Diego
Diego Bonadeo no respetaba las formalidades. Siempre estuvo quebrándolas, simplemente porque no se guardaba nada. Por eso entenderá, donde quiera que esté ahora, que este recuerdo que debió haber sido publicado el viernes, cuando se fue de gira, sea publicado hoy. Fui amigo de Diego y él fue, sin saberlo, uno de mis maestros. Lo leía cuando escribía en La Nación, en El Gráfico y en Tercer Tiempo y, sobre todo, ya de adolescente, lo escuchaba y lo miraba en cuanto programa de TV y radio lo tuviera de periodista. Y la verdad es que no tuve ideas ni fortaleza para escribir de él el viernes ni el fin de semana. Me golpeó la noticia, como a muchos de los que lo queríamos y lo valoráramos.
No era sencillo Diego. Cabrón como pocos, no te dejaba pasar una. Pero una vez que se quebraba esa primera barrera que él te ponía (era como que te testeaba, a ver si estabas en su equipo), uno se encontraba con un tipo cálido, muy divertido, de una enorme cultura y, especialmente, de una gran pasión por el deporte y por el periodismo, esa que mamó su hijo Gonzalo.
Diego Bonadeo fue un gran cultor del rugby. Como jugador (pilar, campeón con Regatas Bella Vista; también lo hizo en Atalaya, su club), como árbitro y, esencialmente, como periodista. Sus crónicas eran una delicia, sin guardarse nada, respetando la escuela de Dante Panzeri, de la que él formó parte y de la que aprendió cuando trabajó con él de director en la revista El Gráfico. Cuando me tocó hacer la investigación del libro El Rugido, me topé con las notas que escribió Diego en 1964, cubriendo toda la etapa previa a esa gira a Sudáfrica. Esos textos son reliquias del rugby.
Escribía en Página 12 de fútbol (más Menottista que Menotti y más Guardiolista que Guardiola) y tenía unos micros maravillosos en el programa de su hijo en la AM750. Amaba el juego de los Pumas impuesto por Daniel Hourcade y no se perdía ninguno de sus partidos. Un problema de corazón lo tiró para abajo anímicamente. Salía poco y se cuidaba poco. Fue cabrón hasta el último segundo; fiel a si. Maestro de varias generaciones de periodistas (fue profesor en Deportea, donde también se lo homenajeó con la Manzana al Maestro con Cariño), el viernes, a los 77 años, se fue de gira cuando se acostó un rato en la cama porque no se sentía bien. Con Lola, su fiel compañero de las últimas décadas, a su lado. Como le dijo Ezequiel Fernández Moores a Lola el viernes, en el velorio, se fue haciendo lo que quería: escribiendo y hablando.
Durante muchos años me gritaba “¡¡Cubanito chupacirios!!” cada vez que me veía. Hasta que un día osé decirle que el mejor apertura era el Flaco Del Carril, algo que él, como todo, me discutió. A partir de ese día, cada vez que me veía me gritaba: “¡¡Del Carriiiillll!!”.
Se lo extrañará. Poca gente tan frontal y tan honesta como él. No se guardaba nada, Diego. Tenía máximas que utilizaba para descalificar a los que despreciaba, como oráculo y amoral. Ya no quedan como él.
Sus cenizas, a pedido suyo, serán esparcidas por Atalaya, donde alguna vez le alcanzó en un partido de rugby el aparatito para el asma al Che Guevara. Ese era su lugar. Porque el lugar de Diego siempre fue el rugby.
JB






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