Una vez de regreso la expectativa giraba en torno a cómo era eso que tanto se escuchaba y se leía desde tan lejos. Ni bien salimos del aropuerto quedó confirmado. El taxista comenzó a explayarse inmediatamente después de la tradicional pregunta “¿de dónde viene?”. Nunca hasta aquí había visto un partido de rugby ni sabía de qué se trataba este deporte. Está contagiado por Los Pumas. Dice que lo mismo le ocurre a familiares, amigos y colegas. Bah, a todos. Cuenta de su emoción por cómo se cantó el himno en el partido inaugural contra los franceses, despotrica contra los franceses, recuerda la alegría y los bocinazos del día del triunfo ante Irlanda, de la bronca por perder con los Springboks y de la comnoción que sintió en el replay, con lujos incluídos, con les bleus. Habla de Pichot como uno más. Y consulta por el 10. “Hernández”, se le responde. No le suena. Quizá un apellido común. “Juan Martín Hernández”, se le agrega. Y ahí sí, lo ubica y habla maravillas de su pegada y de su talento. Primera noción clara de que algo grande, muy importante, ha pasado.
La segunda impresión al volver acá, a casa, es que algunos no se dieron cuenta de que la historia se dio vuelta. Leo y me cuentan del desparramo que armó la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA) con la fecha del fin de semana. Como si no se supiera desde hace tres años que la final del Mundial caía el sábado 20 de octubre. Quizá creyeron -hasta me animaría a decir que unos pocos apostaron- que Los Pumas no iban a hacer historia en este Mundial. No es nuevo. La final del torneo de la URBA del 2003, que deparó nada menos que en un SIC-CASI, fue programada para el mismo día que empezaba el Mundial, con Los Pumas como protagonistas, además. Segunda noción clara de que los cambios que se necesitan demandarán mucho trabajo, porque como dijo Mario Ledesma, también hay enemigos adentro.
El domingo, el día de la vuelta a casa, se insiste, también sirvió para seguir con las buenas noticias que allá, en el país que dejamos hace apenas 24 horas, siguieron a la consagración de Los Pumas con el tercer puesto del Mundial. En la cena anual del International Rugby Board se le otorgó el premio Espíritu del rugby al argentino Nicolás Pueta -escribí su historia en Tercer Tiempo, en Clarín-, quien juega en la primera de San Andrés pese a tener su pierna izquierda amputada por un problema congénito en el fémur. La estatuilla se la entregó Felipe Contepomi. También estaban Agustín Pichot y Hernández. Clarín de hoy señala que una persona comentó: “Ahora entiendo por qué los argentinos juegan con tanta pasión”. Así es. ¿Qué importa entonces que Bryan Habana y los Springboks se hayan llevado merecidamente el resto de las distinciones?
Pueta y los integrantes de estos Pumas sienten el rugby de la misma manera. Como los 46.980 jugadores federados que tiene la Argentina desde los mosquitos hasta las divisiones superiores. Porque este país tiene una cultura rugbística que excede al juego en sí mismo.
Ocurre que Los Pumas no sólo han dado una lección rugbística en cuanto al juego. Rompieron definitivamente con ese puja profesionalismo vs.amateurismo que tanto nos detuvo. Ellos, los jugadores y el cuerpo técnico, demostraron que esa es una pelea que no lleva a nada. Les demostraron a los de adentro que llevan bien alto el espíritu y que no necesitan de largos discursos ni tampoco de pasarse horas en un club para defender las banderas de la esencia de este juego. Les demostraron a los de afuera, a los que defienden el negocio ante todo, que al romanticismo jamás lo matará una billetera.
Esto último fue quizá el mayor logro de Los Pumas si se mira hacia el futuro sin pensar sólo en una competencia internacional. Ya nadie podrá dirigirse a ellos bajo el despectivo mote de “los profetas”. Ya nadie podrá argumentar, como ocurrió en una asamblea llevaba a cabo en la Unión Argentina de Rugby a fines de los 70 cuando se dirimía el ingreso a la Confederación Argentina de Deportes, que “una manzana rica no puede entrar a un cajón lleno de manzanas podridas” (Textual del presidente de ese entonces, Domingo Bereciartúa).
