Reflexiones

Clasificado bajo Sitios, Textos | el 10-02-2017 |

23

Dos opiniones acerca de temas que tocan muy de cerca al rugby y de los cuales hay que hacerse cargo. Una, de Osvaldo Avalos, me llegó por mail. La otra, del ex Puma mendocino Miguel, Ruiz, fue publicada por el sitio Mdz. Acá reproducimos las dos.

……….

Por favor no los llamen Rugbiers.

Todos quienes alguna vez tuvimos y tenemos el orgullo y honor de disfrutar de este bendito deporte llamado Rugby, repudiamos enérgicamente todos los hechos de violencia dentro y fuera de la cancha, más aun aquellos que atentan contra lo honestidad de las personas y afectan a nuestra sociedad en su conjunto.
Les enseñamos a nuestros hijos en primer lugar el respeto, les exigimos perseverancia, esfuerzo y honestidad en todos los actos de sus vidas cotidiana.

Más que nunca los valores del Rugby están vigentes, nos unen y nos abren a la sociedad, asumiendo con mayor compromiso nuestras responsabilidades en la formación de hombres de bien, que es el principal objetivo sobre la virtud deportiva.

Exigimos justicia y con la misma fuerza reivindicamos el Rugby como una institución formativa y ya lo han dichos nuestros maestros, como un medio de educación integral.

Utilizando las palabras de Maradona que dijo “La pelota no se mancha”, diremos que “la ovalada (guinda) no se mancha”. Por ello queremos desagraviar nuestro deporte y pedir a los medios en particular y a toda la sociedad que aquellas personas que cometen delitos y actos de inconductas que nos afectan a todos, sean llamadas con el calificativo adecuado, pero por favor no los llaman Rugbiers.

Para ejemplificar, llamo Rugbiers a mis jugadores de M10 (niños menores de 10 años), y pretendo que se sientan orgullosos por ello y que no duden un instante en el honor y responsabilidad que ello conlleva.

Osvaldo Avalos
DNI 23.561.712

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La nota de Miguel Ruiz

Gala

Clasificado bajo 6 Naciones, Textos | el 03-02-2017 |

38

Comienza mañana el 6 Naciones.

Por Ricardo Sabanes

Ya no está Enrique V arengando a sus tropas antes de la batalla de Agincourt, ni tampoco Juana de Arco liberando Orleáns del sitio inglés, pero el enfrentamiento continúa.

No hay trofeos en disputa, ni Calcutta Cup, ni Triple Crown, ni Giuseppe Garibaldi, no hay tiempo para protocolos: hay cuatro puntos en juego (quizá cinco) y un año entero para sentirse superiores. Es le Crunch, el verdadero Test del 6 Naciones. Los demás son simples tests.

Es el duelo entre dos lenguas (las Home Nations son como primos que se vapulean en inglés), entre dos culturas simétricas pero inversas ―una insular, la otra continental― que se definen por contraste, por oposición, como conducir por la izquierda o la derecha.

Un defecto inglés es creer que lo inventaron todo: el césped, el jardín, los deportes modernos, el fair play. En el caso del rugby es cierto. Desarrollo del football medieval, en Rugby School tuvo sus primeras reglas escritas y desde allí mismo fue exportado a Francia por Pierre de Coubertin, que vio en el juego una manera de templar el cuerpo y el espíritu de la juventud francesa. Mientras en Inglaterra fue el deporte de las elites, tan amateur que no se disputaron campeonatos con ganadores hasta las últimas décadas del siglo pasado, en Francia pronto llegó a ser el juego de los pueblos, con competencias con campeones y un marronisme tan encubierto como evidente.

Francia esperó veintiún años desde la derrota 8-35 en el primer Test jugado en Parc des Princes en 1906, hasta la primera victoria por 3-0 en Colomiers, en 1927. Soportó el irritante “good game” con el que era saludada tras cada caída, y la marginación del 5 Nations de 1932 a 1947 acusada de profesionalismo y violencia. Pese a todo, Francia siempre desafió el dominio de Inglaterra. En 1951 Les bleus dieron su primer gran golpe en Twickenham con un 11-3 recordado por las palabras del capitán Jean Prat “vivimos jodidos por cien años, disfrutemos estos cinco minutos”.

Disfrutaron mucho más. De mediados de los 60 a fines de los 80, Francia se impuso en quince de los veintitrés duelos, Inglaterra en cuatro y empataron los restantes. El desquite inglés se produjo con ocho victorias seguidas de 1989 a 1995. No sólo aprendieron a detestar a Will Carling ―como todo el mundo― sino también a Jeremy Guscott, cuando el “good game” con el que Inglaterra ostentaba su superioridad volvió a lastimar el orgullo de Francia… Desde entonces los resultados fueron parejos, pero las afrentas no se olvidan.

El duelo en el que la arrogancia se reparte por igual se repetirá el sábado 4 en Twickenham. Para Inglaterra, ganarlo con un plantel disminuido respecto al que jugó el 6 Naciones 2016, significa continuar su serie invicta desde la era Jones. Para Francia, que bajo la dirección de Guy Nogues se entrena con la vista puesta en este Test, la victoria será vengar la derrota del año pasado en el Stade de France, donde su rival se consagró campeón con Grand Slam, y tener la posibilidad de despedir al local con una calle mientras le devuelven un “good game” indiferente en su propia casa.

De un lado la rosa muta sus espinas en aguijones, del otro el gallo disimula sus espolones afilados para la ocasión. Se preparan para 80 minutos en los que no se darán tregua, en los que el crujido de los cuerpos en el contacto, le Crunch, concentrará la atención del rugby en todo el mundo.

