Encuentro
El vínculo que une a Matías Lamas, hooker del Alumni campeón de 2001 y Silvio Sánchez, hombre de Defensores de Glew, es una de esas historias que resumen el sentido de este maravilloso deporte.
Silvio y Matías
Él es parte de la historia de su club.
Sus compañeros también. Entre todos vivieron la gloria del primer triunfo. Juntos lloraron, se abrazaron y se tiraron a la pileta aquella tarde victoriosa contra Campana.
Él sabe que su hijo también vestirá la camiseta albinegra de Defensores de Glew. Eso también lo emociona. La herencia y la tradición están garantizadas.
Él es agente de policía y su nombre es Silvio Sánchez. Por esos días estaba afectado al control del tránsito pero nunca faltaba a los entrenamientos de martes y jueves en Glew. Había que poner el hombro. Por eso siempre decía presente. Sobre todo después de aquel humillante 0 – 175 contra La Salle.
Pero no todo era rugby en su vida. Él era policía y la fuerza era otra de sus pasiones. Lucía con tanto orgullo la camiseta de Glew como el uniforme azul.
Una tarde de 2001 un superior lo destinó a la esquina de Corrientes y Cerrito. Con el talonario de boletas en mano, Silvio pasaba otra siesta aburrida junto a la parada de diarios, pero cuando un auto dobló por donde no se podía doblar disparó su mirada y tronó el silbato para detenerlo. Se acercó, le hizo la venia y le pidió los documentos. “Registro, cédula verde y seguro”. El agente Sánchez, un tipo amiguero y bonachón, solo endurecía el gesto en dos situaciones. Un segundo antes de entrar al scrum y cuando le pedía documentos a un infractor.
Sin que el conductor bajara del auto escrutó el registro y la mueca de su cara cambió mágicamente cuando comprobó el nombre del rubio que estaba al volante. “Usted… eeehhh vos… sos Matías Lamas el de Alumni?”.
El equipo de Tortuguitas transitaba una campaña brillante en 2001 y era protagonista frecuente de las transmisiones de ESPN. Cada sábado a la noche Silvio Sánchez seguía los partidos y se deleitaba con el juego de Lamas, primera línea como él. También cada sábado se sorprendía con un equipo que ganaba siempre. Como sería eso se preguntaba el pilar de Defensores de Glew. Como será ganar?
El talonario de infracciones viajó al fondo del bolsillo de Sánchez y la charla sobre rugby se extendió mas de lo recomendable para un auto mal parado en Cerrito y Corrientes.
Por supuesto, la boleta nunca fue. Lo único que anotó Silvio fue el número de teléfono de su nuevo amigo.
Lamas aceleró y se perdió por la ciudad pensando en como sería el rugby del grupo IV. Como sería participar de un equipo que no ganaba nunca. Sánchez se quedó mas intrigado aún. Como sería ganar un campeonato?
Ya estaban conectados.
Al poco tiempo Silvio vio por televisión como Matías daba la vuelta olímpica, cómo se zambullía a la pileta. Lo vivió con orgullo porque lo sentía cercano y sabía que pronto se iban a ver las caras. Eso sucedió pocas semanas después, cuando Matías Lamas y algunos compañeros de Alumni se acercaron al entrenamiento de Defensores de Glew y le aportaron su experiencia a los hombres del Sur.
No fue la única visita.
Durante el siguiente año varias veces los hombres de Tortuguitas viajaron hasta Glew para brindar su apoyo.
A partir del encuentro entre los dos primeras líneas, Silvio seguía viendo a su amigo de Alumni los sábados a la noche por TV y Matías lo primero que hacía al levantarse los domingos era correr al diario para enterarse del resultado de Glew el día anterior. Los del sur seguían acumulando derrotas.
Pero el día soñado llegó.
El 28 de julio de 2003 Lámas se emocionó cuando leyó “Defensores de Glew 13 – Campana 10”. Sus amigos de zona sur después de un año y medio, paladeaban el sabor de la victoria y lo festejaban tirándose a la pileta como él se había zambullido en la pileta del CASI para celebrar el campeonato de Alumni un año antes.
No se hablaron, pero Silvio supo de la emoción de Matías por su triunfo. Porque los dos llevan el rugby en la sangre.
Pero la historia de estos amigos tenía guardado un nuevo capítulo en el bolsillo de las emociones. El río de la vida fluye y en su cauce lleva sensaciones, amores, personas, momentos. Pasaron quince años. En este tiempo, Gaspar llegó para iluminar la vida de Matías y cada noche, en cada mirada antes de dormir le cuenta sus sueños. Silvio sigue con sus dos pasiones, el rugby y el servicio, que ahora lo llevó a la Superintendencia de bomberos de la policía federal. El último fin de semana se produjo el reencuentro. Matías y su hijo visitaron a Silvio y juntos pasaron una tarde inolvidable en la que Gaspar conoció los secretos de esos hombres que arriesgan su vida para cuidar a los demás. Cuando volvían a casa Gaspar, en el último suspiro antes de caer dormido, lo miró a Matías y le susurro su nuevo sueño. “Papá, quiero ser bombero”.
En el sur y en el norte. En primera y en el grupo IV, la emoción es igual.
Y la amistad también. La historia continúa. Silvio y Matías, dos hombres de rugby.
Daniel Dionisi








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