Carlos Ferreira es un brillante periodista que supo integrar aquella famosa redacción de El Gráfico en la década del 70 y principios de los 80. Además, es uno de mis socios en la escuela de periodismo deportivo Deportea. Siempre que hay un test no sólo me cuenta que lo vio entero, sino que me pregunta con precisión sobre cada una de las jugadas. No era muy común hasta hace unos años que gente que no formaba parte del rugby se entusiasmara con las bondades de éste deporte. Sin dudas, el boom que generaron Los Pumas a partir del Mundial de 1999 cambió esta situación. Y Ferreira, un futbolero nato, fue uno de los tantos que se plegó.
Por eso, una tarde le dije: “Carlitos, me gustaría que escribieras algo de lo que te parece el rugby para el blog, así les das a los lectores una mirada desde afuera”. Aceptó, y acá va el texto con la pluma de Carlos Ferreira.
Un día me encontré frente a un televisor exclamando en voz baja: “¡Pero qué boludo!” Es que a un Puma se le había caído la pelota de las manos cuando estaba a pocos metros de lograr un try. Fue más tarde cuando advertí que ver a la selección argentina de rugby empezaba a producirme sentimientos parecidos a los que me provoca la selección argentina de fútbol, al margen de quiénes la integran o quién la dirija.
A partir de ese momento no dejé de ver ni un solo partido del equipo nacional. Pero lo que me extrañó aún más es que, cuando la televisión empezó a integrar al rugby al negocio global, pasé a una segunda etapa: la de ver partidos de equipos neocelandeses, sudafricanos, ingleses, franceses, fijianos. Es decir, todo. Ni qué hablar de los test matches entre selecciones de esos países. Finalmente caí en los torneos de seven, que suelen ponerme más loco que de costumbre si juega Argentina, y que disfruto como el mayor de los entendidos. Ultimamente veo partidos del campeonato local.
Lo curioso de esto es que aún habiendo leído algo acerca de las reglas del juego, sigo sin entenderlo demasiado…más bien nada. Me deslizo sobre la superficie de sus tácticas y estrategias. En realidad, lo que hago es sumergirme en la emoción. El rugby es un juego-batalla, una suerte de combate cuerpo a cuerpo al estilo de los que se daban en la Primera Guerra Mundial, cuando los antagonistas salían de sus trincheras en busca del cuerpo del enemigo. En rugby, sin fusiles, sin bayonetas, a cuerpo gentil…aunque no muy gentil. Algo asi como la guerra por otros medios.
Van y van, chocan y chocan, tienen una pared adelante y van a ella para derribarla, suelen escucharse los ¡ugh! de los camiones en camiseta que se embisten en los scrums y –quiero ser sincero- mi formación futbolera hace que me deje boquiabierto una escena repetida: vuelan dos o tres trompazos entre tipos de ciento veinte kilos, entonces el árbitro los llama, les dice que se porten bien y se acabó. Por suerte existe la tarjeta amarilla, dedicada básicamente a aquellos que le hicieron un implante de tapones de aluminio a un rival.
Creo que el rugby me gusta porque interpreta buena parte de la violencia que uno lleva encima y que apenas si puede expresar con un par de gritos o un puñetazo sobre la mesa. Algo parecido a la confesión del Negro Fontanarrosa, respecto a que había inventado a Boggie el Aceitoso para no tener que matar él mismo.
Adrenalina al márgen, disfruto de los habilidosos, imagino a Juan Martín Hernández jugando al fútbol (¡qué pegada tiene, por favor!), me gustan las pelotas colgadas para que llegue un tren y no pare hasta la línea final, me encantan los que cambian el paso a la carrera y eluden a esas multitudes que suelen poblar el medio campo, me seduce la picardía de los Pichot de cualquier nacionalidad, amo los pases de faja al estilo Ginóbili.
Siempre acepté al básquet como un juego de manos (y por lo tanto de villanos). Desde hace un par de décadas incluyo al rugby, que me ata de piés y manos al televisor. A este juego, además, le adjudicó el haberme disparado ideas aplicables al fútbol. Una de ellas, el trabajo que supone preparar a alguien, desde chico, para que acepte semejantes niveles de roce físico con toda naturalidad y que sea posible utilizar la televisión para despejar dudas sobre una jugada, un recurso que ya llegó al tenis y que no tardará mucho en llegar al fútbol.
Por último, un detalle que sólo puede llamarle la atención a un futbolero: el árbitro hablando todo el tiempo, marcando situaciones, advirtiendo a quienes están a punto de cometer una infracción. Y, sobre todo, la actitud de los jugadores: nada de llantos, nada de pedir tarjetas, nada de hacer teatro, el silbato del juez es sagrado. Un partido de rugby es una masacre de ochenta minutos vigilada por la ley y autogestionada por los jugadores.