Mudanza

Clasificado bajo Sensaciones, Textos | el 28-12-2016 |

44

Encontré una libretita de cuando tenía 16 o 17 años. ¿O 15? Desde esas edades, más o menos, iba escribiendo en una libreta pequeña, como las que uso ahora, todo lo que me iba ocurriendo en el año, a modo de diario -que se suponía que era algo que sólo hacían las jovencitas- pero con la particularidad que cerca de Navidad, un par de días antes o un par de días después, ensayaba una especie de balance de mi año. Con un estilo muy parecido a los balances que empecé a escribir no mucho después en el periodismo; balances de todo el año deportivo, del tenis o del rugby. Durante varios años edité en Clarín un suplemento de 32 páginas con los hechos deportivos más importantes de la temporada, escrito por los distintos enviados especiales y especialistas de cada deporte. Quizá en unos días haga otro balance, en este caso del rugby 2016, y para La Nación, el diario para el cual escribo desde 2006, cuando me fui de Clarín. Pero volviendo a esa libretita de la adolescencia con la que me volví a topar, me sorprendió mi letra, mucho más clara que la que tengo ahora, y también con la descripción que iba haciendo de mi vida: los deportes, las materias (terminé el secundario invicto: en los 5 años me llevé como mínimo una) y, especialmente, las chicas. Iba poniendo cómo me iba con ellas -generalmente mal- y, lo más gracioso, es que muchas ni se enteraban, ni se enteraron incluso, de mi amor platónico.

El encuentro de la libretita ocurrió en el marco del que fue uno de los mejores momentos de mis últimos años: la mudanza. Es verdad todo lo agotador que escuché sobre las mudanzas –porque además también, y al mismo tiempo, hubo una mudanza de mi hijo, que se fue a vivir solo; otro paso trascendental en la vida de ambos-, pero en mi caso significó una bendición. No sólo porque me fui de un departamento y de una dueña que ya no soportaba, sino porque al irme de un 3 ambientes amplio a uno de 2 minúsculo -pero cómodo y precioso, con un dueño mucho más amigable- tuve que hacer una enorme limpieza, propia de alguien que junta papeles y que tiene el defecto de la postergación (dato: faltaba una semana para mudarme y yo, como si nada). Esa limpieza fue sanadora porque, principalmente, significó terminar también con la mudanza de lo que dejó mi madre.

Beba, mi madre, murió el 20 de enero del 2013, pero yo terminé de abrir las cajas que quedaron de esa mudanza en abril del 2016. No tenía ni idea que había en esas cajas. Incluso, llegué a pensar que varias eran para tirar. Pero ahí adentro no sólo estaba esa libretita, que mi madre habrá guardado cuando se mudó tras la muerte de mi padre (soy hijo único), sino decenas y decenas de fotos, de objetos y de adornos. Tesoros casi todos.

Pasó ya un tiempo, pero todavía me veo sentado en la cama, riendo y llorando, revisando esas fotos en las cuales mis padres, mis abuelos y mis tías están sonriendo en momentos felices de sus vidas. Ahí estoy yo también, chiquito, en la playa, en el club, en el colegio, en la casa de mis abuelos, en el jardín del departamento de Juncal 3156 y con mis amigos, que son los mismos de ahora. Hay vida en todas esas fotos. Hay una infancia que agradezco. Y, ¡oh!, hay varias fotos, todas sacadas por mi padre, que cultivaba su amor por la fotografía, en las que estoy leyendo diarios y revistas. O haciendo que leía, porque no tenía más de 5 o 6 años. Estaba claro que iba a ser periodista. Esas fotos, la libretita, los cuadernos de River y la Fórmula 1 hechos a mano cual si fuesen diarios o revistas… No sé dónde estaría sino hubiese elegido el periodismo tras dos tortuosos años de estudiar Medicina.

La mudanza trajo limpieza y recuerdos, y esa libretita, que creo que me la regaló el padre de mi amigo-hermano Pablo, “La Larva”, me inspiró a escribir estas líneas a modo de mi balance. Como cualquier mortal, mi año tuvo de todo. Hechos gratificantes (viajes, crecimiento personal, sentimental y profesional, algo de paz interior, algo, y procesos de recuperación sanadora), algún que otro disgusto (el círculo rojo del rugby tratando de echarme de La Nación; cosa que no lograron), alguna que otra preocupación económica y, lo más triste, la muerte de seres muy queridos.

El Yuso, Jorge Giussani, nuestro celador del colegio desde segundo o tercer año, y, más tarde, nuestro amigo, se fue de gira hace unos días después de darnos una lección de grandeza sobre cómo afrontar un cáncer asesino. Nunca olvidaré cuando el año pasado se vino hasta San Isidro a decirme que tenía que viajar al Mundial de rugby. Yo venía de dos internaciones por divertículos y un par de médicos me habían aconsejado no ir. El Yuso, con un cáncer que ya lo había debilitado, me dijo: “Andá y divertite”. Y fui y me divertí. Peleó hasta el último momento con dignidad el Yuso. Fue hasta que no dio más a jugar al tenis todos los días a CUBA de Palermo y, casi sin fuerza, fue al casamiento de Flopi, la hija de Boqui, unos días antes de morir.

Gallina y cubanito rabioso, pero también fana del tenis, el Yuso se había transformado en un hincha condicional de Del Potro. Estando en los Juegos Olímpicos de Río con Tairon y nuestros hijos, nos pidió que le consiguiéramos la remera de Argentina que usó Delpo en ese torneo. Imposible encontrarla. A la vuelta, lo llamé al amigo Jorge Viale, jefe de prensa de Del Potro, le conté la situación e hice lo que no hago nunca: la pedí cualquier cosa de Del Potro. “Voy a ver si te consigo una pelotita firmada”, me contestó Georgio.

Un par de días antes de la final de la Davis, Viale me llamó para decirme que tenía la pelotita. La mandé a buscar y se la llevé al Yuso a la casa. El viernes, mientras empezaba la final contra Croacia, me escribió: “estoy viendo el partido con las tres pelotas…” Lloró con la conquista de Delpo y equipo. Se fue con la Davis y con la Copa Argentina ganada por River.

