Vida
El domingo a la noche me llamó Rodolfo O’Reilly. Estaba emocionado por un episodio que había transcurrido por la mañana. Hace mucho tiempo que lo conozco a Michingo. Su sensibilidad ha aumentado notoriamente desde que junto a un grupo de locos lindos se reunió para crear ese proyecto maravilloso que está agrupado en el Virreyes Rugby Club. El lo confirma cada vez que se lo preguntan: “Virreyes me ha llenado mucho más que dirigir a Los Pumas”.
Pero Michingo no me llamaba para comentarme algo directamente vinculado con Virreyes. O sí, porque Virreyes representa el espíritu del rugby. Pero bueno, el caso se refería a una actitud de esas que no hay que dejar pasar por alto y que merecerían más prensa -me incluyo- sobre otros temas menores.
¿Qué pasó el domingo anterior por la mañana? Jugaban las Menores de 15 de Virreyes y Los Matreros. Hasta ahí, los chicos de una de las zonas más carenciadas del conurbano bonaerense habían perdido todos sus partidos. En un momento, uno se lesionó y Virreyes, que no contaba con suplentes, se quedó con 14.
¿Qué hizo el uruguayo Sanabria, entrenador de Los Matreros? Sacó a un jugador suyo para que quedaran 14 contra 14. Ganó Virreyes. Y Marcos Julianes -cuerpo, corazón y cabeza de Virreyes- les pidió a sus chicos que no festejaran, que se guardaran la alegría del primer triunfo recién para el vestuario.
El uruguayo Sanabria, un personaje histórico del rugby, es un símbolo de lo que ocurre todos los fines de semana en los clubes argentinos de rugby. Gente que por el sólo placer de hacerlo, le enseña a los chicos no sólo cómo pasar una pelota, sino cómo vivir mejor. Porque de eso se trata la esencia del rugby. Por eso es un deporte distinto.
En Tercer Tiempo, en Clarín, varias veces escribí sobre esos personajes anónimos que todos los sábados y domingos a la mañana corren de un lado para el otro a la par de los niños. Que se reúnen los jueves para coordinar la actividad del fin de semana, que llevan las bolsas de pelotas, que arman las canchas, que hacen de entrenadores y referís y que hasta veces se tienen que ocupar de los temas que no se ocupan los padres. Honor a ellos.
Pero ese fin de semana no terminó allí. Marcos Julianes había vivido otra jornada de esas que llenan el corazón el sábado, cuando los chicos de Virreyes y Newman (dos mundos distintos unidos por el rugby) jugaron intercambiándose las camisetas, con Santiago Achával, el entrenador de Newman, incentivándolos a los dos a que se pasaran la pelota.
Eso es el rugby. Ese es su espíritu. El que no domina la gran escena. Pero el que le da vida. Sin esto, no habría nada.






Planteles
Todos al Ingoal (26°)
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