Para ir entrando en clima de lo que pasó hace exactamente un año.
¿Sigue emocionando? Sí, claro. El 7 de septiembre del 2007, Los Pumas dejaban nocaut a Francia, ante una multitud en el mismísimo Stade de France de París y nada menos que en el partido inaugural del Mundial. Se utiliza un término boxístico porque antes, en la previa y en el partido, el seleccionado argentino fue colocando golpes a lo Monzón, minando de a poco y hasta dejar por el suelo al orgullo anticipado del poderoso dueño de casa. Vale, entonces, el recuerdo de aquellas horas en una de las ciudades más bellas del mundo y de las cuales tuve el privilegio de poder vivirlas como periodista.
Llegué a París el martes 4 con la sensación de que Los Pumas no iban a poder con Francia. Eran demasiados los factores en contra. Sin embargo, mi térmica empezó a cambiar ni bien tomé contacto con el campamento instalado en la desde ese momento inolvidable Enghein les Bains. Una práctica, una rueda de prensa y frases y gestos del equipo ya sirvieron para empezar a creer que la gesta era posible.
Desordenadamente, citaré algunas percepciones correspondientes al antes: el temor que empezó a helar la sangre de los franceses una vez que se enteraron que Juan Martín Hernández iba a ser el apertura; la unidad inquebrantable que se respiraba en todo el plantel argentino; la confianza que exhibía Marcelo Loffreda dentro de su estructura de pocas expresiones; las palabras de Agustín Pichot, con las ideas clarísimas de por donde se le podía ganar a Francia; la seguridad extrema de Ignacio Corleto (“claro que le podemos ganar”); la tranquilidad pasmosa de Manuel Contepomi, integrante del cuarteto, junto a Pichot, Mario Ledesma e Ignacio Fernández Lobbe, que iba por su tercer partido inaugural. El jueves, antes de escribir el anuncio, tenía ya una gran esperanza transmitida por estos Pumas. Y así en lo testifiqué en este mismo blog.
En el momento de los himnos, me terminé de convencer. Estábamos todos ante una noche histórica. Francia iba a tener que hacer más de la cuenta para ganarle a esos Pumas sedientos de gloria. Recuerdo que cuando terminó el himno argentino, nos miramos con Pablo Mamone, y ambos ensayamos un gesto parecido al de Lucas Ostiglia.
Ya en el partido, el otro golpe vino de arranque, con Los Pumas maniatando a una Francia nerviosa y presionada. Ese era uno de los puntos del plan. Felipe Contepomi no falló nada a los palos hasta que vino esta jugada que vimos una y mil veces y que la seguiremos mirando.
Maduraba el nocaut, como dice un relator de boxeo. Pero faltaban algunos golpes más. Francia sintió que su suerte estaba echada cuando Los Pumas resistieron su ingoal en los primeros minutos del segundo tiempo. Como en el final ante Irlanda en el 99. No iba a entrar nadie a la trinchera argentina. Y así fue. Pero los locales, más que nada el público, creyeron tener otra esperanza cuando entró Sebastien Chabal, a quien desde los afiches de prensa y de marketing lo suponían el guerrero que les iba a dar ganada todas las batallas. Tembló en serio el Stade de France cuando Bernard Laporte lo mandó a la cancha. Primero lo bajó Lucas Borges y, después, Felipe, de un enorme partido, lo esperó cuando el grandote con pinta de malo venía lanzado y lo terminó acostando de traste. Esa terminó siendo la trompada del nocaut. Francia no se levantó más y sólo esperó la cuenta.
Otros recuerdos de los minutos finales: Los Pumas tirándose de cabeza en cualquier pelota suelta, empujando para atrás a los franceses con tackles cargados de fiereza, la tensión en el ambiente. El mensaje a través del celular de Marcela, su mujer, a Mamone: “Cuidá el corazón”. Mi ruego en voz alta (“No quiero escribir de nuevo que Los Pumas estuvieron al borde de la hazaña”) cuando Felipe falló uno de los dos penales del final; cómo me temblaba la mano al escribir mis desordenados apuntes.
Y el final. El no entender nada de lo que estaba pasando de los periodistas franceses. Los rostros felices y exultantes de los argentinos. Recuerdo haber agradecido estar presente en ese momento y en ese lugar cuando cerca de la 1 del sábado terminé de escribir apurado la crónica porque se iba el micro y no tenía otra forma de salir del Stade. El viaje hasta la Bastilla y, después, las más de cuarenta cuadras caminando hasta el hotel -”estás acá nomás”, me dijo alguien- cargando la pesada computadora en el medio de una París huérfana de taxis, subtes y colectivos e iluminada por sus inagotables focos y por una luna increíble. Sí, caminar esa madrugada por París, después de todo lo vivido, resultó una experiencia digna de ser contada.
Sabias palabras las de Pichot cuando paró el festejo en el césped y juntó a la tropa: “Esto recién empieza”. Al otro día, tempranito, había que marchar a Lyon. Sí, recién empezaba. Hoy se cumple un año. Y no se olvidará mientras haya vida.
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Pichot