El 2016 se llevó a dos compañeros de secundaria del San Agustín: Pablo Vimo y Marcelo “Chicho” Arias. No eran amigos míos, pero con ellos pasé varios años compartiendo una clase y alguna que otra salida, especialmente con Chicho. La muerte de ambos, una atrás de otra, me golpeó más de la cuenta. Primero, porque tenemos 58 años, una edad en la que se supone que debemos seguir vivos. Pero, sobre todo en el caso de Pablo, porque me trajo escenas de mi infancia y adolescencia que no me gustan. A Pablo lo volvimos loco, como lo hacíamos con todo aquel que no practicara ningún deporte ni fuese hincha de ningún club. Éramos muy crueles, porque veníamos de un sistema en el que ganaba el más fuerte o el que mejor se rodeaba. A mí, siempre chiquito y flaquito, no me quedó otra que meterme en el segundo grupo. Nos burlábamos y hacíamos cosas tremendas de las que todavía hoy nos sorprendemos y, a veces, nos seguimos riendo. No se hablaba en aquellos tiempos del bullying, y lamento que no haya sido así.

Hace unos meses, cuando Pablo, mi amigo-hermano, vino de Misiones, nos juntamos varios en lo de Fernandito y Tito sacó el tema. Uno dijo: “Pero yo no le hacía nada”, y Tito, certero, añadió: “Pero te reías de lo que le hacían, y eso quizá es mucho peor”. Me vi ahí y no me gustó nada. Por eso trato hoy de perdonarme y, especialmente, de reparar.

También se fue el Conejo Gasparini, uno de mis maestros en el periodismo. Compañero de múltiples redacciones –Goles Match, La Voz, La Razón, Somos- y en todo el recorrido de Deportea, el Conejo me contagió el amor por el oficio y la rapidez para resolver una edición. Además, cultivábamos el amor por Lito Nebbia y Genesis. Una enfermedad cruel, la misma que se llevó al Negro Fontanarrosa, lo mató en meses. Aún se lo extraña.

Este año ha sido famoso por la muerte, precisamente, de una larga lista de famosos. Pareciese que nunca hubo tantos muertos en un mismo año. La gente anda escribiendo en las redes sociales “andate 2016”. Mis amigos y yo lo hemos sufrido, pero prefiero anteponer la vida y recordarlos desde ese lugar.

Este texto empezó con la libretita de los balances de adolescente y con la mudanza que permitió abrir esas cajas que contenían la historia de gran parte de mi familia. Y con eso voy a cerrarlo, agregando que desde hace un tiempo, quizá por efecto cascada, vengo sintiendo deseos de otras mudanzas, aunque no sé de dónde ni adónde, pero como que alguna está pronto a concretarse. O no. Lo concreto es que en mi nuevo departamento está repartido todo lo que había en esas cajas que me quedaron cuando murió mi madre y que tanto tiempo permanecieron cerradas. Ahora, las fotos están guardadas prolijamente en otras cajas. Los discos de jazz (la debilidad de mi padre), de Muddy Waters y de los Beatles suenan en el tocadiscos. La caramelera tiene caramelos y chocolates, como la tenía siempre llena mi madre. Los floreros tienen flores. Los cuadros están colgados. Más libros desbordan las bibliotecas. Los adornos están en los muebles y en las esquinas.

Mis padres están ahí, conmigo.

Hay vida.

Vivo.

JB

Lectura

Clasificado bajo Blogs, Textos | el 09-11-2016 |

60

Dejamos aquí un texto muy interesante para leer.

 

Rumbos

Clasificado bajo Invitados, Textos, URBA | el 23-05-2016 |

45

Guillermo Alonso, periodista (fundador, entre otras cosas, de la excelente revista Test-Match) y hombre de rugby (fue jugador, entrenador y dirigente de Pucará), acercó esta reflexión que es útil volcarla aquí y con la que, además, comparto la mayoría de sus opiniones.

………

Por Guillermo Alonso

Después de muchas idas y vueltas, de evaluar las necesidades de los más de 80 clubes que la componen, la Unión de Rugby de Buenos Aires tomó la decisión de cambiar sus campeonatos de divisiones superiores y a partir del 2017, jugar un Top 12, con partidos de ida y vuelta, como se jugaba en las primeros años de la década del 70. La pregunta que surge es ¿es bueno volver a este sistema? La realidad es que la URBA no tuvo más remedio que hacerlo ya que con la aparición de Los Jaguares en el Super Rugby, más el Nacional de Clubes, Los Pumas y el Seven, era la única posibilidad de que la televisión y los sponsors no dejaran de proveer los fondos necesarios para el Campeonato Amateur más importante del país. Como todos habrán podido comprobar, la clasificación para el Top 14 de este año prácticamente no tuvo cobertura televisiva ni en los medios gráficos que siempre siguieron al rugby (diarios La Nación, Clarín, Olé, etc.). El Top 12 tendrá más competencia y rivalidad, por ende más cobertura periodística.Finalizada esa clasificación quedó claro que salvo los 14 clubes que disputarán el Top 14, el resto deberá jugar en Segunda, Tercera, etc. Por lo menos hasta el 2018.

Analizando los clasificados para este Top 14 2016, del que saldrán los 12 que disputarán el Top 12 2017 y comparándolos con los que hace casi 50 años jugaban los campeonatos con el mismo sistema, encontramos cinco clubes tradicionales de Primera: CASI, SIC, Belgrano, CUBA y Pucará. Otros cinco, Hindú, La Plata, Atlético del Rosario y Alumni que se ganaron un lugar entre los de arriba; un Colegio que poco a poco se va transformando en Club, Newman; otros dos equipos platenses, Los Tilos que también frecuentaba la primera en aquellos años, y otro Colegio, que tiene las mismas aspiraciones que Newman, San Luis. Entre Pueyrredón (Club tradicional en refundación) y Regatas de Bella Vista (de gran crecimiento en este período) surgirá uno más y por último Mariano Moreno, la sorpresa, que ocupa el lugar que en el Oeste tradicionalmente le correspondía a Los Matreros. Estos Clubes este año jugarán por el Campeonato, por los 7 que clasificarán para el Nacional de Clubes 2017 y por la clasificación al Top 12. O sea que habrá dos descensos.

Olivos, San Cirano, Banco Nación, Deportiva Francesa, San Martín y el mismo Los Matreros, buscarán desde abajo recuperar su puesto en la élite. Será más duro, pero los obligará a trabajar más en divisiones infantiles y juveniles.

