El título responde también a que acepto que esto que estoy escribiendo se tilde de esa manera. Reconozco, además, que muchos se puedan preguntar con toda la razón de qué se trata esto en este espacio. Pero ocurre que desde hace un largo tiempo, en esta época del año, esté donde esté, me entrego a lo que ofrece desde la televisión el fútbol americano. Por eso este domingo intentaré acomodarme frente a la pantalla para ver el Superbowl (la final, en nuestro lenguaje) XLII entre los New England Patriots y los New York Giants en la Universidad de Phoenix, Arizona (en directo por Fox Sports a partir de las 20).
Busco enseguida relaciones con el rugby. Y claro que las hay. No sólo por la forma de la pelota, por los tackles o por el parecido de los palos, sino porque el deporte que tanto apasiona a los norteamericanos y que representa un fenómeno absoluto en sí mismo -ya se verán algunas causas- nació precisamente de una mezcla entre el rugby y el fútbol. Fue en 1876 -53 años después de que William Webb Ellis tomara una redonda y saliera corriendo-, invento de unos estudiantes de la Universidad de Springfield, Massachussets.
Pero hay más vínculos. El más cercano entre nosotros tiene que ver con Gonzalo Quesada, quien en el 2002, y aún con el impulso de haber sido el goleador del Mundial de 1999, se probó como pateador en un reclutamiento que poseía IMG (la empresa que lo representaba) en Brandenton, Tampa, en la Florida norteamericana. También existió alguna vez un acercamiento a Hugo Porta. Y a comienzos de los 70 se rumoreó que agentes del fútbol americano habían puesto los ojos en Miguel Cutler, aquel excelente medio scrum y pateador del imbatible San Isidro Club (SIC) dirigido por Carlos Veco Villegas y Emilio Perasso, que, por si fuese poco, también contaba con un pie infalibe en su apertura, Fernando González Victorica.

Quesada y la ovalada más chica. Foto: www.rugbytime.com.ar
Siguiendo con la línea de los pateadores, el sudafricano Naas Botha, 10 histórico de los Springboks, estuvo dos años como suplente en Dallas, mientras que el fullback escocés Gavin Hastings integró el equipo de los Highlanders, por la Liga de Europa del fútbol americano. ¿Alguna otra relación? Cuando los australianos comenzaron a revolucionar los sistemas defensivos recurrieron a entrenadores de la National Futbol League (NFL).
No es sólo el parecido al rugby lo que me atrapa del fútbol americano, que, confieso, todavía no entiendo del todo sus reglas más allá de las buenas explicaciones del periodista Alvaro Martin por ESPN. Siempre periodísticamente me apasiona todo lo que trasciende más allá de una cancha. Y el fútbol americano es quizá uno de los fenómenos más increíbles, sobre todo porque se trata de un deporte que sólo se practica en un país. Pero, claro, ese país es los Estados Unidos. Y allá, en el Norte, puede asegurarse que el domingo el Superbowl hará olvidar por unas horas toda la problemática de la recesión y la previa al llamado súpermartes que dará inicio a la cuenta regresiva hacia las elecciones presidenciales. Se paraliza en serio. Al punto que suelen hacerse campañas para pedirle a la gente que no vaya toda junta al baño en el entretiempo para evitar colapsos en el sistema cloacal.
Ocho de los diez programas televisivos más vistos en la historia de los Estados Unidos corresponden al Superbowl. Es más: un informe realizado por la consultora inglesa Initiative Sports Future y publicado en el blog de Marcelo Gantman, indica que el ranking de la TV del 2007 en acontecimientos deportivos lo lideró el Superbowl LXI con 97 millones de espectadores. Siempre según esa fuente, el Mundial de rugby se ubicó cuarto. El segundo de la tele se cotiza en oro y, por ejemplo, una entrada para este domingo se ha llegado a ofertar en 16 mil dólares…La transmisión de Fox llegará este año a 220 países.
