Libro Leyendas (Nueva edición)
La idea, el plan de vuelo, era un programa de televisión para repasar la historia de las figuras y no tan figuras de ayer y del presente. Y en 1999, cuando inicié ese viaje por los cielos del rugby, apareció la magia de los hechos, de los hombres y de las palabras.
Así, en una madrugada en la isla de edición, desde la pantalla, Tomás Petersen me contó que “el rugby me ayudó a sentirme alguien, pero a la vez me dio una pauta para no sentirme demasiado”. Sentado junto al río que conocía tanto como el rectángulo verde, el Pato García Yáñez dijo que “el rugby si no está acompañado de nobleza, no es rugby”. Bernie Miguens relató la lección de humildad que lo unió para siempre con Martín Sansot, el conductor del programa. Y una tarde ocre de abril se iluminó con la historia de Beromama y la pelota robada por un artista, Jorge Melo. Y me enteré de que una cadena casi interminable de derrotas terminó gracias al encuentro casual del pilar de Glew y el hooker de Alumni. Cada capítulo fue una enseñanza, cada programa, una lección. Ese microcosmos se amplió cada vez mas. Desde el pasado lejano llegó la honradez granítica del Gringo Ehrman y desde los años cercanos, Agustín Creevy me contó todas y cada una de las adversidades que superó hasta ponerse la camiseta de Los Pumas y por cinco segundos convertirse en jabalí, para desgracia de un centro escocés.
Leyendas del rugby fue y es una experiencia maravillosa de la que aprendo cada día. En el ida y vuelta con el público del programa supe que a ellos los emocionaba lo mismo que a mi. Fue muy gratificante comprobar que mis solitarias emociones de las madrugadas de edición se multiplicaban cuando cada capítulo llegaba a la gente. Por eso muy pronto sobrevoló sobre mi la idea de llevar al papel las maravillosas historias que las leyendas me iban contando. Leyendas del rugby, el libro, es el resultado de estos años de emociones compartidas con los protagonistas y con el público en general. Los relatos, que en esta nueva edición llegan a 48, reproducen historias reales que han sido contadas por los protagonistas en el ciclo. Mi intención, al igual que en el programa, fue sazonarlas con algunos condimentos que resaltan la emoción y la intensidad inherentes a cada una de ellas.
Hoy se inicia el vuelo de una nueva edición del libro con mas relatos, publicado por Club House del editor y amigo de la casa Ricardo Sabanes. Ojalá la emoción de los lectores sea la misma.
Daniel Dionisi
Desde hoy a la venta por Mercado Libre o E-book. Cuando pase la cuarentena, también en las librerías.
INSOMNIO
En un momento, Perica lo miró a Dintrans y le dijo: “Ce la guerra!”.
Serafín Dengra
Los Pumas-Francia fue un verdadero clásico en la década del ochenta. Los franceses jugaban desde 1949 contra los argentinos y estaban mal acostumbrados. Nunca habían perdido.
Pero el equipo Puma de los ochenta ya competía de igual a igual contra cualquiera. En 1982 le ganó a los Springboks. En 1983, a los australianos, y como en esa época no se competía contra los equipos británicos por la cuestión Malvinas, los únicos grandes que quedaban sin vencer eran Francia y los All Blacks.
En 1985 —un año inolvidable—, Los Pumas vencieron por primera vez a Francia y empataron contra los All Blacks aquel día en que se le cayó la pelota al Flaco Ure con todo el pack argentino adentro del ingoal neozelandés.
Grandes equipos, inolvidables hazañas, batallas intensas, pero, sin dudas, un solo clásico. Para cualquier jugador que vistió la celeste y blanca por aquellos años, el gran duelo, la guerra, era contra Francia.
En esa década, Argentina y Francia jugaron diez Tests, sumando los choques de 1982, 1985, 1986 y 1988. Un verdadero clásico que se fue poniendo más caliente a medida que se sucedían los partidos porque esos Pumas formaban un grupo muy aguerrido, nadie se los llevaba por delante. Y, además, a los franceses les costaba asumir que el mismo equipo que antes era muy ganable, ahora se había convertido en un rival durísimo al que costaba vencer. Otro ingrediente que alimentaba el clásico era el equipazo del gallo. Francia modelo 1980 estaba formado por verdaderos gladiadores: Paparemborde, Dintrans, Laurent Rodríguez, Loireaux, son algunos de los guerreros franceses de aquellos años. Solo nombrarlos da miedo.
La escalada de violencia tiene varios hitos que arranca con la mordedura de “Perica” Courreges a Paparemborde en 1982. En un scrum, el hooker argentino, harto de que Paparemborde se cruzara y le golpeara las costillas, le pegó un tarascón y le arrancó un pedazo de oreja. Al día siguiente, Midi Olimpique llamó “perro rabioso” al argentino y maliciosamente se echó a rodar una versión que decía que al pilar francés le habían dado una vacuna antirrábica.
En 1985 no estuvo Perica, pero también fueron dos batallas durísimas con el hooker francés Philippe Dintrans como gran protagonista. Ese año Francia perdió el primer Test y el segundo debía ganarlo como fuera. Cuando salieron a la cancha en Ferro, Dintrans, que encabezaba la fila, se llevó por delante a un fotógrafo como una manera de anunciar lo que se venía. Mientras sonaba la Marsellesa, el hooker en lugar de cantar arengaba a sus compañeros con fiereza. Y claro, sucedió lo que tenía que pasar. En la primera salida de ese partido, los dieciséis forwards se tomaron a golpes olvidándose por completo de la pelota. La ovalada, tirada por ahí, miraba incrédula. Esa tarde —casi noche, porque el Test empezó más tarde por una demora de Los Pumas en el trayecto a Ferro— ganó Francia.
