Siempre es bienvenido un libro. Por eso, y también porque se trata de gente amiga, aquí hay un espacio para Mujeres con pelotas, de Ediciones Deldragón, y que ya está en todas las librerías del país.
Es una Antología de 23 cuentos escritos por mujeres y que abarcan la redonda, pero en los que, de algún modo, se coló la ovalada, como lo refleja este texto de María Isabel Clucellas, titulado Rayas Rojas y Blancas.
¿Football? ¿Fútbol?
Veo un ropero antiguo de puerta amplia y cajón desganado que abarca el mueble de extremo a extremo casi a ras del piso.
Por el ventanuco del lavadero, sombras juguetonas bailan al compás del viento. Contra la pared, un filtro de loza blanca luce salpicaduras ocres y deja escapar gotas de agua dentro de la pileta de piedra. Afuera, agapantos azules delinean el camino que lleva a…
Pero no. Llueve y estoy en el lavadero. Abrir el cajón mal encajado exige considerable esfuerzo. Reacio a los tirones, cede y se desliza al fin por las correderas. Rechina la madera pesada y deja escapar un olor a rancio, a encierro, a viejo.
Revuelvo su contenido y enumero: una raqueta de tennis, roble y tripa, con su prensa; una máscara de esgrima, puro alambre oxidado y rebordes de lona amarillenta; un par de botines, el cuero endurecido, los cordones ausentes; varias medias hechas jirones que sólo podrían servir para contener plumeros; una ¿camiseta? a rayas; un trompo de latón despintado.
Nada sirve, todo entretiene. Tarde de lluvia. Imposible andar por los caminos de granza, allá, donde el agua rebota y burbujea.
¿Football? ¿Fútbol?
Tras la camiseta se agazapa el recuerdo.
Franjas rojas y otras que fueron blancas, anchas, generosas, alternaban su verticalidad de algodón indestructible. Cuando la descubrí no tenía yo más de diez años y quien la había usado era ya viejo.
Sus pantorrillas, amacetadas por el deporte, mostraban una red de venas azules que a veces exponía al sol, los pantalones arremangados hasta la rodilla, para recibir los rayos benéficos.
Un entorno de pelo blanco subrayaba su calvicie noble y sesuda. Medalla de oro de una facultad recién estrenada, dos títulos universitarios, una profesión plasmada en empresa, el respeto de amigos y colaboradores. Bajo perfil, pocas palabras y, muy adentro, en el fondo, la timidez del sabio junto a la confianza serena en el propio conocimiento.
Rayas rojas y blancas. Entonces el football era amateur, había que tener ganas y garra, persistencia, sumar puntos con la camiseta. También con los libros. Él lo hizo y una tarde de agosto se fue, en silencio, como había vivido, dejándonos desiertos.
¡Ha pasado tiempo!
El día de aquel descubrimiento, ese día de lluvia, el del cajón oloroso de recuerdos, tenía yo pocos años; hoy tengo nietos.
Los visito. El mayor recién alcanza mi edad de entonces. Sale a recibirme. Lo miro fijo a los ojos y le señalo la ropa que lleva puesta. Rayas rojas y blancas.
—Alumni —dice con una pizca de orgullo. No tiene noticia alguna de aquel ancestro, un alma sencilla, un sabio, un deportista imbatible que empieza a perderse en la bruma de aquellos años tan distantes, de aquellos años tan viejos.











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