Los Pumas han demostrado, en contra de los mensajes de la modernidad y de la globalización, que las utopías no murieron. Que gozan de buena salud a pesar de muchos. Que se puede jugar el rugby en el más alto nivel si el corazón y el amor por lo que uno siente superan a los problemas de infraestructura. Vale recordarlo. Este equipo se pudo juntar no más de seis semanas por año en el camino del 2003 al 2007 y el presupuesto del rugby argentino es de 2 millones y medio de dólares contra los 163 millones que dispone, por citar un ejemplo, Inglaterra. Pero en el medio se juntaron para prometerse no perder más. Nunca lo dirá, pero Pichot fue el emblema de ese mensaje. El resto tuvo la grandeza de creerle y de seguirlo. Y sí, este equipo tiene la cabeza de su capitán.
Pese a los problemas de infraestructura, Los Pumas fueron los mejores del Mundial después del campeón, que al cabo fue el único que los venció. Perdieron menos que el subcampeón y marcaron tries en todos los partidos, algo que los ingleses no consiguieron en tres. Fueron los reyes del juego sin pelota, asestaron nada menos que 647 tackles en siete test y recibieron apenas 8 tries, la mitad en la noche en la que no salió nada ante los Boks. Marcaron una tendencia en el juego que se vio. Como bien señaló Lisandro Arbizu en una de las columnas que esciribió para La Nación, el Mundial se argentinizó.
Pero no sólo eso. Hay que ser bien grande para ganarle dos veces en un mismo torneo al poderoso dueño de casa. Mucho más como se lo hizo en el partido por el tercer puesto. Porque Francia se lo quiso ganar de guapo y no entendió que históricamente así nunca se le pudo ganar a los argentinos. Y porque ante la polémica por el rugby champagne, también recibió una lección de cómo se juega de manos en una instancia de este tipo. El try de Federico Martin Aramburú, elegido como uno de los cinco más lindos del Mundial, fue una joya para mostrar en todos los clubes. Allí está todo. Voy a confesar algo que rompe con algunos moldes periodísticos: lo grité saltando de mi butaca.
Pero Los Pumas también, como se apuntó antes, dejaron un legado a seguir. Entre las tantas cosas por las que lucharon estuvo en sacar al rugby de su etiqueta elitista. Acá quedó comprobado que el rugby puede ser para todos. Estará en la dirigencia primero aceptarlo y después llevarlo a cabo.
Otro ítem a remarcar ahora que la fiebre todavía está latente es la solidaridad que mostró este equipo, poniéndo bien en alto uno de los valores que más enseña este deporte. Hay Pumas que bien podrían haber llegado a un acuerdo económico importante para jugar en la selección. Pero Pichot, Ledesma, Gonzalo Longo y Felipe Contepomi, por citar a los referentes, fueron por todos. Lo mismo para ellos que para los demás, y sino no había arreglo. Resignaron en pos del conjunto. Por eso este equipo caminó por la vereda del compañerismo. Cada uno sabía que el de al lado iba a dejar todo. Y así es más fácil. Pero debe recordarse también que costó mucho.
Habrá que ver ahora cómo se mantiene en vilo la difusión, que está presente sólo en un par de datos: La Plata Rugby Club lanzó una convocatoria para que los niños inviten a un amigo y en un solo fin de semana concurrieron 78 chicos nuevos. Una radio de Humahuaca se comunicó con el periodista Fernando Soustiel, de Rugby Fun, para pedirle si no podía salir al aire desde París porque en ese rincón de la Argentina los chicos querían jugar el rugby. Estoy seguro que hay decenas de casos más como estos.
Mañana a las 11.30 todos los que estaban en condiciones de regresar a la Argentina (se suman Pichot y Hernández) darán una conferencia de prensa en el Hotel Panamericano, casi enfrente del Obelisco. Empezará ahora sí una rueda de visitas a cuanto programa de televisión exista (una para distender: los jugadores se mueren para que Mirtha Lengrand lo invite a Martín Scelzo a sus almuerzos), los acosará el amarillismo impiadoso, aparecerán los oportunistas de turno de siempre. En fin, los veremos expuestos. Esperemos que no los lastimen.
Sí sabremos que muchos que nunca estaron ahora estarán por un rato hasta que esta fiebre se vaya calmando, porque así es este país. No quisiera dejar de mencionar un hecho vivivo en el Mundial y que quizá resuma cómo se mueve buena parte de la industria periodística. Los dos principales noticieron de canal abierto se acordaron recién de mandar un enviado a Francia tres días antes de la semifinal con los Springboks. Los mandaron de vuelta al otro día de la derrota. Así es todo. Un flash. Toco y me voy, nunca profundizo.
Son las primeras impresiones de la vuelta. Queda mucho por delante, ya sin Mundial.