Apuntes
No suelo escribir en primera persona. No me gusta. Pero acá haré una excepción porque lo que quiero reflejar es una serie de apreciaciones que ni siquiera sé bien si se adaptan a los criterios de lo que yo entiendo por una nota (o un post, en este caso) periodística. Provienen esas sensaciones de partidos que miré en los últimos días, de conversaciones telefónicas, de charlas en privado, de reuniones de amigos o gente conocida, de lo que veo o escucho en la televisión o de lo que leo en los diarios y en la web. En fin, de todo lo que uno tiene el privilegio de acopiar por ser un cronista del rugby.
En primer lugar, habrán leído que el sábado estuve en el CASI. Decidí escribir una pequeña crónica comentada de lo que sucedió con el juego porque no lo quise mezclar con otras situaciones que me llamaron la atención y que, de algún modo, dispararon estas líneas que estoy tratando de elaborar. Detallo: jugadores que le hablaron todo el tiempo al árbitro, aplausos de mucha gente a una tarjeta amarilla a un jugador, chiflidos, gritos de adentro y de afuera. No soy un puritano de nada, por eso no hago hincapié aquí a algún que otro tackle a destiempo y alguna que otra trompada. Esto último siempre formó parte del rugby. No lo aplaudo, pero tampoco lo comparo con un pisotón o un golpe artero por detrás.
Tampoco voy a referirme si el árbitro tuvo o no una buena actuación. El tema va mucho más allá de eso. ¿Alguien hace algo para ayudar a los árbitros, que siguen sin alcanzar en número para cubrir todos los partidos del fin de semana? La cátedra dice que no son buenos. ¿Acaso los jugadores y los entrenadores son unos fenómenos? ¿Nunca se les cae una pelota o fallan una táctica?
Los silbidos al árbitro, los aplausos en ton de sorna por una tarjeta amarilla desvirtúan los valores de los que tanto se habla. Como los gritos desaforados desde los palcos.
Vuelvo a preguntar: ¿Y si los dirigentes en vez de preocuparse tanto por sumar pladares, por correr detrás de los régimenes de excepción, por sumar jugadores y más y más equipos en todas las divisiones ponen un mínimo esfuerzo para que sus clubes tengan árbitros? ¿Y si en vez de tanta rosca política miran más allá de sus ombligos y atienden cuestiones domésticas más urgentes, como sociabilizar más las estructuras del juego y del desarrollo?
Se vive un rugby amateur en modo profesional. Se busca la victoria ante todo y eso, lamentablemente, ya hasta se ve en los infantiles. ¿Desde cuándo concebimos que un chico de 14 o 15 años tenga que ir al gimnasio? ¿Desde cuándo establecimos que haya chicos de 16 o 17 años que no puedan abrir los brazos de lo pasado de pesas que están? No me digan desde que esto se hizo profesional. No. Entiendo que es como estamos viviendo.
Desde los medios se habla -hablamos- de tácticas, de si tal pasó a tal club, de dinero, de sponsors. Se arman mesas con periodistas y ex jugadores. ¿Y de la esencia? ¿Y de la realidad que vive la enorme mayoría de los clubes? Miramos para otro lado. Casi que hasta se perdió la capacidad de preguntarse por qué, por ejemplo, cuando un jugador viene de afuera en vez de colaborar con su club cobra por ir a otro.
Defiendo y me gusta el rugby de alta competencia. El profesional. Saben que apoyé el ingreso de los pladares en sus clubes. Pero tengo una sensación, por todo lo que detallé al principio, que está perdiendo terreno lo formativo. Que hay una loca carrera al éxito del resultado. Que los maestros anónimos, esos que todos los sábados están con los infantiles, cada vez son menos y son más dejados de lado. Que la pirámide se está invirtiendo.
¿De quién es la culpa? De nadie en particular. Ni siquiera puedo aportar, porque tampoco me corresponde, una solución. Sólo se trata de una mirada, con el fin de que sea un disparador para pensar. No más que eso.






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