Al jugarse el Top 12 en el formato de partido y revancha, habrá no sólo más competencia en la Primera, sino también en Intermedia y las Pre A, B ó C. dado que los clubes clasificados tienen planteles superiores con más de 100 jugadores cada uno. También facilitará la mejoría en los terceros tiempos, un equipo bien recibido en un Club hará lo imposible por mejorar la atención a su rival en la revancha. Lo mismo para la parte social entre dirigentes y veteranos.

Por último le sugeriría a la URBA que cuando negocie la venta de los derechos de televisión permita que los Clubes tengan sus propios programas para poder difundir sus actividades (infantiles, juveniles, otros deportes) y lograr el aporte de sponsors locales, que hoy, con la estática alrededor de la cancha , sólo tiene visibilidad para los que concurren a los partidos.

 

Patio

Clasificado bajo Textos | el 24-04-2016 |

14

Escribí esto. Se los dejo por si quieren leerlo. Aclaro: no es de rugby, y forma parte de los momentos en los que despunto el vicio de escribir lo que se me ocurre. También aclaro que es largo.

…………………….

Aquella noche de primavera te bañaste de vida. Como tantísimas veces, fuiste imaginando distintas escenas y surgieron otras. Se trataba de la vuelta a tu colegio, por el que transitaste, enterito, desde primer grado hasta quinto año. El motivo era una reunión de ex alumnos, la primera después de bastante tiempo, organizada por un grupo de varias camadas anteriores a la tuya y al que se le ocurrió bautizar el encuentro como el de “Antiguos”, un término que al comienzo les cayó algo antipático a tus amigos y compañeros, nacidos entre 1957 y 1958, y recibidos en 1975. “Antiguos las pelotas”, bramó uno.

Mientras ibas caminando por la calle Juan María Gutiérrez, a la que no caminabas hacia añares, fuiste imaginando lo que finalmente ocurrió: encontrarte con los amigos con los que te seguiste viendo después de terminar el colegio y con muchos otros de los que no sabías nada desde que eran adolescentes. Como siempre, se rieron. Y comieron y bebieron bajo las órdenes de un menú que como plato favorito incluía una pata de cerdo servida por un cocinero que hacía malabares frente a decenas de hambrientos que lo apuntaban con dos pedazos de pan en la mano. Afloraron las anécdotas, los recuerdos de los curas y de los profesores y, más tarde, todos acudieron a un SUM equipado con tribunas móviles, que ninguno de tus amigos ni vos conocían. Ese subsuelo, sobre Gutiérrez, no estaba cuando vos cursabas en el colegio. Se siguieron riendo con una obra de teatro protagonizada por padres de alumnos y, como cierre, cantaron todos el himno del colegio, haciendo sonar los zapatos contra el suelo a la hora del estribillo: “Marchemos, marchemos/por los caminos del arte y de la ciencia…” Entre todos comentaron luego cómo se les había erizado la piel cuando empezaron a cantar “Alcemos los corazones/como se alza la bandera/Marchemos a la Gloria/por sendas de amor y luz…” ¿Cuántas veces cantaste este himno? Cientas.

Todo eso, escenas más, escenas menos, lo imaginabas. Pero aquella noche de primavera tan linda como la primavera, estrellada, tan linda como las estrellas, tuvo otra escena maravillosa. En un momento, antes de irte, el Mono, tu amigo desde los 5 años, te dijo de ir al patio. La comida se había celebrado en lo que fue el primer patio, ahora cubierto por el edificio nuevo, que se levantó cuando vos estabas en la primaria. Pero allí al lado estaba, mudo, el patio grande, al que no le habías prestado atención. Cuando con el Mono salieron del patio cerrado para pasar al otro patio, temblaron de emoción. El silencio, las luces apagadas, con apenas un hilo de luz que traía la luna, te estremeció. Empezaste a mirar hacia arriba, hacia los costados, a dar vueltas sobre vos mismo como queriendo detener tu vida ahí mismo; dejarla en ese lugar. “Es increíble volver a estar acá”, te dijo el Mono, que estaba tan conmovido como vos.

Miraste esa pared enorme que ahora parecía más enorme. La que da sobre Austria. Esa pared que tantas veces fue cómplice tuya. Miraste los balcones y las escaleras. Y los arcos, que esa noche estaban amontonados sobre las rejas que separan al colegio de la iglesia. Miraste y miraste. Pisaste cada baldosa y cada pedazo de cemento casi en puntas de pié, como cuidándolos. No sabés si existe el olor a baldosas y a paredes, pero vos sentías el olor de ese patio. Jurabas que olía a patio. Pero a ese patio, no a otro. Y allí te quedaste un largo rato, muy largo, mirando y mirando. Tan deslumbrado estabas que ni siquiera registraste en qué momento se fue el Mono.

………………

En el patio del colegio sentiste la primera vergüenza que recuerdes de tu vida. Tenías 5 años y estabas en primer grado. Cursabas en la Consolación, que estaba sobre Gutiérrez, enfrente del edificio principal. Ese patio era chico, así que los deportes, un sello que siempre le agradecerás al colegio, se realizaban en el patio de enfrente, que estaba detrás del edificio viejo, en el mismo espacio donde mucho tiempo después se organizó la cena de los “Antiguos”. Era tu primer partido de fútbol en el colegio. Estabas jugando de defensor cuando hacia tu arco partió un pelotazo alto. Siempre fuiste de estatura baja. Siempre fuiste el primero o el segundo de la fila. A los 5 años, eras muy bajito. La pelota venía sobre vos y saltaste a cabecearla. Pero eras bajito: la pelota te pasó y, en el esfuerzo, alcanzaste a cabecearla, pero hacía atrás. Fue gol en contra. Tanta vergüenza sentiste en ese momento que cincuenta y pico de años después la recordás como si fuese ahora. Lo primero que hiciste fue mirarlo a Guillermo, tu abuelo materno, que estaba observándote sobre los escalones que hacían las veces de tribunas. Tu abuelo te dirigió unas de esas miradas que tanto te calmaron tantas veces. Movió su cabeza como diciendo: “No pasó nada, seguí jugando”.

