París

Los Pumas volvían a la siempre majestuosa y maravillosa París por primera vez después de aquellos dos históricos impactos del 2007, uno en el Stade de France y otro en el Parque de los Príncipes. El triunfo ante Italia había cambiado los ánimos. Había alivio pero mesura ante lo que venía: una Francia dulce después de vencer en fila a Fiji a y los Wallabies. Sin un juego brillante, pero sí de temer. Les bleus querían cerrar noviembre con un 3-0; no pensaban en otra cosa. Los Pumas no podían cometer más errores. Lo bueno era que había autocrítica. Agustín Creevy, el capitán, reconoció que no fue correcta su decisión de jugar ante Escocia: “Me equivoqué. No lo volvería a hacer”. Y Daniel Hourcade, el entrenador, que no había advertido las señales que durante la semana preanunciaban lo ocurrido luego en Murrayfield. Ante Francia, en su casa del Saint Dennis, no había margen para más equivocaciones y todos tenían claro que con lo ejecutado en Génova no iba a alcanzar para dar el nivel que exigía éste test-match.
¿Qué pasó en París el domingo, día del arribo de Los Pumas? Sí, claro: lluvia. No fuerte, pero lluvia al fin, aunque en esta escala, más adelante, no iba a ser protagonista. El plantel arribó desde Génova en dos grupos, ambos en vuelo directo. Ya se había ido Agulla a Estados Unidos y volvía Bosch, aunque con un dolor en el hombro de su paso por Saracens, el día anterior. El doctor Guillermo Botto confiaba en que Creevy iba a llegar y las dudas estaban centradas en Juan Leguizamón. El lugar de concentración también traía recuerdos imborrables: el mismo hotel donde Los Pumas esperaron el test con Escocia en 2007, el que los terminó instalando en las semifinales del Mundial. Otra vez el elegante barrio de Neuilly albergaba los sueños argentinos.
Como en Peffernill, en Edimburgo, y en Carioli, en Génova, el césped sintético esta vez del CSM Gennevilliers fue testigo de un primer entrenamiento Puma bajo la lluvia. Y en ese lunes, con mucho frío. Una hora intensa en la cual además de Creevy y Legui también se entrenó aparte el juvenil Petti, con una molestia en una de sus piernas. Hourcade ahí volvió a su esquema favorito: Sánchez de 10 y Hernández de 12. Con una variante: Cubelli otra vez como titular. Y Tetaz de 3. Se habían ganado el puesto en esta gira.
El martes a la tarde, también con mucho frío, los entrenamientos se intensificaron, haciendo mucho eje en la defensa. Al día siguiente, como es habitual, descanso, con varios que fueron a EuroDisney, y el jueves, a la mañana, bajo el frío, una práctica a fondo que culminó con una fortísima arenga de Hourcade, sumamente molesto porque notó varias distracciones en lo que se pretendía ensayar. “Nos van a cagar a palos”, se escuchó varias veces del tucumano, al igual que “se nos tiene que fruncir el culo cuando entremos a jugar”. Ni se escuchaban los respiros en la ronda, que lo tenía también a Juan Fernández Lobbe y a Legui, que ya estaba descartado porque era demasiado arriesgado para su físico y en su relación con su club, el Lyon.
Los jugadores sintieron el impacto. Después se juntaron entre ellos, a solas. Ahí encontraron el extra que necesitaban para el sábado. Este partido necesitaba el ADN Puma. Arriesgar, sí, pero huevos para dejar la vida en cada pelota. La batalla en el Stade requería locura extrema. Revelarse ante la adversidad. Sabiendo también que Francia es más ganable cuando viene con viento a favor.
Mientras, cruzando el Canal de la Mancha, Agustín Pichot ese mismo jueves terminaba de cerrar la franquicia 100% argentina en el Súper Rugby a partir de 2016. Sin ninguna cláusula exigida desde la Sanzar en cuanto a la conformación del equipo. Fue un día de intensos intercambios de mensajes con el ex capitán, quien sobre la madrugada del viernes europeo, feliz, le anunciaba a éste periodista los detalles del acuerdo. No era ésta una semana cualquiera, sin dudas…
………….
“Si nos tenemos que cagar a trompadas, nos cagamos a trompadas”. La arenga de Creevy retumbó en los pasillos del Stade, mientras la noche en París lucía estrellada y cálida para ésta época del año. Afuera, en las tribunas, unos 50 mil franceses esperaban ansiosos una exhibición de los suyos.
