Melo
La semana pasada cumplió 100 años Jorge Melo, protagonista de una de esas maravillosas leyendas que engalanan los arrabales del rugby argentino.
La historia es conocida. Un grupo de amigos de Liniers, invitados a presenciar un partido en el viejo Pacific en una tarde de lluvia, distrajeron una pelota que había volado al touch bajo el piloto de uno de ellos y con esa preciosa carga volvieron al barrio. Cuando le mostraron a sus amigos el cuero ovalado surgió la idea de fundar un club, y en un dorado atardecer del barrio Mil Casitas, ahí en la República de Liniers, cada uno de los atorrantes que integraban esa barra legendaria escribió las dos primeras letras de sus nombres en una pared. Habían bautizado a un nuevo club de rugby, el Beromamacacumaospobichucacopripejopi.
La pelota robada empezó a volar por los pasajes del Mil Casitas, por la plaza Sarmiento, por la tierra del trazado de la Gral Paz, que empezaba a construirse, y claro, por las canchas del rugby de Buenos Aires. Beromama (así fue el nombre aceptado por la Unión) creció y en 1951 llegó a jugar en primera. Luego, el primer club atorrante recorrió las distintas categorías llevando la alegría de su rugby por todos lados hasta que en 1964, cuando se cumplieron 25 años de su fundación, los pibes de la barra, que ya eran adultos, decidieron devolver lo que habían robado. En una comida de gala en Pacific, que ya se llamaba San Martín, entregaron la pelota a sus dueños originales. Hoy esa pelota, la piedra fundamental de Beromama, descansa en una vitrina de San Martín.
La penúltima sílaba del nombre original del club pertenece a uno de los protagonistas fundamentales de esa historia. Al hombre que hace unos días celebró, lúcido, activo y creativo como siempre, su centenario. “La pelota la afanamos con el Ñato Boutell y después, cuando ya teníamos el club, se la devolvimos a los de San Martín, porque en Beromama lo que afanamos, siempre lo devolvemos”, dice Jorge Melo, hooker en los primeros años y en el ascenso de 1950. Muchas de las historias que revive Melo son una muestra acabada de los años románticos del rugby argentino, cuando todo estaba por hacer y se hacía a pulmón, pero también con mucha alegría. Con su estilo reo y sabio, el maestro es un gran contador de anécdotas “Sabés como empezamos? Y, de pilar quién juega? el Pelado Ovidio. Y de hooker? Caro o yo. El otro pilar, el Berruga. Segunda línea, Ángel Bori y el Morcilla. Tercera línea…y bueno, que vaya Bío…Bío le decían! era corto de vista, no veía nada. Como sería de chicato que un viernes a la noche se cruza la calle porque había una piba que estaba que Dios mío! Y Bío le empieza a hablar, la empieza a seguir. Y la piba se da vuelta y le dice “pedazo de pelotudo, soy tu hermana!”. La siguió a la hermana, te das cuenta que no veía nada? bueno, ese jugaba de tercera línea!”.
La vida de Jorge Melo está marcada por el rugby pero también por el arte. El maestro es uno de los grandes artistas plásticos argentinos. Se formó junto a pintores de la talla de Antonio Berni y Lino Enea Spilimbergo y siempre tuvo claro que el arte debe estar lejos del elitismo y cerca de la gente. El maestro Melo ama el tango y los barrios de los arrabales de su juventud. “Estudié en la Academia, pero aprendí a pintar en la Boca. Ahí tenía un grupo que se llamaba “El grupo de la Ribera”, donde estaba Leonardo Gorrachategui, que era de Liniers como yo.”. Su obra está marcada por la suela gastada en el adoquín porteño y también por un fuerte compromiso político. Melo es un hombre de izquierda, que admira a Eva Perón. “Soy de izquierda, pero siempre estuve con el pueblo”.
El último 11 de abril el maestro celebró los cien años en su taller de la calle Chile. Allí estuvieron los amigos de siempre, sus alumnos, muchos artistas y también la gente de Beromama. Gervasio Egaña, presidente desde hace diez años, le entregó un cuadro pintado por un anónimo del Bero, como muestra del orgullo que sienten en el club por el centenario de uno de sus fundadores. Jorge Melo recuerda con alegría los primeros años, la etapa atorrante de Liniers, pero reivindica con convicción la actualidad del club, instalado desde su refundación de 1986 en González Catán. “Ahora tenemos un club! antes vagábamos por todos lados. En el 51, cuando jugamos en primera, un colegio nos prestaba la cancha”.
Cada acto del maestro lleva el sello de la garra y la intensidad. En la cancha, donde se destacaba por su entrega, en el arte y en la vida. A fines de la década del setenta, en un accidente automovilístico, Melo perdió el brazo izquierdo. Como enseña el rugby, la adversidad, lejos de abatirlo, le dio nuevos bríos para profundizar su compromiso con la realidad. En los ochenta estuvo cerca de los combatientes que volvían de Malvinas, sobre todo de los mutilados. En una época en que la sociedad le daba la espalda a los que habían dejado el alma en las islas, Melo armó un taller de pintura en el Hospital Militar, donde estaban internados muchos soldados de todo el país. A fin de año se hizo una muestra de las obras de los combatientes en el Correo y con el producto de esas ventas los soldados pudieron viajar a sus provincias a encontrarse con sus familias. Generosidad para que su arte viva en el corazón del pueblo. Asi fue y así es la vida del fundador de Beromama.
Hace seis años, Jorge Melo se reencontró con una vieja amiga. Aquella pelota robada en el 39. En una tarde del invierno de 2013 llegó hasta San Martín y con los ojos húmedos se acercó, la besó y le habló. “Todo lo que hemos vivido por el rugby. Gracias guinda!” fueron sus palabras, sintetizando todas las emociones que le dio el deporte. (Ver video)
Junto a su gran compañera Susana Mercado y rodeado del afecto de los amigos y la familia, el maestro celebró su cumpleaños. Fue una noche especial. Aunque lo cierto es que cada noche y cada día de este viaje que ya lleva cien años, han sido una celebración apasionada de la vida. La vida de Jorge Melo.
Daniel Dionisi









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