Chiquito de edad y de estatura, al regreso a tu casa te prometiste que nunca más te iba a pasar algo así. Que esa vergüenza no la ibas a volver a sentir. No en el fútbol, al menos. Así que a partir de aquel día del gol en contra en el patio, te propusiste jugar bien al fútbol. Y te pusiste a jugar en cada momento libre, en cada lugar y con cualquier elemento que sirviese de pelota: chapita, papel envuelto en una media y todo aquello que tuviese forma redonda. Rompiste cosas en tu casa y le arruinaste varias flores y plantas a tu abuela paterna, en otro patio, y la volvías loco a tu madre cruzando todas las tardes al campito que había quedado cuando voltearon la Penitenciaria, en el primer edificio de Juncal. Y creés que lo conseguiste. Te consideraron después un buen jugador de fútbol y la prueba es que siempre fuiste titular en tu división (el glorioso B) e integraste varios de los seleccionados del colegio.

Aquel primer recuerdo de vergüenza quizá te haya llevado a esos sueños que dibujabas en tu mente de pequeño o en esos relatos que hacías de vos mismo. Sí, te relatabas. “Lleva la pelota, entra al área, goooolllll”, decías en voz baja cuando había alguien, y gritabas cuando estabas solo. El que llevaba la pelota, entraba al área y la clavaba en un ángulo eras vos. En los relatos eras vos. En esos sueños eras el mejor, el héroe, el goleador, el único. ¿La génesis del egocentrismo? Puede ser. Hace unos días, Ferni, tu amigo y compañero de equipo del B, contó en su muro de Facebook que cuando sus padres le compraron las medias blancas que tanto les insistió, no se creía Pelé; era Pelé. Vos te creías mejor que Pelé. Y aquellos relatos de goles, campeonatos, triunfos y copas Libertadores y Mundiales no eran con River ni con la selección argentina en el Monumental. Ni en el Maracaná ni en Wembley. Eran con el colegio y en el patio. En ese patio.

Después de aquel gol, buscaste alianzas en el patio para jugar mejor al fútbol. Siempre con la pared que da a Austria. Primero, cuando valía jugar con la pared, buscabas los efectos para tirar la pelota contra ella y ganarle en el pique a tu rival. Esos efectos los practicabas con la chapita en el recreo. Luego, estudiaste que la pared tenía una inclinación. Leve, pero una inclinación que la ibas a usar a tu favor. Cuando atacabas, sabías que al llegar adonde empezaba a angostarse, tenías que enganchar hacia adentro; cuando defendías, lo llevabas al otro contra la pared, negándole el centro, hasta que se iba afuera. Te acordaste de aquello esa noche de primavera de tantos años después. Fuiste a ver la pared y te pareció que estaba derecha. ¿Le enderezaron o vos imaginabas que estaba chanfleada?

………

El patio era la puerta de entrada al recreo. Y no se entraba así nomás. Eran ordas de varones que corrían a ver quién llegaba primero a la ventana donde el hermano Luciano vendía los sándwiches de salame y, especialmente, quien llegaba primero a las dos ventanas que servían de arcos. Era la ley del más fuerte. Los más grandes se aprovechaban de los más chicos. Los más grandes eran los dueños del patio. Pero tus amigos y vos siempre se las ingeniaban para encontrar un arco y hacer un mete-gol-entra con la chapita. O partidos sin arco, donde volaban las patadas con los abotinados de Guido que duraban años. Volaban los sacos, los guardapolvos y se aflojaban las corbatas. Lo mismo con las figuritas. Los más grandes se mojaban las suelas de los zapatos y pasaban por arriba de las figuritas, que les quedaban pegadas, y así se las quitaban a los más chicos. El recreo en ese patio era, visto a la distancia, un salvaje todos contra todos. Pequeñas –y grandes- bestias, literalmente. Todavía hoy se siguen riendo cuando Tairon cuenta cómo el Sapo le estampó un helado-escupitajo en la cara a uno más chico que se había amurado al arco para que nadie lo saque.

En ese patio hiciste tus primeros amigos, con los que después compartiste el club. Amigos de la vida. Muchos se siguen viendo después de más de medio siglo. Nano, Brignon, el Larva, Ezequiel, Fernandito, el Mono, el Gaita, el Flaco, el Negro, el Rusito, Tito, Ferni, el Sapo, el Cabezón (Mané), Boqui, Lucho, el Tuti, el Nazo, Diego, el Culón, el Yankee, la Garza. Luego, en secundaria, llegaron otros, como Tairon y Willie. Son los que siempre llevarás en el corazón, tus compañeros de banco y de aventuras. Todos ellos iban a tu mismo colegio, compartían el B y, claro, los partidos y recreos en ese patio. Nano, vos, Ezequiel, Ferni, el Cabezón, el Sapo y el Tuti formaban el equipo titular del B.

En el baño del fondo del patio, debajo de la escalera, fumaste, a escondidas, tu primer cigarrillo, y ahí planeaban las jodas y a quién joder. Sí, eran muy crueles. No estaba bueno, pensás, viéndolo a la distancia. En el patio, donde primaba la ley del más fuerte, se organizaban las peleas, que luego se desarrollaban en Copérnico, en la bajada de la Biblioteca Nacional, sobre Agüero, o en el Monumento que está frente a la Embajada Británica, donde en el secundario iban a tomar sol después de clases o cuando se hacían la rata. Esas peleas eran “el” acontecimiento. Iban todos. Como iban todos a los partidos de rugby o a los de polo. Esos días se paralizaba el colegio.

En ese patio pasaste uno de los momentos de más susto entrando a la adolescencia cuando los curas habían sacado a todo el colegio al patio por alguna tropelía que habían hecho los más grandes. Pidieron que no volara ni una mosca, y vos te reíste. Veinticuatro amonestaciones y era mayo. Una más y te quedabas afuera del colegio. Viste al otro día cómo tu madre entraba para hablar con el secretario y viste otro día cómo tu padre hacía lo mismo. Los habían llamado para decirle que una más y te echaban. Estabas en primer año.

