Mundos
Emanuel Valenzuela juega de medio scrum en la Menores de 16 años de Virreyes. Sueña con jugar en Los Pumas, con estudiar abogacía y, fundamentalmente, con ayudar a su familia a salir de la pobreza. Vive en la Villa de Virreyes, una de las más carenciadas de la zona norte del conurbano bonaerense. Marcos Capalbo juega de apertura en la Menores de 16 años de Virreyes. Concurre a un colegio privado, vive en un barrio cerrado, también en la zona norte de Buenos Aires, y dejó al San Isidro Club (SIC) para marcharse a Virreyes, porque allí se siente cómodo. Las diferencias sociales no les impiden ser amigos. Forjaron ese vínculo, precisamente, a través del rugby. De su espíritu.
Marcos, hijo de Javier Coqui Capalbo, ex Alumni y uno de los que pone el hombro a ese hermoso proyecto llamado Virreyes Rugby Club, un día decidió que Emanuel, su amigo, no tenía porqué seguir caminando largos kilómetros para ir hasta el club. Entonces, sacó del garaje de su casa una bicicleta sin uso, la mandó a arreglar y se la regaló. Emanuel lloró de emoción. Y, rápido, lo llevó unos metros sentado en el manubrio.
Dos mundos y una bicicleta. Virreyes Rugby Club, se llama el documental que filmó el francés Christophe Vindis, un enamorado del rugby que conoció el proyecto al encontrarse en Biarritz con Rodolfo Michingo O’Reilly, quien había viajado hasta allí en busca de meceneas económicos, algo que no consiguió.
Vindis se subió a un avión rumbo a la Argentina y armó un documental que resume lo más importante que brinda Virreyes: el amor. Anoche fue presentado por primera vez en el país durante una función realizada en la Alianza Francesa y a la que tuve el privilegio de asistir. Emociona y hace pensar. Son dos mundos, verdaderamente, pero también es un mundo aparte. Como dice Marcos Julianes -hacedor del proyecto junto a Carlos Ramallo- durante el rodaje: “En este país son los de acá y los de allá, pero en Virreyes siento que eso se rompe”.
Hay rugby, claro, pero fundamentalmente la obra transmite amor. Muestra dos mundos, pero refleja esencialmente cómo en Virreyes se lucha por forjar un sistema más justo, en el cual se impone un mensaje que este sistema desecha: la importancia vital de la educación. Los chicos de Virreyes no juegan sólo al rugby, sino que estudian. Y tratan de llevar a sus casas los valores que aprenden del deporte de la ovalada. Hay vigor y rigor en el juego, pero sin dramatizar. “No me importa el resultado”, grita en un momento Julianes.
Como bien señaló Jean Marie Lemogodeuc -fanático del Biarritz, funcionario de la Embajada de Francia en la Argentina- antes de proyectar el filme, el rugby, entre tantas otras cosas, es una herramienta para unir.
Dos mundos y una bicicleta es un documental para tenerlo y mostrarlo en todos los clubes de rugby. También en otros estratos que no pertenezcan sólo a este deporte. Deberían verlo políticos, funcionarios, economistas y aquellos que creen que todo termina en sus ombligos.
Fue un soplo de aire fresco haber estado anoche junto a tanta gente de rugby en la Alianza. Una vez más quedó en claro que con muchos Virreyes es posible soñar con un mundo más justo.






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