Los Pumas y los Mundiales (capítulo VI)

Cuatro años suelen ser una eternidad en un país como la Argentina. También lo es en el rugby de estas tierras. Mucho, demasiado, transcurrió entre mil novecientos ochenta y siete y mil novecientos noventa y uno. Entre el Mundial de Nueva Zelanda y Australia y el que ahora esperaba en el Reino Unido y Francia.
Pero antes de meternos estrictamente en el rugby vale echar un vistazo a lo que era el país en ese momento, allá por octubre de mil novecientos noventa y uno. Eran tiempos de la fiesta menemista. A pleno. Se anunciaba, por ejemplo, que el costo de vida era de 1,3 por ciento, el más bajo desde marzo de mil novecientos setenta y cuatro. El modelo sacudía, además, en las urnas. El justicialismo ganaba las elecciones en todos lados. ¿Puntos salientes? Eduardo Duhalde en la provincia de Buenos Aires y el cantante Ramón Palito Ortega en la provincia de Tucumán.
Las crónicas policiales seguían investigando el caso de Mauricio Macri, secuestrado entre el 24 de agoto y el 6 de septiembre por una banda policial, mientras que la ecología comenzaba a sufrir sus primeros grandes impactos: en Chubut, 17 mil pingüinos eran encontrados empetrolados, afectados por una marea negra.
¿Y Los Pumas? Antes de llegar al segundo Mundial hay que hacer un prolijo recorrido. Porque pasaron, como se dijo, muchísimas cosas. De esas típicas que suele vivir éste deporte. Por ejemplo, tras aquel fracaso en el primer Mundial, allá por mil novecientos ochenta y siete, el seleccionado reencontró rápidamente la sonrisa.
Tras la renuncia de Silva y Guastella, el presidente de la UAR, Carlos Tozzi, decidió volver a recurrir a Rodolfo Michingo O’Reilly, quien había tenido una gestión exitosa en 1982 y 1983. Era una jugada arriesgada: el hombre del CASI estaba del otro lado de la vereda de las anteriores gestiones y, además, ocupaba un importante cargo en la Municipalidad de Buenos Aires.
Lo cierto es que O’Reilly volvió a llamar a históricos como Iachetti, Courreges y Soares Gache y apostó a algunos jóvenes como el tucumano Pablo Garretón. De aquellas derrotas en Nueva Zelanda se pasó casi sin pausa a dos actuaciones grandiosas nada menos que contra los Wallabies australianos, en el estadio de Vélez. Primero fue empate en 19 y luego triunfo por 27-19.
Nadie pensaba en aquel entonces en el Mundial que se venía en cuatro años. Porque cuatro años suelen ser una eternidad.
Sigue el martes 13/3






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