En ese patio, donde se formaba fila y se tomaba distancia, casi a modo militar, y donde los curas los corrían a los alumnos para pegarles con el puntero en los dedos, pasaste a tener pantalones largos para siempre. Y en ese patio, ya en tercer año, planeabas con tu hermano de la vida, el Larva, ir a la salida del colegio de mujeres Río de la Plata para buscar chicas. Y ahí mismo armaban dónde iban a ir los viernes y sábados a la noche. Fue, de alguna manera, ese patio, la puerta a la noche. También fue la puerta de salida hacia la Universidad y el trabajo. Todavía tenés la foto del cura Faustino dándote el diploma y de tu padre poniéndote la medalla en el ojal del traje, el segundo traje de tu vida, el día que egresaste y que sentiste que se iba una parte de tu historia. O que se quedaba para siempre.

……………….

Faustino estaba en esa cena de los “Antiguos”. Igual que siempre, con una prestancia impecable. Te recordó a tus padres y recordaste que siempre les agradecerás, entre tantas cosas, que te hayan mandado a ese colegio y que, de esa manera, hayas transitado la primera parte de tu vida en ese patio. Faustino y Cipriano, que era el director cuando entraste a primer grado, también te recordaron esa noche cómo eras un chiquito que ibas corriendo siempre de un lado al otro. Los dos lo graficaban con una de sus manos haciendo la forma de zigzag.

En el patio, más tarde, cuando te quedaste solo, te veías a vos de chico, corriendo de un lado para el otro. Te quisiste. Te reíste al pasar la película hacia atrás y verte. Te veías como si fuese esa noche en la que volviste al patio. Eras un niño feliz. Diste gracias. Y te quedaste con esa imagen, la del chiquito, tan chiquito que siempre era el primero de la fila, corriendo, buscando vaya a saber qué.

Te hiciste muchos otros goles en contra en tu vida y sentiste vergüenza otras muchas veces. Pero como aquella vez, cuando tenías a tu abuelo al lado, pudiste salir hacia delante. Y acá estás, de nuevo, mirando y mirando ese patio. A los arcos que descansan, a esa pared de Austria que ahora está derecha, a las rejas que lo separan de la Iglesia, al baño del fondo, a las escaleras, a los balcones, esos que vos, en tus relatos imaginarios, los transformabas en tribunas repletas gritando tus goles y los de tu equipo, el seleccionado del B y al del colegio, que tenía algunos del A, claro, porque los del A eran los mejores, siempre les ganaban a los del B, pero a los del B los querían todos.

Pasaste muchas más horas de tu vida en otros lugares. En tus distintas casas, en las redacciones, en la escuela, en las reuniones, pero ese patio es el patio de tu vida.

JB

A mis amigos y compañeros del B de la camada 1975 del Colegio San Agustín.

Calcuta

Clasificado bajo 6 Naciones, Invitados, Textos | el 05-02-2016 |

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Mañana arranca el 6 Naciones y en la primera fecha se enfrentarán Escocia e Inglaterra, reeditando el duelo por el trofeo más antiguo del rugby. La pluma de Ricardo Sabanes recuerda aquí un episodio de uno de esos enfrentamientos. Material de lectura indispensable.

……..

Por Ricardo Sabanes

El 5 de marzo de 1998 Escocia e Inglaterra se enfrentaron en Murrayfield por el Five Nations Championship. Desesperados por una victoria, los de la Rosa controlaron la posesión, pero pese a tener unos backs con mucho talento, hicieron muy poco con la pelota.

Con acusaciones cruzadas entre los coaches de utilizar tácticas negativas y mucha animosidad, el encuentro terminó con una victoria 9-6 para la visita, con dos penales para cada bando y, sobre el final, un drop de Rob Andrew que selló el resultado de un partido para el olvido, en el que Inglaterra retuvo la Calcutta Cup.

Para el olvido deportivo, porque lo que sucedió después fue un caos.

Las tensiones entre los dos planteles, y entre los escoceses con sus dirigentes,eran evidentes durante el banquete –generoso en alcohol– posterior al partido que tuvo lugar en el Calton Hotel.

“En esos tiempos uno se sentaba y había una botella de whisky en la mesa. Era una invitación al desastre”, comenta Dean Richards, el octavo inglés en ese partido (no sólo famoso por su Bloodgate en Harlequins, y actual coach de Newcastle). “Fue una de esas cenas en que sabes que todo va a salir mal”.

Las mesas estaban mezcladas, había frustración en los jugadores, y sin dirigentes para controlarlos, las cosas se fueron de las manos. La enemistad entre los jugadores locales y su comité explotó cuando una lluvia de comida cayó sobre los directivos escoceses en la mesa principal.

“Fue bastante bulliciosa, pero como lo eran muchas cenas en esos días. Se consumió mucho alcohol, lo que no es muy recomendable para los estómagos vacíos luego de ochenta minutos de un Test.”, dijo John Jeffrey, ala escocés.

“Me ofrecieron la Calcutta Cup para tomar un sorbo y cuando me incliné me volcaron el champagne encima. Cuando pude aclarar la vista vi salir a Richardsy Jeffrey con la copa en las manos a la noche de Edimburgo”, agrega Brian Moore, esa tarde hooker de Inglaterra.

Calcuta foto 1

Los vieron cruzar Waverley Bridge, cerca del hotel, pasándose la copa como una pelota de rugby. Richards y Jeffrey no se destacaban por un gran handling ni cuando estaban sobrios y sobrevino el desastre: la copa cayó al suelo muchas veces, se abolló, las asas se doblaron sin remedio. El recorrido terminó en el nightclub de Buster Brown, con Richards y Jeffrey abrazados y el trofeo deformado en las manos.

“La copa quedó horriblemente dañada”, confesó Richards. “Recuerdo mirar la copa de regreso al hotel y pensar ‘Mmmm, vamos a tener un problema’”, agregó Jeffrey.

