Ellis Park

Clasificado bajo Especial, Historias, Pumas-Boks | el 07-08-2008 |

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Una gira de Los Pumitas por Ciudad del Cabo en marzo de 1997 me dio la oportunidad de conocer el mítico Ellis Park de Johannesburgo, ese estadio donde Los Pumas dieron el salto internacional tras vencer a los Juniors Springboks por 11-6. Fue un 16 de junio de 1965 y ese día quedó inmortalizada una de las fotos más emblemáticas del rugby argentino: la palomita de Marcelo Pascual. Claro que en ese tiempo no se trataba de la misma construcción de ahora, ya que fue remodelado en 1982, año en el cual otro equipo con 15 argentinos, aunque con la camiseta de Sudamérica XV, vencieron a los Springboks en Bloemfontein.

Los Pumas jugarán allí el sábado por tercera vez en la historia. La otra fue el 15 de octubre de 1994. Con Marcelo Loffreda como capitán, se perdió por 46-26, pero lo que quedó registrado fue que José Luis Cilley fue derecho del aeropuerto a la cancha y se anotó con un try, cuatro penales y dos conversiones.

El Ellis Park, inaugurado en 1928, es de esos lugares donde uno siente que está caminando sobre la historia. Enclavado en un barrio populoso en el cual es casi imposible ver un blanco por las calles y rodeado de decenas de tiendas, muchas de ellas con souvenirs rugbístico (ideal para aquellos que coleccionan corbatas de giras o series), el estadio es uno de los templos del rugby, aunque cuando fui lo que lucía en la entrada principal era un póster gigante que rememoraba el encuentro que en 1995, poco antes del Mundial, habían jugado allí las selecciones de fútbol de la Argentina y Sudáfrica, con un empate en 1.

Pero sólo esa era la referencia al fútbol. Ya adentro, otro póster, todavía más grande, retrataba el momento más glorioso del rugby sudafricano: aquel envio al cielo de Joel Stransky que significó la victoria ante los All Blacks en la final del Mundial. Sólo llevaba una leyenda: The Drop.

Fui hasta allí aprovechando que por el entonces Súper 12, habían llegado los Brumbies de Patricio Noriega y que en Johannesburgo se acababa de instalar otro Pato, Roberto Grau, para iniciar su carrera profesional en el Gauteng Lions. Vi el partido, pero a la mañana siguiente, antes de regresar a Ciudad del Cabo, los junté para una nota en Clarín. No era, convengamos, épocas de rugbiers argentinos actuando en el exterior. Tiempo después, ambos se sacaron chispas en el test del Monumental entre Pumas y Wallabies.

En estos días, Nicolás Balinotti, el enviado especial de La Nación, reflejó en una crónica el temor que genera caminar por las calles de Johannesburgo. Lo viví en carne propia en aquel 1997. Llegué confiado después de haber disfrutado del día y la noche de la bellísima Ciudad del Cabo y mi intención era dar unas vueltas por esa ciudad donde se concentra la mayor población de Africa del Sur.

Con una recomendación de mi gran amigo y guía Pablo Mamone tenía como objetivo cenar el sábado en un especie de Hard Rock al que me dijo que iban los All Blacks en el 95. Estaba a unas tres cuadras del hotel en el que me alojé, que enfrente tenía una enorme avenida que por la velocidad que le imprimían los automovilistas parecía una autopista.

Luego de dejar mi bolso en la habitación, le pregunté a la recepcionista dónde estaba ese bar y cómo llegar. “Ya no está más”, me contestó. “¿Y hay otro lugar por aquí cerca para comer?”, insistí. “Sí, a cuatro cuadras, pero le pido que no salga del hotel. Coma acá”, respondió amable, pero enérgica.

Como muchas veces no le hago caso a mi instinto de supervivencia, decidí no tener en cuenta el consejo y encaré para donde estaba el restaurante. Ya era casi de noche. En la primera cuadra sentí algo de escozor por cómo me miraban los que pasaban con los autos. En la segunda, me empezaron a temblar las piernas cuando las miradas ya tenían otro tono. Opté por lo mejor: regresé y cené en el hotel junto a Noriega, que también se alojaba allí.

Al otro día fui hasta el Ellis Park. Bien temprano como para recorrer todas sus adyacencias. Cuando concluyó el partido y el tercer tiempo ya era otra vez de noche. Le pedí un taxi al hombre que custodiaba la puerta por donde ingresaban los periodistas. “Sí, pero espere adentro. Cuando llegue, yo le aviso. No se le ocurra salir”, me dijo, también amable y enérgico. Al llegar el auto, pude adivinar en el afrikkans que hablaban que el hombre le daba precisas instrucciones al chofer de que me tenía que acompañar hasta entrar al hotel. Así fue.

En el camino divisé las mansiones amuralladas y con alambre de púas. Y también las construcciones sumamente precarias que abundaban. Me di el gran lujo de estar en el Ellis Park, pero confieso que me hubiese gustado quedarme un tiempito más en Johannesburgo para recorrerla más en extenso y conocer su cultura. Pero de día, claro.

Comentarios (5)

Lagos era como yo pensaba en tu vida jugaste al Rugby mezclas todo…
Para vos no se escribe RUGBY sino que se escribe RADBI

Me olvidaba JB me encanta tu pagina y es muy bueno lo que escribis aunque lo bankes a “LAKES” ajjajaja
Yo tambien tengo amigos como el que nunca jugaron al rugby y tambien los banco a ellos aunque me joda un poco cuando opinan sin saber

juan rio:
cual es el comentario de lagos, ahora????

La cosa en S.A. no dista mucho de ser lo que era antes, y no se si no es peor.
Pero lo triste, Sr. Búsico, es que eso antes no pasaba aquí en Argentina, y hoy le van a decir lo mismo, por ejemplo, si se le antoja cruzar desde ese “famoso hotel de la zona de retiro” a ver la mal denominada torre de los ingleses, o ir a leer la nómina de soldados caídos en Malvinas.
(-.– River, te quejás del tal lagos -creído en personaje- pero le das chapa… así se la va a creer más¡¡¡¡ -un poco de humor-)

no lo ayo muy inportante la informacion q busco

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