque sí el compromiso en cada pelota y la enjundia en cada jugada fueron muy superiores a los de la ventana de junio.
Describir los motivos de la derrota sería redundante y bastaría copiar y pegar muchos de los comentarios de tantos otros partidos de los Pumas en otras derrotas. La sucesión de errores, desconcentración en momentos clave y los problemas graves en la obtención. A propósito de eso surge una gran pregunta con respecto a la necesidad de haber traído a Figallo. Personalmente no creo que las cosas habrían sido demasiado diferentes si el pack se hubiera conformado con los pilares de siempre. Es esta una pregunta contrafáctica que no tiene mucho sentido, aunque seguramente se la harán los dirigentes.
No puedo evitar entristecerme ante cada derrota de Los Pumas. Es algo que tendrá que ver con otras cosas, seguramente, y algún vacío que vienen a llenar en mi vida, sin demasiado éxito, hay que decirlo.
Ya me retiraba cabizbajo cuando me crucé con Mario Ledesma y Agustin Creevy que salían de la conferencia de prensa, ellos con la cabeza en alto y fuego en la mirada, yo con la cabeza gacha y la mirada humedecida. Me saludaron con una frialdad que consideré injusta (recordar que en todo el estadio éramos solamente 10 o 20 los que los alentaban) y pensé que tal vez sería lindo que comprendieran que detrás de lo que ellos producen, con algo que deben considerar cotidiano y tal vez rutinario, hay muchas historias como la mía.
Más tarde, más tranquilo, más sereno, volví a agradecer al rugby y a los Pumas, más como símbolos que como personas de existencia real, por hacer que me tome algunos momentos para pensar el mundo, la cuestión racial, las diferencias de clase y sobre la magnífica metáfora de la sociedad que significan dos equipos pujando por prevalecer y todo lo que rodea a esta especie de familia, en la que cada tanto aparecen algunos que se permiten reflexionar sobre lo que significa todo esto. No es poco.
Saludos.
Boris








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