Tras el escándalo, la RFU suspendió a Dean Richards por un partido, mientras la SRU le dio seis meses de pena a John Jeffrey.
El trofeo sufrió tantos daños que los joyeros Hamilton & Inches, contratados para la restauración, no lograron reproducir el original, que ya no se entrega al ganador del partido, hubo que hacer una réplica.

¿Qué hubiesen sentido, de estar vivos, los fundadores del Calcutta Football Club? En 1878 el club debió disolverse por falta de jugadores e interés en el rugby. Algunos, con algo de malicia, agregan que el motivo verdadero fue el cierre de la barra libre. Los miembros retiraron las 270 rupias de plata que tenían en el banco y le encargaron a un artesano indio que las fundiera y diseñara un trofeo.

La copa fue donada a la RFU para que fuese usada “de la mejor manera en algo duradero para la buena causa del Rugby Football”. En realidad, la Calcutta Cup fue entregada con la idea de que compitiera con la popular FA Cup de los primos de la Football Association, en un torneo para los clubes de rugby.

Incómoda, la RFU, para la que todo tipo de competencia con ganadores era el camino al profesionalismo, reservó la copa para encuentros internacionales y el 10 de marzo de 1879 la puso en juego por primera vez en el partido Escocia-Inglaterra jugado en Edimburgo que terminó… ¡1 a 1!

Hacia 1890 tanto Gales como Irlanda habían mejorado su rugby para obtener, ellos también, algunos de los torneos de las Home Nations (antecesor del Four Nations Championship). Con cierta razón pidieron que la Calcutta Cup se otorgase al ganador de la serie anual, pero tanto Inglaterra como Escocia, argumentando alguna tradición, prefirieron no compartirla con los recién llegados…

De este modo, el trofeo internacional más antiguo del rugby llega a su disputa 122 el sábado 6 de febrero, en Murrayfield. Inglaterra lo ganó 68 veces, Escocia 39 y hubo 14 empates, incluido el primer partido, y una noche para el olvido.

¿Quién se quedará con las 270 rupias de plata? ¿Será Flower of Scotland o Sweet Chariot? Quien sea, deberán tomar recaudos a la hora de los brindis.



<em>La Calcuta Cup ahora</em>.</p>
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Preguntas

Clasificado bajo Medios, Textos | el 20-11-2015 |

1

John Carlin escribió el libro El factor humano, el que retrata, haciendo eje en Nelson Mandela, al Mundial con más historia de la historia: Sudáfrica 1995. Después de la final de Inglaterra 2015, escribió éste lúcido artículo en el diario El País de España. Vale la pena leerlo.

 

Chuchu

Clasificado bajo Sitios, Textos | el 29-07-2015 |

18

Una drástica nota del periodista Patricio Guzmán en Rugby Champagne sobre la actual situación del jugador tucumano José Chuchu Basile. Guzmán me merece la mayor confianza porque es el que más ha estado al lado de Chuchu desde que sufrió el accidente, que se produjo cuando fue a tacklear a un rival.

 

Cesitar

Clasificado bajo General, Invitados, Textos | el 11-03-2015 |

17

Semblanza de César Silveyra, escrita por su amigo Marcos Julianes.

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Hay una sentencia popular que desprecia a quienes se jactan de tener ” muchos amigos”… Sería señal de no tener amigos o de no entender la amistad. ¿Quién no ha citado a Roberto Carlos con sorna por su millón de amigos?

Se nos acaba de ir alguien, el único que conozco, que dio por tierra con tal precepto: soy uno de los muchos, tal vez cientos, que nos llenamos el pecho diciendo que somos amigos de César Silveyra. Sólo que en este caso, el mérito es de él, pues sólo un tipo DISTINTO pudo hacerlo. Y ojo que no hablo de las humanas treguas que damos en las vísperas…..hablo de una persona que anduvo por el mundo con el corazón abierto cosechando amigos desde la primaria hasta sus últimos días, en los ámbitos más diversos, incluyendo el rugby, o con el rugby como primera fuente, en varios clubes pero especialmente su club el SIC, donde nació creció y ayer se despidió.

La otra pata que lo hace único es que, en el buen sentido, no registra enemigos; y no es que quisiera a todo el mundo, pero tuvo también el don especial de no tener hendijas en su nobleza por donde pudiera colarse una enemistad. Si alguien quiso ser su enemigo, no encontró manera de llevarlo a cabo. También me consta esto.

La crónica más “común” dice que fue un rugbier de los veros. Hijo dilecto del SIC al que llegó de la mano de su padre, Cesitar, jugador y campeón de Primera en los finales de los setenta, entrenador de todas las divisiones hasta la intermedia (mereció entrenar la Primera con el Corto Ramallo en los 90 pero no se dio). En los 2000 presidente de su club.

Tal vez lo más colorido de destacar fue que lideró aquel original e histórico equipo de Preintermedia, cuando empezaba a existir esta división, que dieron en llamar “Electris Circus” y que supo alegrar la vida del SIC en los 80 con sus terceros tiempos, sus fiestas, sus giras, su espíritu de rugby y su hermana rivalidad con sus pares del CASI. No por nada el Veco Villegas era fana de ese equipo mezcla de bohemia y caballerosidad que César capitaneaba con su gracia sin igual y sus monólogos que todos, incluyendo rivales, esperábamos y alentábamos.

En lo personal, mucho para decir en 30 años de amistad, pero se trata de representar a esos cientos o miles de humanos a quien César nos hizo más buenos y más felices. Los que lo conocemos sabemos lo mucho, lo muchísimo que lo vamos a extrañar y recordar.

Lectura

Clasificado bajo Blogs, Redes sociales, Sitios, Textos | el 27-11-2014 |

65

Ante todo, gracias por todo lo que he aprendido leyendo de ustedes en estos días en los cuales mi trabajo fue para el diario La Nación. Cuando se discute y se plantean las situaciones con respeto y altura, los diálogos que se reproducen aquí son altamente enriquecedores.  Las nuevas tecnologías han eliminado, entre otras cosas maravillosas, los intermediarios. Es un camino directo periodista-lector donde el lector es, por sobre todas las cosas, protagonista. La palabra de un periodista o -mucho menos- de un medio ya no es más, afortunadamente, única. Todos nos retroalimentamos y aprendemos. No es un slogan ni un lugar común cuando digo que este blog no sería posible sin ustedes no sólo porque lo leen, sino porque lo hacen.

