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El 7 de septiembre es un día especial. Primero para Periodismo-Rugby, que arrancó ese día, hace 11 años, con el objetivo de hacer periodismo y difundir el rugby. Pasaron 7.480 entradas, 259.283 comentarios, 124 partidos de los Pumas, con 59 victorias, 64 derrotas y 1 empate. 3 Mundiales, el ingreso de los Pumas al Rugby Championship y los Jaguares al Super Rugby, y miles de historias contadas y anécdotas divertidas. Este 11° aniversario es especial, porque es el primero sin Jorge Búsico, su creador, al mando del barco. Hace 4018 días, con el siguiente texto, arrancaba esta historia: A un año.
Justamente la referencia del primer posteo del blog, nos evoca al siguiente acontecimiento de un 7 de septiembre, un año más tarde. El día que Rodrigo Roncero, Mario Ledesma, Martín Scelzo, Ignacio Fernández Lobbe, Patricio Albacete, Lucas Ostiglia, Juan Martín Fernández Lobbe, Juan Manuel Leguizamón, Agustín Pichot, Juan Martín Hernández, Horacio Agulla, Felipe Contepomi, Manuel Contepomi, Lucas Borges e Ignacio Corletto salieron al Stade de France a devorarse a un nervioso Francia. Con Santiago González Bonorino, Rimas Álvarez, Martín Durand y Hernán Senillosa ingresando en la segunda mitad, este equipo empezaría a a escribir una historia maravillosa.
La noche que los Pumas dieron el golpe. La noche de la fiesta robada:
Miedo en la trinchera.
¿Y…, Enano? ¿Hoy ganamos?
Cualquiera sabe que los partidos se empiezan a jugar (y a ganar) antes de entrar a la cancha. En el entrenamiento de la semana, en la planificación previa, en la motivación. Exagerando podría decirse que una final que se juega en octubre se empezó a ganar en la pretemporada del verano. Pero el partido del 7 de septiembre de 2007 Los Pumas empezaron a ganarlo muchos años antes.
Esa fecha, 7 de septiembre, estaba en la cabeza de Los Pumas de bronce desde mucho tiempo atrás. Francia, partido inaugural del mundial. Una oportunidad única.
Ellos lo intuían, el capitán lo tenía muy claro. Y el 7 de septiembre llegó.
El impresionante Stade de France en el suburbio parisino de Saint Denis desbordaba de fanáticos en el anochecer de ese día soñado. Por momentos el murmullo de
la tribuna daba lugar a un griterío ensordecedor que impactaba a los que esperaban el partido dentro del campo de juego. Otro mundial arrancaba. Una vez más, como
sucede cada cuatro años, la ovalada con sus piques mágicos captaba la atención de todo el mundo. Y ellos lo sabían. Los de un vestuario y los del otro.
En un vestuario Mario Ledesma repitió la pregunta por enésima vez en el día. “Dale, enano, contestame… ¿Ganamos hoy?”. El capitán lo miró y sonrió.
En el otro imperaba el silencio que sólo era quebrado por la percusión de los tapones chocando contra el piso. Cuarenta minutos antes de la hora fijada para el comienzo del mundial en los dos vestuarios se escuchó el
mismo llamado pero en distintos idiomas: ¡A la cancha! Entonces argentinos y franceses salieron al campo para familiarizarse con el ambiente. Los del gallo por un lado. Los del yaguareté por el otro. Los dos planteles empezaron a moverse en la monumental escenografía de Saint Denis. A lo lejos el capitán argentino los reconoció a todos. Algunos eran amigos, ya que jugaban con él desde hacía años en París. Otros eran viejos conocidos, rivales de muchas batallas en el campeonato francés. A todos los conocía (los estudiaba) desde hacía mucho tiempo. Por eso Agustín se acercó a saludarlos. No lo hacía por educación aunque siempre fue un tipo muy educado. Quería verlos de cerca, palpar las sensaciones que vivían sus rivales un rato antes del partido. Tantearlos. Sumar información para dirigir la batalla. Al comandante Pichot no se le escapaba nada.
Primero se cruzó con Christophe Dominici, el experimentado wing que era un verdadero amigo. Agustín lo saludó como siempre. Como si estuvieran por empezar
un entrenamiento en el Stade Francais. Dominici le devolvió la cortesía con un gesto de compromiso sin ninguna efusividad. Después fue el turno de Ráphael Ibáñez
que sólo lo miró fijo sin decir nada. El capitán argentino registró un gesto muy tenso en la cara del hooker francés. Anotó.
Luego fueron desfilando varios franceses ante el saludo amable del medio scrum argentino que sumaba información en esa computadora que siempre llevó en su cabeza cada vez que salió a una cancha de rugby. Todos estaban tensos, asustados, como abrumados por la responsabilidad de defender a la bleu en el mundial que se iba a disputar en su casa.
Cuando Pichot tuvo enfrente a David Skrela llenó el casillero que faltaba en su planilla. Agustín lo conocía muy bien, porque juntos formaban la pareja de medios
del equipo parisino. Además el argentino era un verdadero líder para el francés. Habían compartido muchas veces la habitación en las concentraciones y el capitán le trabajaba mucho el aspecto psicológico, uno de los puntos débiles que presentaba el hijo del inolvidable tercera línea de la década del 70. Skrela saludó a su amigo como si le estuvieran presentando al padre de su primera novia. Y Pichot lo supo con
solo mirarlo a los ojos. El apertura francés era el paradigma de la tensión que estaban padeciendo los franceses. Solo había miedo en su expresión.
La visita del capitán argentino a la trinchera francesa en ese precalentamiento del siete de septiembre no duró más de tres o cuatro minutos y cuando volvió a juntarse con los suyos ya tenía toda la información que necesitaba. Ya había empezado a jugar el partido. Ya tenía ventaja. Por eso, cuando regresaron al vestuario y su amigo Ledesma lo taladró una vez más con la pregunta del día, Agustín Pichot, el gran líder de Los Pumas de bronce, rompió el silencio. Sí, Mario, hoy ganamos…
Del libro “Leyendas del rugby” de Daniel Dionisi






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