Por Alejandro Cánepa (*)
Hasta la 1 de la mañana trabajó en la descarga de cajas llenas de candados, en un depósito. Medio día más tarde, le duelen los brazos, la cintura, las piernas. Sentado en una silla de plástico, transpirado y con algunos raspones por tanto tackle y tanto ruck, Juan Manuel Toconas, a quien todos conocen como Cumbia, recupera fuerzas para jugar el próximo partido con su equipo.
“Después de la primera vez que jugué al rugby no quise saber nada. Me dolía todo. No quería volver a jugar. Pero me insistieron, volví, y ahí me enganché”, cuenta Cumbia, uno de los 30 pibes de la Villa 31 que juegan con la ovalada, en el Club El Campito, y que participaron del II Seven a Side que organizó la institución. En una cancha de fútbol readaptada, sin haches ni banderines, pero con referees, música de fondo, cantina y público, seis equipos buscan ganar sus partidos apoyando tries, en el ingoal que da hacia la casa de la familia Antúnez o en el que mira hacia el puerto.
El Club Social, Deportivo y Comunitario El Campito tiene su sede en el Barrio YPF, de la Villa 31, a pocos metros de la cancha. Allí, en un salón con techo de chapa, tres veces por semana van tres médicos clínicos, un psiquiatra y un pediatra para atender, sin costo alguno, a quien los necesite. Además, cuatro veces a la semana funciona un merendero, y hay también un ropero comunitario. Y hace pocos meses se creó una cooperativa de pastelería, llamada Delicias mágicas. En ese marco, desde el año pasado, gracias a un grupo de gente de Champagnat y del Coronel Suárez Rugby Club, encabezado por Martín Dotras, padre e hijo, llegó el rugby como proyecto integrador para los pibes de la zona.
Julián Wald, referente de El Campito, profesor de Educación Física y organizador de todo tipo de actividades, explica: “El club surge ante la impotencia que nos daba ver que a los chicos de acá se les dificultaba acceder a tantas cosas. Ante esa situación, dijimos: ‘vamos a laburar’, y empezamos. Y siempre consideramos que el deporte no tiene que ser algo aislado de lo social.”
Mientras Julián habla, y siguen los tries en los partidos, sigue la música saliendo de los parlantes: suena Madonna, reggaetón, Fidel Nadal….y también salen de la parrilla hamburguesas y choripanes.

Todos los sábados a las 11 de la mañana, en el campo del Club Cancha 9, comienzan los entrenamientos de rugby, a cargo de varios profes, como les llaman en el barrio. Uno de ellos, Máximo Bianchi, nacido en la ciudad bonaerense de Coronel Suárez, donde jugó al rugby, además de en Champa, dice: “Hay unos 30 chicos más grandes, y sumando a los más chiquitos son unos 60. Después de un año y pico de trabajo, han mejorado muchísimo en destrezas y habilidades”.
El progreso deportivo de los pibes de la villa no se detiene: ya jugaron partidos con Mataderos Rugby Club y con Virreyes, participaron del seven de Champagnat y realizaron una gira a Tandil, en donde jugaron con Los Cardos. “Para el año que viene, la idea es poder hacer por lo menos dos partidos al mes”, afirma Bianchi.
Los partidos del seven siguen y siguen. Hay muchos jugadores que se destacan. Fiji, Cumbia, Ruli, y Junior, entre los que viven en la 31. Gente de Pueyrredón que se acercó para participar del torneo, también tres jugadores del plantel superior de Vilo, el propio Bianchi, Wald, y hasta un holandés al que le explicaron las reglas horas antes del comienzo del torneo. Se hace un receso en el seven, y la cancha la ocupan las chicas, para jugar un partido de fútbol.
Junior cuenta entonces que está por terminar la secundaria en una escuela cercana a Plaza de Mayo. “La idea mía es ser técnico electrónico. Me gustan todos los aparatos chicos”, dice este pibe alto, con talla de segunda línea. Cerca está Cumbia, que revela que juega de ala y que “jugar al rugby me sacó de cosas malas”.
Vuelve a girar la pelota del pique impredecible, y se suceden las instancias decisivas. Pasan las finales de la Copa de Madera y de la Copa de Plata, y se llega a la de Oro. Partido de ida y vuelta, de revolcones y mucha adrenalina. Final del encuentro y entrega de premios, como corresponde. Luego, tercer tiempo en el salón de El Campito. Cerveza, gaseosas, pan dulce y después carne. Cerca, muy cerca, una bandera con la imagen del Padre Carlos Mugica preside el encuentro. Comienza a caer la noche, y, de a poco, cada uno vuelve a su casa. Hasta la próxima vez que el rugby haga picar una pelota en la 31.
(*) Periodista. Colabora en El Campito.