Les dejo aquí dos hermosos textos. Uno, que descubrí gracias a María, titular en el XV de periodismo-rugby. Publicado en el muy buen blog Mohicanos. El otro, una joyita sobre la pertenencia, que pesqué en Facebook y que salió en el sitio de Carlos Paz Rugby.

 

Amigos

Clasificado bajo Sensaciones, Textos | el 29-10-2014 |

4

Texto extraído del muro de Facebook Juan Chaqueto Campero. Exacta definición del rugby.

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No es mentira lo que aprendes de chico. El mayor tesoro del rugby siempre serán los amigos. A todos mis amigos muchas gracias por el cariño y por acompañar con tanta felicidad y alegría en la hora del retiro. Los de la 79 y la 78 con quienes compartí lo mejor desde chicos. Tantos otros amigos de otros clubes que se ocuparon de hacer llegar sus saludos, a ellos también gracias. Y gracias a este grandioso equipo de grandes amigos que con quienes dejé la cancha dando todo por la primera del CASI. Desde cualquier otro lugar, el amor por esta gente seguirá intacto, y ese es el gran premio que me dejó este deporte.

Contar

Clasificado bajo Invitados, Libros, Textos | el 08-10-2014 |

5

Tapa libro Ariel

Este post abarca a dos grandes amigos y brillantes periodistas. Ariel Scher es un tipo esencial. A mi juicio, el mejor periodista que escribe de deportes en la Argentina porque, entre tantas otras cosas, no escribe sólo de deportes. Acaba de editar un nuevo libro: Contar el Juego (Capital Intelectual), en el cual establece las relaciones de 9 escritores con el deporte. Por sus páginas desfilan Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Eduardo Sacheri, Haroldo Conti, Juan Sasturain, Roberto Fontanarrosa, Rodolfo Braceli, Osvaldo Soriano y Martín Caparrós.

Y otro gran amigo y periodista, Julio Marini, también como Ariel compañero en mis tiempos en Clarín, escribió esta crítica.

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Por Julio Marini

Hay periodistas. Hay escritores. Hay periodistas que hacen de la literatura su segundo hogar y hay escritores que desde el periodismo cuentan historias que colman tanto como sus libros. Ariel Scher es todos y cada uno de esos periodistas y de esos escritores. Y en su último trabajo, un regalo para todos nosotros, cuenta el juego como pocos y hace que nuevamente la literatura y el deporte se fusionen desde su propio talento y desde el espacio en el que muchos hemos alimentado nuestros sueños en textos y en obras de nueve especiales escritores.

Contar el Juego, para Ariel es haber vivido el juego, o todos los juegos del juego. Escondido en cada deporte y comenzando y volviendo invariablemente al fútbol: el padre, la madre o el hermano mayor de todos los deportes para los argentinos. Y, de alguna manera, para esos nueve escritores que desde distintos lugares de este país fundieron sus ilusiones de levantar los brazos triunfantes tanto como las de expresarse desde la correcta y hermosa sensación de acomodar las palabras para darle forma a un poema, un cuento o una novela.

Eduardo Sacheri y la ficción jugueteando con la realidad en ese gol convertido y evitado. O el fenomenal Bochini, como cuenta Ariel, “que impregnó paginas de Sacheri por muchos motivos, entre ellos porque sus jugadas rompían las fronteras de la realidad, algo que la literatura todo el tiempo propone como pacto”.

Julio Cortázar y ese nocáut fulminante en el tablero de ajedrez. Y como dice Scher: “Sólo se es si se juega, parece avisarle, generoso, a todas las personas de su tiempo y a todas las que vendrán (…) Cortázar es un juego que todo el tiempo vuelve a empezar”.

Osvaldo Soriano, ese con vocación de crack de la pelota que la realidad de la ficción convirtió en escritor y en periodista. Tal vez sólo para demostrar que el “fútbol es una patria dentro de la patria”, como bien recuerda Ariel. Y ahí va Roberto Fontanarrosa, cuya literatura “es un sinfín de sonrisas y muchas de esas sonrisas se afincan en las pulsaciones futboleras de las edades primeras”, dice el autor.

Y también va Juan Sasturain, “un experto en reunir mundos (…) Si algunas visiones tradicionales divorciaban el fútbol de la literatura, el ofició el matrimonio; si la historieta –otra de sus pasiones y uno de sus saberes- permanecía escindida del campo académico, el edificó un puente”, concluye generosamente Ariel.

Por supuesto Adolfo Bioy Casares, propietario de todas las palabras y de todos los talentos, quien simplemente en muchísimos de sus días, a la hora de los premios o de la charla coloquial, reconoció que su pasión deportiva, en particular su intensísimo vínculo con el tenis. Y va por supuesto Rodolfo Braceli, “cronista de mil acontecimientos”, eterno admirador de Nicolino Locche, confrontador y amigo de Antonio Di Benedetto, escritor esencial. Y finalmente Martín Caparrós, que como sintetiza Ariel, de Boca es y de fútbol vive. Desde sus sueños de jugador, su pasión azul y amarilla, sus días en la lejanía del país doloroso y el Mundial 78. El nexo, al cabo, entre su padre que lo llevaba a ver a River y su hijo bostero, como él.

Todo eso hizo Ariel Scher en este libro. Juntó a nueve. Casi armó un equipo. ¿Qué faltan dos? No. De 10 juega Scher y al arco… Al arco va cualquiera. Si el tema es mirar cómo juegan el juego los que cuentan el juego.

Cristiano

Clasificado bajo Textos | el 06-10-2014 |

29

Ya escribimos sobre el periodista español Fermín de la Calle, maestro de las palabras y fervoroso admirador de la historia de Los Pumas. Acá, otra joyita suya. Una carta a Cristiano Ronaldo.