
Tanto Luis Gradín como su asistente Guillermo Lamarca habían quedado conformes con el rendimiento del equipo en el partido contra Australia. Se sabía, de antemano, que ese test era derrota segura y lo más importante era que Los Pumas tomasen confianza con vistas a los dos compromisos que seguían, los que iban a determinar si había o no clasificación hacia los cuartos de final.
Cinco días después del debut ante Australia esperaba Gales. Era una oportunidad casi única. Los Dragones Rojos venían de ser doblegados por Samoa y el ánimo de sus jugadores estaba por el piso, afectados además por la durísima crítica de la prensa local.
En el mismo Arms Park donde Los Pumas estuvieron a punto de concretar una de sus mayores hazañas allá por mil novecientos setenta y seis, los dos se jugaban el todo o nada. La muchedumbre desbordó el estadio pidiendo una victoria de los suyos. Gales tenía, hay que apuntarlo, uno de los peores equipos de su riquísima historia.
Gradín apostó por el mismo equipo que había salido ante Australia, salvo el cambio de Luis Molina por Diego Cash.
Bajo una lluvia torrencial -eso habría impedido que el partido pudiese llegar a la Argentina a través de la tevé por cable-, los dos empezaron a jugar un partido plagado de errores. Los Pumas tuvieron muchísimas chances a través de los penales, pero tanto Guillermo Del Castillo como Eduardo Laborde desperdiciaron una tras otra.
Con muy poco, Gales fue construyendo una victoria que fue de 16-7, pero que estuvo concretada mucho antes, porque el único try argentino, vía Hernán García Simón, llegó sobre el final.
El malhumor quedó reflejado en el capitán Pablo Garretón, quien ni bien terminó el partido se fue corriendo hacia el vestuario.
Los Pumas aún no estaban eliminados. Quedaba Samoa, el desconocido Samoa, por delante. Pero ese golpe en Cardiff estaba claro que iba a ser determinante en el ánimo de todos.
Sigue el martes 3/4