
Aquella enorme actuación en ese Mundial de mil novecientos noventa y nueve dio paso a lo que se llamó la Pumamanía. Un claro ejemplo de ello fue que el partido con Francia tuvo un rating de 25 puntos para la televisión abierta. Más aún: a fin de año, Gonzalo Quesada recibió el Olimpia de Oro y Agustín Pichot, el Clarín de oro. Otra perla: Queso terminó como goleador del Mundial, con 102 tantos, uno más que el australiano Matt Burke.
Ese Mundial generó, además, un cambio absoluto en la geografía del rugby argentino. La mayoría de los jugadores se fueron a jugar al exterior, principalmente a Francia, en un hecho inédito hasta ahí para lo que Los Pumas estaban acostumbrados. El único que no emigró nunca de aquel equipo fue Santiago Phelan. El resto marchó hacia Francia, Inglaterra e Italia.
Claro que ese cambio no fue captado por la dirigencia, que de golpe se encontró con un seleccionado profesional y una estructura todavía amateur. Y más aún: reacia al cambio. Por eso, aquella Pumamanía sólo se reflejó en el contagio que produjo el equipo en la gente. No movió casi nada la postura de la UAR.
Los jugadores empezaron a ser conocidos, a tener participaciones en casi todos los programas de televisión, en varias publicidades. Esos Pumas se lo habían ganado. Un ejemplo contado por Gonzalo Camardón, uno de los de menos chapa marketinera: “Un día paré a cargar nafta y el tipo me dijo: “¿Qué hacés, Gonzalo?” No lo podía creer”.
Mientras Los Pumas vivían ese momento ya de vuelta en la Argentina, el Mundial seguía su curso. Y Francia, el verdugo de los argentinos en cuartos, daba el mayor golpe en la historia de los Mundiales al eliminar en las semifinales a los All Blacks, en el mítico Twickenham. Fue una actuación soberbia de los franceses, quienes dijeron que el partido con Los Pumas les sirvió de inspiración para voltear al candidato de todos.
En la otra semifinal, los Wallabies australianos vencían a los Springboks sudafricanos con un drop agónico de Stephen Larkham y accedían por segunda vez a una final, tratando de repetir la conquista de mil novecientos noventa y uno.
Y Francia, que ya había dado todo en la semifinal, no fue rival en el partido decisivo jugado en Cardiff. Australia resultó infinitamente superior y terminó ganando por el marcador más holgado en una final (35-12). John Eales, el capitán, y Tim Horan se convertían, además, en los únicos en ganar dos Mundiales.
Se iba así un año inolvidable. Los Pumas lo habían hecho posible.
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