Porque además el Superbowl tiene su famoso show musical del entretiempo, que también es el espectáculo más visto del año en los Estados Unidos. A ese escenario que se arma y se desarma en cuestión de segundos se han subido, entre otros, Paul McCartney, los Rolling Stones y U2. Y algunos recordarán el escándalo nacional que se generó cuando a Janet Jackson se le vió un pezón, en un episodio que le costó millones de pérdida a la cadena NBC. Este año el halftime será animado por Tom Petty & The Hearthbreakers.
Cada Superbowl encierra, además, una historia. Que casi siempre gira en torno a los mariscales de campo, las grandes estrellas de los equipos. En esta temporada estará por el lado de los Patriots el carilindo Tom Brady, a quien las norteamericanas consideran uno de sus máximos sex symbols, al punto que en el día de prensa de mitad de semana (una jornada en la cual los periodistas disponen de todo el tiempo que quieran a los dos equipos) una cronista mexicana se apareció disfrazada de novia pidiéndole casamiento. Y del otro, Eli Manning, que tiene una historia familiar casi única, pues su hermano Peyton, el más célebre, fue el mariscal de campo campeón del Superbowl del año pasado, pero representando a Indianápolis. El padre de ambos, Archie, también se desempeñó en ese puesto.
Me tocó presenciar el signficado del fútbol americano para la gente que vive en ese país. En diciembre de 1984 viajé a Miami como enviado especial del diario La Razón para cubrir el Orange Bowl que terminaría consagrando a Gabriela Sabatini, con apenas 14 años, como la campeona mundial de tenis más jóven de la historia. En una de las jornadas, ya de noche, salimos del Flamingo Park con Gonzalo Bonadeo y Luis Vinker, enviados de La Nación y Clarín, respectivamente, con la intención de regresar al hotel. Miramos a nuestro alrededor y no había un alma. Empezamos a caminar buscando un taxi. Tampoco había autos recorriendo las calles de una ciudad que en ese momento estaba al borde de la quiebra, muy lejos de la que es hoy. Nos decíamos que la situación no podía dar para tanto. Pero el caso es que tuvimos que caminar casi tres kilómetros hasta llegar a uno de esos Holliday In con paredes de plástico. La conserjería también estaba vacía. Golpeamos nuestras manos y el escritorio, pero nada. En el fondo se escuchaba el sonido que venía de un televisor. Hasta que apareció un hombre que nos miró como si fuesemos marcianos. Le preguntamos qué pasaba. Era que estaba jugando Miami Dolphins un partido clave. Y en ese entonces, el mariscal de campo era Dan Marino, toda una celebridad. Al llegar a la habitación, los tres nos pusimos a ver de qué se trataba eso. Y nos enganchamos. Nos asombró la calidad y la espectacularidad de la televisación. Imaginen: hace ya 23 años…
Desde allí que empecé a interesarme un poco más por un deporte que parece ridículo para nuestras costumbres. Un equipo para atacar, otro para defender, arbitros con pantalones largos y camisas a rayas, cascos, pecheras, hombreras, protectores por todos lados, micrófonos, nada menos que 53 jugadores por plantel…Hasta se me pasaron volando las dos horas y veinte que dura Un domingo cualquiera, la película de Oliver Stone (con el genial Al Pacino como entrenador de un equipo) que retrata de modo visceral al deporte que le ganó la pulseada nacional al béisbol cuando en éste se produjo la famosa huelga de las Grandes Ligas en 1981.
Me atrapa, debo confesarlo. Quizá porque le vea muchos parecidos al rugby. Claro que también muchas cosas me espantan. Como la celebración final. ¿Quién levanta la copa de campeón? ¿El capitán? No ¿El mejor jugador? No ¿El entrenador? No. A quien le dan el premio es al dueño del equipo, al patrón, que, encima, suele decir que ganó él. Bueno, de eso también se trata el fútbol americano.