Cascotazos
Aclaración: Escribiré en primera persona, algo que no suelo hacer, porque creo que el periodista debe evitar el “yo”. Pero estimo que este post lo amerita. Porque se tratará netamente de una opinión personal.
Todos los días, y desde hace ya un buen tiempo, la Argentina vive un estado de confrontación absoluta, que es bienvenida cuando se trata de intercambios de ideas, pero no cuando -como lo es– atraviesa la escala de la difamación continua, la desconfianza permanente, la intolerancia de apuntarle al otro porque piensa distinto; más la ausencia de un proyecto para todos, acompañado todo esto, también, por alevosas campañas de prensa. Son unos pocos, los del poder, quienes dibujan esta escena cotidiana.
Un reducido grupo del rugby, también el del poder, lamentablemente ha copiado ese modelo, al menos en las últimas horas, aunque la crispación -término que suele irritar a algunos, pero que creo que es adecuado para esta instancia- viene desde bastante antes. Y quiero detenerme aquí en una primera conclusión al respecto. Los que se están peleando hoy son los menos y, por eso, argumentar que el rugby argentino está en terapia intensiva, en medio del caos o en peligro, suena a una soberana exageración. La savia del rugby doméstico en todo el país, la de todos los fines de semana, aún goza, afortunadamente, de buena salud.
¿Qué se observó en esta semana que pasó? Otro díalogo de sordos, fomentado con todo tipo de acusaciones y difamaciones vía los medios grandes, twitter y también en este blog y en otros foros. Fuego cruzado al por mayor. Con términos para todos los gustos. Segunda rápida conclusión al respecto: no contaminan los que pretenden llevar adelante una transición hacia el profesionalismo ni son retrógrados los que intentan preservar el amateurismo bien entendido.
En ese escenario de la crispación, nadie ha quedado en pie. Ni los periodistas, que no jugamos, no dirigimos, no entrenamos, no refereamos, pero que también somos vistos con desconfianza. Porque eso, la desconfianza, es lo que predomina en este debate transformado en guerra, que necesita de un díalogo serio y profundo entre sus protagonistas puertas adentro y no a través de palabras lanzadas al aire o al papel.
Como ya escribí en varias oportunidades -aquí en el espacio que me dan los jueves en La Nación– este capítulo del rugby argentino -que es uno más, aunque no puede negársele su trascendencia hacia el futuro- nació sin que se debatiera todo lo que había que debatir, precisamente, por su importancia. De ahí en más, todo se hizo con forceps.
¿Qué hacer ahora, entonces? Creo que hay que buscar más en las coincidencias que en las diferencias, porque lo que se percibe es que hay más acuerdos que desacuerdos. ¿Acaso alguien puede estar en contra de lo que la famosa carta dice en lo que se quiere del rugby? ¿Acaso alguien puede estar en contra de que se necesita una preparación profesional para jugar al rugby de alto nivel? Entonces, las cuestiones en pugna están sólo en los tiempos y en las formas.
Está claro que no es sencillo, pero para allanar el camino es necesario el sinceramiento absoluto de las dos partes y pensar en un todo. Nadie es dueño de los principios del rugby ni nadie es el dueño del rugby argentino. Hablar a cara descubierta, decirse de frente todo lo que haya que decirse, despejar las fantasmas que existan y los que no, y tratar de que lo que se pierda -porque siempre hay algo que se pierde en estas situaciones; así es la vida- sea lo menos perjudicial para todos.
También he expresado varias veces mi opinión al respecto. Creo que el rugby amateur debe acompañar la transición hacia el profesionalismo hasta que queden separados, pero no de un día para el otro. Al menos, hasta el 2012. Defiendo a ultranza el sistema de clubes que tiene la Argentina y el espíritu que desde allí se transmite, que luego lo llevan adelante los pocos que alcanzan la alta competencia. Eso no debe perderse por nada del mundo. Agustín Pichot -hombre emblemático en este debate- coincidió con esto en una amplia entrevista que publicaré en todos los próximos días.
En ese sentido, Los Pumas del último Mundial han sido un ejemplo. ¿Alguien no se sintió orgullosos de ellos, y no sólo por el tercer puesto? Considero que ahí debe apuntarse. Que el rugby amateur nutra al profesional y viceversa. Que se crezca de la mano sin que uno se trague al otro. Y ser férreos en eso. Inflexibles.
No voy a sumarme al coro de ver quién es el bueno o el malo de esta película, porque uno de los errores es haber colocado esto en buenos y malos. Tampoco voy a escribir cuáles son los aciertos y errores de uno y otro. Considero que eso no aporta nada en estos momentos. Sí el análisis y la reflexión, que forman parte de las tareas de un periodista junto a la misión primordial, que es la de informar sobre los acontecimientos.
Hay tiempo todavía para salir de este brete. Hoy, la situación está fracturada, pero hay que agotar los medios para soldarla.






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