Los Pumas y los Mundiales (capítulo I)

En mayo de mil novecientos ochenta y siete, la Argentina recién se estaba recuperando del primer gran cimbronazo vivido en la en ese entonces incipiente democracia. La rebelión carapintada, liderada por Aldo Rico, había puesto al país en jaque y todavía perduraba la imagen del presidente Raúl Alfonsín vociferando en el balcón de la Casa Rosada, ante una Playa de Mayo desbordada, la famosa frase “La casa está en orden. Felices Pascuas”. Un año antes, ese mismo escenario tenía otros ocupantes y otra foto: la de Diego Maradona y los jugadores de la selección de fútbol festejando la obtención del Mundial de México 86.
Eran tiempos en los que la inflación había trepado al 33,5 por ciento en apenas 5 meses, en los que Ronald Reagan manejaba con mano dura a los Estados Unidos –y, claro, al mundo occidental-, en los que el universo del espectáculo lloraba la muerte de Rita Hayworth y en los que un chico alemán de apenas 19 años, llamado Mathias Rust, burlaba todos los sistemas sofisticados de vigilancia para aterrizar con su avioncito en plena Plaza Roja de Moscú.
El rugby, en tanto, se aprestaba para celebrar su primera Copa del Mundo. Las sedes, Nueva Zelanda y Australia. Era, sin dudas, el primer paso para sacar al planeta de la ovalada del microclima casi intimista en el que había vivido desde su creación. Sin Sudáfrica, marginada por su política de apartheid.
Dentro del lote de 16 equipos estaba la Argentina con sus prestigiados Pumas. Pero antes de ir directamente a ese mil novecientos ochenta y siete es necesario trasladarse un poco más atrás para entender lo que pasó después.
En ese entonces, el rugby argentino venía de épocas de gloria. Después de aquel magnífico 1985 que produjo la primera victoria ante Francia y el empate contra los All Blacks, los dirigentes de la Unión Argentina de Rugby (UAR) certificaron que el estadio de Ferro Carril Oeste ya quedaba chico.
El 31 de mayo de mil novecientos ochenta y seis, a la misma hora que empezaba el Mundial de fútbol, Los Pumas fueron capaces no sólo de abarrotar el estadio de Vélez Sarsfield, sino de dejar a muchísima gente afuera. La victoria por 15-13 redobló la pasión por el seleccionado, más allá de la caída en el segundo test.
Sin embargo, una gira en septiembre por Australia comenzó a dar las primeras señales de alerta. Un catastrófico 59-9 en contra ante Queensland y dos tremendas derrotas con los Wallabies (26-0 y 39-19) fueron marcas que minaron el ánimo de los jugadores y que mostraron que las potencias ya se estaban preparando de una manera menos amateur. O más profesional.
Héctor Pochola Silva y Angel Papuchi Guastella, los entrenadores, sabían que algo se estaba desgastando de esa fantástica generación. Y a la vuelta a Buenos Aires empezaron a diagramar el esquema para el Mundial. Con un serio contratiempo: no había en el horizonte ningún test antes del debut contra Fiji. Empezaba otra película, con varios pasajes del guión que ya eran conocidos por el rugby argentino.
Sigue el martes 6/2






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