Columna
Texto de la columna que escribí hoy en La Nación. La transcribo porque no está en la web.
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Las emociones se entremezclaron durante la noche en la que Virreyes Rugby Club cerró una temporada 2010 que, entre tantos otros acontecimientos, tuvo el debut en los campeonatos Superiores de la URBA, militando en el Grupo IV. Allí se premiaron a los que terminaron la escuela secundaria, a los que lograron promedios superiores a 8 en M15, M17 y M19 y a Matías Chanut, jugador del Plantel Superior que se recibió de profesor de Educación Física. Y, como broche especial, representantes del International Rugby Board (IRB) se acercaron para otorgarle al club su distinción anual al Espíritu del Rugby.
El reconocimiento del IRB, luego de una selección mundial entre más de 150 candidatos, tiene, es verdad, un reconocimiento simbólico y hasta de mayor repercusión en la prensa, pero lo coloca a Virreyes en otro escenario que le permite seguir soñando con crecer en lo que hace a su proyecto, que aunque se lo etiquete de diversas maneras, tiene un origen mismo en el significado del rugby. Por eso, sus cultores ya imaginan en un futuro no muy lejano una gira por alguna de las potencias de este deporte.
He tenido la fortuna de conocer y de difundir el proyecto de Virreyes desde su kick-off, hace ocho años. Desde aquellos inicios en el Campo de Deportes de FATE, donde un grupito de personas con fuerte arraigo en el rugby iban a buscar a los chicos uno por uno por sus casas, hablando con sus familias y apelando a todos los recursos posibles para instalar un deporte en una zona donde no sólo la ovalada era una intrusa, sino donde el sobrevivir, como en tantos otros lugares castigados del país, tenía distintas prioridades y costumbres.
Hoy, Virreyes, con un campo que le cedió la Municipalidad de San Fernando, es una hermosa realidad en la que conviven –literalmente, porque el club se transformó en la segunda casa de todos- unos 600 jugadores de entre 6 y 19 años, y en la que colaboran más de 100 personas. No sólo se respira rugby en su más pura esencia, sino que allí se les brinda a los chicos –que no pagan cuota social- comida y asistencia en la escuela, a través de las aulas que están abiertas en la parte superior del quincho del tercer tiempo.
La gente que le da vida a Virreyes resalta, por sobre todas las cosas, el apoyo conmovedor que ha recibido de todo el ambiente del rugby, sin excepciones. En ese recorrido, también vale destacar cómo las familias de los chicos hicieron propios esos sueños, entendiendo que el deporte –en este caso, el rugby- es una herramienta formidable para intentar una vida mejor.
Pero quizá el mayor legado de Virreyes es su efecto multiplicador. Ahí están Floresta, Mataderos, Ensenada, El Campito de la Villa 31, Guernica, Yaguarones de San Nicolás, Villa Libertador de Córdoba y Botines Solidarios, que encabeza el ex Puma Ignacio Nani Corleto, entre otros. Incluso trascendió fronteras, con tres emprendimientos similares que se desarrollan en el Uruguay.
Todos ellos también necesitan del apoyo que tuvo Virreyes, que, afortunadamente, ya está escribiendo su historia.






Todos al Ingoal (31°)
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