Silencio. Apenas murmullos. Tanto que se escuchaban los gritos de los jugadores. “Vamos”, “No aflojamos, eh”. Afortunadamente, me tocó presenciar en la cancha decenas y decenas de partidos de Los Pumas, tanto como espectador que como periodista. Esos 30 primeros minutos ante Francia son de lo mejor que le he visto al seleccionado argentino. Una clase de rugby, con audacia, huevos, inteligencia y pasión por éste juego. Francia, literalmente, ni la tocó en ese lapso y, desesperada, empezó a pegar. Y se cumplió lo de Creevy, con Lavanini, loco de toda locura, como bandera.
A esa faena descomunal del equipo se le agregaron dos factores de sumo valor: antes de los 20 se tuvieron que hacer dos cambios por las lesiones de Bosch y Senatore y entraron Santiago González Iglesias a jugar en un puesto no habitual (13) y Tomás Lezana, que dos semanas atrás estaba con sus amigos viendo el test con Escocia en el bar de Santiago Lawn Tennis. “Entrás vos, boludo”, le gritaron a Lezana porque no podía creer que le dijeran a él. “Sólo me propuse que nadie me podía pasar”, contó luego el bravo tercera línea.
Abrió la cuenta Nico Sánchez con un penal y después vino la locura de los drops. Uno atrás de otro. Tres en total: 2 del tucumano, quien agregó otro penal, y uno de Hernández, quien en el Stade juega como en el patio de su casa (fue el más ovacionado por los franceses antes del partido). ¿Cómo olvidar aquellos drops de Hernández ante Irlanda, en esta misma ciudad? 15-0 en 33 minutos. La gente silbaba ante cada drop, pero de impotencia. Un dato clave para entender lo que pasaba: el drop estaba en los planes si Francia, como ocurrió, se mostraba impasable en defensa.
En esos 30 minutos, Los Pumas sorprendieron a Francia también atacándolo. De un lado a otro. Atacando los espacios. De una jugada extraordinaria de todo el equipo casi llega un try de Imhoff, quien pisó la línea cuando iba a apoyar.
Sobre el final, Lopez, que había fallado 3 penales, anotó uno y descontó. En el camino al vestuario, Cubelli lo pecheó a Fofana buscando lo que encontró: descontrolar a los franceses. Las piñas siguieron hasta el vestuario. Lavanini lo fue prepeando a Papé (lo había cortado a Ortega Desio) hasta la puerta. Si Francia quería ganar de guapo, no iba a poder. Sonaba aún la arenga de Creevy.
No bien comenzó el segundo tiempo, Sánchez asestó otro drop. Nadie entendía nada. Tres drops del tucumano, vistiéndose de Hugo Porta, quien lo miraba desde uno de los palcos (“Me vinieron todos los franceses a felicitar; fue un partido sensacional de estos chicos”, me dijo después la leyenda del rugby argentino). Herida, Francia se fue con todo. Un try de Fofana convertido por Lopez y un penal de Kockott (otro sudafricano jugando para Francia; le dio otro impulso a su equipo cuando ingresó) dejó la chapa 18-13 faltando 17 minutos.
A Los Pumas no les quedó otra que defender. Ya no tenían la pelota y el físico empezaba a desgastarse. Ahí apareció en plenitud esa mística que viene pegada en la piel de todo aquel que se pone la celeste y blanca. Si los primeros 30 fueron excelentes, los últimos 20 fueron conmovedores. Con imágenes imborrables. La de los pibes santiagueños, con Isa comiéndose la cancha y con Lezana avanzando metros y metros cada vez que tomaba la pelota. Con Rete llevándose puesto a Bastareaud, anulando a la última carta que se jugó Saint-André. Con Creevy pescando cuatro pelotas imposibles, en su partido consagratorio como capitán. Con Ortega Desio, otro que no estaba en los planes, jugando al límite. Con Montero e Imohff tackleando como nunca. Con Hernández dando clase…
El final fue con suspenso. Los franceses gritaron try, pero el irlandés George Clancy ni pidió video-ref. Habían ganado Los Pumas. Otra vez en París. Las lágrimas, los gritos y los abrazos regaban el maltrecho césped del Stade de France. Creevy se besaba el escudo y lo mostraba a las tribunas. El staff enloquecía. Pichot saltaba al campo de juego como un hincha. Los franceses se iban impávidos como diciéndose a sí mismos ¿de nuevo estos tipos?
El domingo empezó la desconcentración. La alegría contenía el cansancio de la misión cumplida. 2-1 en noviembre. Como no pasaba desde 2006. 3-1 en tests, como tampoco ocurría desde 2006. A un año de un Mundial en ambos casos. Fueron 50 días de gloria dentro de la leyenda Puma. Empezaron en Mendoza y terminaron en París. Valía revivirlos.
Notas en La Nación, desde París
La confirmación de la franquicia en el SR
Hourcade confirma que deja afuera a Albacete
El partido
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