Lunes

Creo que ya escribí esto al menos en cuatro oportunidades desde que llegué a París. Puede ser, seguramente, la última. Los lunes en Enghien les Bains son como los domingos a la mañana en la Argentina. Negocios cerrados, poca gente en la calle. Pero hoy es un lunes argentino en esta ciudad ubicada a unos 30 minutos de la capital francesa. No sólo por la bandera celeste y blanca con el sol en el medio de dos pisos y medio de alto y tres balcones de ancho que desde anoche dibuja el amplio frente de ese reducto de sueños que sigue siendo el Gran Barriere. La misma gente del hotel la mandó a confeccionar, sin importar el resultado con los Springboks. También porque aquí se transmiten hoy todas las sensaciones que viven los argentinos. Claro, especialmente Los Pumas. Dolor, bronca, alegría, tranquilidad, emoción. En cada integrante del plantel, en cada familiar, en cada amigo, en cada hincha. Un lunes en el que aún perduran las huellas del cansancio físico y anímico, pero sobre todo del conmovedor recibimiento que tuvo el plantel cuando arribó desde el Stade de France.
Escribí ayer que no habrá manera de hacerles entender por ahora a Agustín Pichot y a sus compañeros que lo que hicieron fue histórico, milagroso. De que comprendan que el mensaje de la gente -el más importante- es de gracias. Es que aún hoy los jugadores se reprochan la actuación de anoche. No se conformaban con las semifinales. Iban por más. Ni siquiera por la final. Iban por el campeonato. Creían que era posible. Por eso, en este lunes gris de París, Mario Ledesma, con todos los síntomas de haber sufrido un desgarro, dice que “quizá en dos semanas nos demos cuenta de lo positivo que fue esto”. Ahora no. Todavía existe dolor. Un reflejo más de la grandeza de este equipo.
Mañana habrá un paseo a EuroDisney, en las afueras de París. Y el miércoles Marcelo Loffreda dará el equipo que el viernes saldrá a buscar el tercer puesto -sí, el tercer puesto- en el Mundial en otra batalla contra los franceses, esta vez en el Parque de los Príncipes, también a las 16 de la Argentina. Hay varios indicios de cambios. Lo dio a entender anoche Pichot, quien además dejó entrever que quizá haya sido la semifinal su último capítulo con la camiseta de Los Pumas. Lo siguió hoy Ledesma: “Hay chicos que se vienen bancando tres meses sin jugar. Sería un acto de justicia que lo hagan ahora”. El hooker, de todos modos, no definió su futuro. “Lo veré después del Mundial”, apuntó.
Pero este último lunes de un Mundial que todavía no terminó para Los Pumas -vale remarcarlo-, es también un día para la reflexión. Porque lo que queda de aquí a fin de año será vital para el futuro del rugby argentino. Porque ahora la posibilidad de jugar una competencia anual (el Seis Naciones o el Tres Naciones) está más cercana y porque también habrá que ver cómo se capitaliza este fervor que han generado Los Pumas.
También porque se terminan acá varios ciclos. Se van Marcelo Loffreda y todo su equipo. Se van, seguramente, muchos de los gladiadores que lucharon adentro y afuera de la cancha durante tres Mundiales. Se va, aparentemente, esta dirigencia. Y, sobre todo, se van los tiempos. No puede el rugby argentino darse el lujo de esperar. Tiene un desafío enorme y profuso en sus manos.
Con el equipo es con lo que más tranquilo se puede estar. Hay recambio, aunque falten jugadores en algunos puestos claves como el de medio scrum. Están para tomar la posta los Sub 23. Patricio Albacete (un Mundial espectacular), Juan Fernández Lobbe (cantado futuro de capitán), Juan Martín Hernández (no tiene techo), Horacio Agulla, Marcos Ayerza, Lucas Borges, Alberto Vernet Basualdo, Esteban Lozada, Gonzalo Tiesi, más algunos que quizá tengan cuerda para más.
En cuanto al reemplazante de Loffreda, ahí los dirigentes tendrán que optar por los más aptos, por los que más entiendan, como lo hizo el Tano, qué significa no sólo ser Puma, sino también qué es hoy lo que ofrece el rugby al más alto nivel. Organización y juego, una mezcla indispensable. Quizá la alternativa más efectiva sea nombrar a un extranjero (¿Les Cusworth? Conoce como pocos de afuera el espíritu argentino, además de sus pergaminos) con uno o más entrenadores de campo argentinos. Algo así como lo que se probó antes del 99 con el neocelandés Alex Wyllie, el hombre que supo darle un orden a Los Pumas sin que perdiesen su esencia. “No estaría mal que nos pregunten. Agustín es un tipo que pueder aportar muchísimo en eso”, sostuvo Ledesma.
¿Y la dirigencia? Ahí está el punto más complicado. El que será crucial. EL International Rugby Board (IRB) dará un mínimo apoyo en competencia y en lo económico si el rugby argentino al menos ofrece una señal de cambio. Los popes del rugby piensan en el negocio y habrá que ver si se es lo suficientemente hábil y consciente para sacar conveniencia de ello. Negociar, como apuntó hoy Ledesma. “Hacer algo”, como agregó.
Quizá haya llegado el momento tan esperado de archivar viejos prejuicios. De entender que una estructura profesional no significa acabar con el espíritu amateur que tan alto lleva el rugby argentino. Los Pumas, estos Pumas, han sido un ejemplo también en eso. Viven del rugby, pero más que nada viven al rugby como lo mamaron. Porque la plata no debería cambiar la esencia, aunque a veces confunda.
Si la Unión Argentina de Rugby (UAR), si sus dirigentes, los que están o los que vengan (se estima que las elecciones a fin de año las ganará la lista opositora encabezada por Porfirio Carreras), no cambian de timón -como también pidió Ledesma- no habrá competencia anual. Pero tampoco habrá, que es lo más importante, un crecimiento en la difusión de este deporte tan maravilloso.
Se sabe que un sector importante -minoritario pero poderoso- del rugby argentino sigue siendo reacio a los cambios. No sólo por el profesionalismo, sino porque tampoco ve con buenos ojos este boom que han generado Los Pumas en todo el país. Pero se debe entender que optar por otro camino -sin resignar lo bueno del otro- es necesario. Y que no hay tiempo. Es ahora o nunca. No habrá otra oportunidad.
Los Pumas descansan en este lunes gris de París. Todavía siente el dolor de no haber podido cumplir sus sueños. Sólo hay que mirarlos. Y seguirlos.






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