Afortunado
Me siento un afortunado. Estoy desde el 26 de diciembre en Punta del Este, uno de los lugares más lindos del mundo. La conexión con el mar es indispensable para cargar energía. Si no veo el mar aunque sea una vez al año, no soy el mismo. A otros les pasa lo mismo con la montaña. Yo soy, claramente, de agua. Me dicen, a veces, que eso se debe a que mi signo es Escorpio; o sea, agua. Y Uruguay, éste lugar, el Este, especialmente, me renueva. Es como si pasara un antivirus por mis huesos, músculos y, sobre todo, por mi cabeza. Será, buscando argumentos como los del zodíaco, porque tengo sangre charrúa por el lado de mi madre.
Me siento un afortunado porque estoy aquí con mi hijo y con varios amigos de la vida, con los cuales, en su mayoría, sólo nos encontramos una vez al año, ya que vivimos en distintas ciudades, lejanas. Y, también, con otros amigos del rugby.
Me siento un afortunado porque terminé y empecé el año leyendo a Paul Auster. Lo descubrí tarde, hace unos tres años, pero desde allí me transformé en un admirador y consumidor de sus libros como me pasa con Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Gay Talese, por citar algunos. Diario de Invierno me lo leí en una semana, entre los últimos días de 2015 y los primeros de 2016. Hace bien leer a Auster. Hace bien leer.
Me siento afortunado porque es en éste época del año en la que encuentro los momentos para meterme en la lectura. Junto con el equipaje cargo siempre no menos de 6 libros que se me fueron apilando en el escritorio de mi casa durante el resto del año. Uno de ellos es Sudeste, de Haroldo Conti, que tiene para mí un significado especial, porque me lo regaló y me lo dedicó Alejandra, su hija. Otro libro que encontré tarde –bah, nunca es tarde para los libros- es el de Snowden. Sin lugar donde esconderse, del estadounidense Glenn Greenwald. También lo recomiendo. Veremos ahí cómo no estamos seguros, cómo nos espían continuamente. Si en Auster encuentro coincidencias no sólo ideológicas –se define progresista, como me defino yo- sino de otros tipos –canaliza todo por el cuerpo-, en Greenwald descubrí una con la que empieza su libro. Dice allí que abrir un blog en 2005 le cambió la vida. Greenwald es abogado y desde su blog se convirtió en periodista, el más crítico -feroz- del establishment de la prensa de su país y en uno de los más fervientes defensores de los derechos civiles.
Me siento un afortunado también, aunque por poco tiempo, de no estar en la Argentina. No me gusta nada de lo que leo o no leo porque no se publica. Pero no voy a abordar la política. No quiero, como hacen algunos a veces en las redes sociales, que cuando doy alguna opinión sobre algún tema, me espetan: “vos escribí de rugby”. Suena tan a esos que les dicen a las mujeres: “vos andá a lavar los platos”. Pero en esta ocasión les voy a hacer caso. Voy a escribir sobre rugby.
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Nací en 1958. Soy de la 58. Los que andan más o menos por mi edad coincidirán seguramente conmigo en que somos afortunados. Hemos visto gran parte de la historia grande del rugby. A Gales del 70 y a los All Blacks de 2011-2015; a Hugo Porta y a Garteh Edwards; a los Pumas del 65, de los 80 y los del 2007 y 2015. Hemos sido testigos de todos los Mundiales y de la creación de la Era Abierta, que dio comienzo al profesionalismo de manera oficial. Vimos a Jonah Lomu y a Barry John; a Martín Sansot y a JP Williams; a Héctor Pochola Silva y a Jean Pierre Rives; a Arturo Rodríguez Jurado y a Richie McCaw; a al menos 50 de los mejores 60 Pumas de la historia; al rugby champagne de Francia y a las múltiples revoluciones australianas; a Nelson Mandela entregando una Copa del Mundo y a los Springboks fuera y dentro. Fuimos testigos del SIC de la era del Veco, del CASI de las eras O’Reilly y Varela, de la Tortuga de Alumni, del Banco Nación de lujo y del Hindú de las dos últimas décadas.
Hemos visto las grandes giras y hemos visto a los Pumas mudándose de GEBA a Ferro, de Ferro a Vélez y de Vélez a River. Sabemos los que es el maravilloso amateurismo de los clubes, vivimos los tiempos del marronismo, los grises y, también, el profesionalismo. Vimos a Pumas amateurs y Pumas profesionales. Vimos a los Pumas ganándoles a todos y empatándoles a los All Blacks con la primera línea dentro del ingoal neozelandés. Vimos a los Pumas jugando el Rugby Championship.
En fin, los que andamos por los 57/58 y algo más y algo menos, hemos visto mucho, decenas y decenas más de lo que he citado aquí (pueden agregar ustedes a la hora de comentar). Montones lo han protagonizado y eso es, claro, mucho mejor aún. Somos afortunados, ¿no es cierto?
Ahora vamos a ser testigos de algo nuevo y, también, seremos afortunados de estar observando éstos proceso. El rugby doméstico e internacional se apresta a vivir un 2016 histórico. Por un lado, la primera vez de un equipo profesional argentino compitiendo en el Super Rugby, la joya de la Sanzar. Por el otro, el regreso del rugby a los Juegos Olímpicos. ¿Qué pasará con ambos? No podemos saberlo aún. Sí podemos saber que son dos mojones impensados una década atrás. ¡Cuántas preguntas tenemos por hacernos y cuántas respuestas tendremos!
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Auster dice algo que no es una novedad, pero que leyéndose a él me impactó de otra manera. Auster dice que caminando es como se le abre el apetito para escribir. A mí me pasa lo mismo, pero con un agregado: también necesito la música. Creo que el ritmo de la música me inspira para encontrarle el ritmo a la escritura. Acá, en Punta del Este, camino todas las mañanas escuchando música y mirando el mar. Oliéndolo. Gozándolo. Entre tantas cosas que se me van ocurriendo, se me ocurrió escribir esto que estoy por terminar de escribir. Soy un afortunado porque, además de todo, tengo un espacio para publicarlo. No me quedan muchos días más acá, en el Este uruguayo –quisiera que éste sea el lugar para mi retiro-, así que pronto volveré, como me retan algunos intolerables en las redes sociales, a escribir de rugby. O no, porque yo creo que escribir de rugby es escribir de la vida misma. Y por eso me siento un afortunado, con perdón de la insistencia.






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