Columna
Les reproduzco acá la nota que escribí hoy para La Nación, ya que, lamentablemente, no está en la web del diario ni en canchallena.
Hay un legendario axioma en el rugby que habla de que éste es un juego que enseña a superar las adversidades. Seguramente, Pablo Fernández traía ese gen antes de tocar una ovalada por primera vez, hecho que se produjo en sus épocas de niñez. Está cuadripléjico desde el 28 de agosto de 2004, cuando una grave lesión en su columna cervical lo sorprendió en su segundo partido en la Primera de Sporting de Mar del Plata. El 6 de agosto próximo, casi seis años después, se recibirá de licenciado en Diseño Gráfico y Comunicación Audiovisual, carrera que completó en apenas tres años. Su tesis final tratará acerca del turismo accesible, pues concluyó que el 40 por ciento de la gente que visita una ciudad turística del país tiene relación con alguna persona que sufre de discapacidad.
Recuerdo que en agosto de 2005 entrevisté a Luján, la madre de Pablito. Lejos de mostrarse enojada con el rugby y con el mundo –algo que hubiese sido absolutamente comprensible- me encontré con una mujer agradecida. Me contaba, aquella vez, que los compañeros de Sporting de sus hijos armaban los terceros tiempos en su departamento y que había encontrado en el rugby una solidaridad sin igual. “Estoy contenta de que Pablito haya elegido el rugby”, me decía sin un mínimo de rencor.
Hoy, Luján, una mujer maravillosa, dice estar feliz. “Lo de Pablito tiene que ver con aquello de que el hombre sepa que el hombre puede”, agrega mientras relata que su hijo se está preparando para otro gran momento: ser testigo de casamiento de su amigo del colegio –el Instituto Peralta Ramos, de los hermanos maristas- y de Sporting, Martín Aceña, quien está jugando al rugby en España.
Luján prefiere no mirar hacia atrás: “Lo que pasó, pasó. Fue una fatalidad, un accidente que se da de tanto en tanto”. Elige, en cambio, destacar las innumerables muestras de todo tipo de apoyos que se ganó Pablo en estos años, y que transitaron por largas internaciones, mudanzas y distintos y costosos elementos para desarrollar su vida. La Universidad Caece, por ejemplo, becó completamente sus estudios.
Pablo, querido por todos sus amigos, que nunca lo abandonaron, siempre fue y sigue yendo por más. Otra prueba: junto a su hermano Juan Martín, que se recibió de abogado, desarrolló un mouse adaptado que se acciona mediante el soplido a una manguera conectada a una computadora.
En todo este tiempo, la familia de Pablo también tuvo a su lado a la doctora Susana Presta. “Ella nos adoptó y nosotros la adoptamos a ella”, cuenta Luján, que vuelve a destacar el apoyo que tuvo de todo el ambiente del rugby argentino. Pablo cumplió 26 años el 15 de junio. Sueña con poder trabajar de lo que estudió. Con superar otra adversidad. Aunque al rugby le cueste mirar este tipo de historias, todos debemos nutrirnos de ellas. Y aprender.






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