Los partidos de 1986 entre Francia y Argentina fueron los más correctos de la década. Un Test para cada uno en una serie que sirvió para inaugurar la cancha de Vélez como escenario de rugby.
La gran batalla llegó en 1988.
Si bien los duelos picantes también se daban entre los tres cuartos (inolvidable la tirria que se tenían Loffreda y Sella), el gran combate, la guerra sin cuartel, estallaba entre los dieciséis de adelante.
Y el 25 de junio de 1988, en la cancha de Vélez, se libró la madre de todas las batallas.
Por un lado, Cash, Dengra, Sandro Iachetti, Branca, Garretón, “Georgie” Allen y “el Tati” Milano. Por el otro, Ondarts, Garuet, Lorieux (ese día fue expulsado), Condom, Cecillon (algunos años después fue condenado a prisión por el asesinato de su mujer), Carminati y Laurent Rodríguez. Dos tremendas fuerzas de choque comandadas por los hookers. Andrés “Perica” Courreges, por un lado, y Philippe “le Lorrain” (el Lorenés) Dintrans, por el otro. Desde el comienzo del partido las piñas volaron de un lado y del otro ante el griterío del colmado estadio de Vélez. La violencia que impregnaba a cada scrum o a cada montonera era sorprendente. Hasta daba lugar a situaciones risueñas. En un momento se lo vio al comandante Courreges gateando entre las piernas (y los golpes) del pelotón francés.
La chispa que terminó de encender la fogata llegó cuando promediaba el segundo tiempo. En una jugada accidental, justo debajo de la Platea Sur, Sandro Iachetti le quebró un brazo al medio scrum Pierre Berbizier. La lesión de su capitán desató la ira de los franceses y terminó de convertir el partido en una batalla campal. Entonces vino la declaración de guerra de Perica al Lorenés. En su particular francés, el hooker argentino miró a su par francés y le dijo: “Mirá las tribunas, ¿ves toda la gente que hay? Están todos conmigo, así que ahora es la guerra” (“Ce la guerra”, en la especial traducción de Serafín Dengra). Los últimos minutos fueron de una violencia total, como nunca se vio en una cancha argentina. Los rostros de Cash, Allen, Iachetti, Milano y Garretón estaban bañados en sangre. Por el lado francés también eran varios los averiados. El pitazo final terminó con el combate 15?13 a favor de Los Pumas y a festejar.
Todos los jugadores argentinos celebraron la victoria y se quedaron largos minutos saltando y cantando junto al público que llenó Vélez en esa fría tarde de junio de 1988. Todos menos uno. Andrés Courreges no saltaba ni cantaba porque era el único que en medio de la euforia reparaba en un detalle. Al comandante argentino no se le escapaba que unos meses después debían viajar a Francia, y allí los iba a esperar el Lorenés con su gente. Un frío sudor recorrió la espalda de Perica parado en medio de la algarabía de sus compañeros.
La gira a Francia estaba programada para noviembre y fueron varias las noches de insomnio para Courreges. En esos cinco meses el hooker argentino, que ya estaba en el final de su carrera, se preguntó varias veces por qué se había metido en este lío. Sabía que en Francia esperaban con ánimo vengativo a Los Pumas, pero también sabía que los franceses lo esperaban a él. Estaba marcado. Aunque no hacía falta, los franceses se la habían jurado en el tercer tiempo de aquel partido de junio. En el baño de la Rural, sede del agasajo, varios franceses lo habían rodeado anunciándole lo que le esperaba en noviembre.
Fueron muchas las noches de insomnio, de pesadillas. La mujer de Perica se sobresaltaba cuando él despertaba transpirado y gritando cosas incomprensibles. Entre sonidos incomprensibles, siempre pronunciaba una palabra: “Dintrans… Dintrans”.
Por fin llegó noviembre y la cosa no fue tan grave. Primó la razón y gracias a algunas conversaciones previas, lo que se imaginaba como una guerra fueron dos partidos de rugby. El combate entre los dos hookers no existió porque Perica, lesionado, no fue de la partida. Dintrans solo jugó el primero de los dos Test ganados por Francia. Ya era tiempo de paz. La guerra se había apagado con los combates de junio.
Algunos años después, Andrés Courreges, ya retirado del rugby y convertido en hombre de negocios, intensificó sus relaciones comerciales con Francia. Por eso comenzó a viajar con habitualidad al país galo, y en uno de esos viajes se relacionó con su viejo rival Philippe Dintrans. Como suele suceder en el rugby, el encono de los combates vividos en la cancha se convirtió en amistad y respeto fuera de ella. El francés hasta invitó a Perica a parar en un hotel de su propiedad.
En una ocasión Courreges y Dintrans decidieron presentarse a sus esposas. Los cuatro se encontraron en un restaurante parisino en una velada regada por el mejor vino francés que sirvió para consolidar la amistad de las parejas. En un momento, cuando ya habían entrado en confianza, Marie Dintrans miró a su esposo y le dijo: “Así que este es el famoso Courreges. Me acuerdo cuando tenías pesadillas y te despertabas por la noche gritando su nombre”.
Las risas de los cuatro y la mirada cómplice del matrimonio Courreges coronó la anécdota.
En San Isidro y en la región de Lorraine el insomnio y el miedo son iguales.







17º
Todos al Ingoal (25°)
17º